“ Hermanos unidos son como roca fuer te”creo que es una expresión de Dios porque la escribió un sacerdote y se la escuché a mi padre quien a pesar de ser un obrero humilde gustó mucho de la lectura y también le oí decir que no hay que esperar a que las personas mueran para valorarlas. Así expresa un poema anónimo:
“No visitemos panteones,/ no llenemos tumbas de flores,/ llenemos de amor los corazones,/ pero en vida, hermano, en vida”.
Recientemente he estado de duelo por la muerte de un hermano después de dolorosa y prolongada enfermedad, tiempo que me sirvió para darle un poco de lo que dice ese poema, dentro de mis limitaciones como ser humano, naturalmente. Posteriormente he pensado (no como psicóloga) sobre tantas cosas que hacemos los seres ajenos, no inmersos a un duelo y fácilmente podemos caer en el terreno falso de la insensibilidad, de la tradición, el folclor y el protagonismo de querer ser el difunto para llamar la atención. Es por eso que Ernest Hemingway en su novela Por quién doblan las campanas usó como epígrafe de inicio el antiguo poema del inglés John Donne: “Ningún hombre es en sí equiparable a una isla; /todo hombre es un pedazo del continente, una parte de tierra firme; /si el mar llevará lejos un terrón, toda Europa queda disminuida. /La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad. /Por eso no preguntes nunca por quién doblan las campanas, están doblando por ti”.
Palabras sabias las de ese poema para el que tiene capacidad de análisis y es por eso que Neruda les canta a los poetas y dice que cuando las tiranías castigan las espaldas de los pueblos, caen las cabezas más altas, las de los poetas, escritores y periodistas, al pozo de la historia, por decir la verdad entre metáforas o en sus escritos tal como el inefable José Saramago, Premio Nóbel, recién fallecido. No es casual que yo haga alusión a Pablo Neruda porque en Alturas de Machu Picchu dijo: “Sube a nacer conmigo, hermano /Dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado. /No volverás del fondo de las rocas. / No volverás del tiempo subterráneo. /No volverá tu voz endurecida. /No volverán tus ojos taladrados. /Mírame desde el fondo de la tierra , albañil del andamio desafiado
Mi hermano trabajó en el oficio de la albañilería desde muy joven, fue muy desafiante con la vida y llegó a ser un maestro de obras, pionero de obra en empresas como Solórzano Villa Pereira, construyendo hospitales, escuelas rurales y urbanas, respetado por quienes valoran la experticia adquirida a tiro de cuchara en paredes verticales a grandes alturas, sin que caiga una brizna de arena, como un poema hecho sin que sobre un tono altisonante. Muchos coterráneos aprendieron con él ese oficio. Pero sobre todo fue un ciudadano honrado, un padre de familia de muchos hijos útiles y valiosos a su país y a su familia. Tenía opinión e ideología, nada pusilánimes cuando la historia lo requirió. Se fue sin banderolas una sobre otra, ni mariachis, ni flores partidarias; eso no hizo falta ante los crisantemos blancos amorosos y las oraciones de nuestra fe católica en la compañía de nuestros amigos de aquí y de allá, y los vecinos verdaderos; pidiendo su descanso que es lo que prevalece al final de un justo. Tal vez por eso, sin mala intención quizás, les dejó el beneficio de la duda, resultaron inoportunas y sobre todo insensibles, ciertas anécdotas póstumas puestas en escena, ante nuestro asombro, frente a su cuerpo presente y en la misa de fin de novenario de mi hermano Leonel Cardoza. Existen abundantes expresiones sencillas del idioma español que hubiesen quedado mejor dichas, o bien, nada es comparable a la hermosura del silencio. Sin embargo, él en algún lugar sonreirá y me tocará la mejilla, con un golpecito, como acostumbraba hacerlo, para decirme: “Todo está bien, estoy descansando en lo que el Señor es, misericordia y perdón. No olvides que hermanos unidos son como roca fuerte”. [email protected]
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