Sudáfrica/EFE
Cuando Low tomó el equipo hace cuatro años coleaba todavía la generación anterior de futbolistas que habían fracasado en el Mundial de su propio país, apeados en el penúltimo escalón por Italia, a dos pasos de la gloria que soñaban.
Con Jurgen Klinsmann había comenzado la revolución y comenzó a entrar el aire fresco de otros nombres. Su relevo al frente del equipo se hizo dentro de la continuidad, puesto que fue su ayudante, un poco prestigioso Low —sólo había ganado una Copa con el Sttutgart en 1997—, quien tomó las riendas del equipo. A esa generación le quedó gasolina para dos años más y Alemania alcanzó la final de la Eurocopa de 2008.
Pero ahí se estrelló contra una España más dinámica, con un futbol más moderno, con jugadores más rápidos y técnicos que puso de manifiesto la necesidad de una renovación.
Low se puso manos a la obra y en poco más de un año su proyecto tenía otra pinta.
El técnico incorporó apellidos poco habituales en una selección alemana, como el de Mesut Özil, de origen turco, o el de Sami Khedir, tunecino, o el de Jerome Boateng, ghanés.
A esos chavales, que comenzaban a hervir en los centros de formación de Bremen, Stuttgart o Hamburgo, se unieron otros de nombre más alemán, el portero Manuel Neuer, el centrocampista Toni Kroos o el atacante Thomas Müller.
Low no recibía más que pruebas de su talento, tanto en sus clubes, donde pronto comenzaron a escalar peldaños, como en la selección, donde se proclamaron campeones de Europa Sub21 en 2009 tras batir en la final a Inglaterra.
Era el equipo perfecto, un grupo que se conocía, que había jugado junto y que aportaba otros valores complementarios de los de la siempre firme Alemania. El seleccionador moldeó el pastel con un toque de experiencia de jugadores algo más veteranos y ahora está a las puertas de una final.
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