Mauricio Díaz D.

Reelección presidencial ¿por qué y para qué?

El empecinamiento del actual Presidente de la República para mantenerse a cualquier costo en el poder, nos está llevando inexorablemente a una crisis que tendrá repercusiones en todos los órdenes de la vida nacional. Ya comenzamos a pagar los costos del retiro de importantes recursos de la cooperación internacional provenientes de países que no se dejaron engañar con el fraude en las elecciones municipales, ni con el manido argumento del respeto a la soberanía nacional, invocado desde el Gobierno con ribetes axiológicos, como la herencia del General Sandino y parte del arsenal de los valores de “la revolución”. Argumentan los voceros del Gobierno que cinco años es muy poco para llevar a cabo las “transformaciones revolucionarias” que el pueblo presidente necesita; que hace falta disponer de al menos dos periodos o hasta donde le alcance la vida al líder, pues éste está investido de un poder de origen cuasi divino, ya que cuenta con la bendición de un Príncipe de la Iglesia. Entre otros argumentos no exentos la mayoría de ellos de afirmaciones demagógicas y falsas. Una de ellas es que él, el líder, necesita al menos los 16 años en que los gobiernos “neoliberales” sacrificaron a los más pobres y necesitados de Nicaragua. Según ellos para reivindicarlos y reencarnar en sus individualidades las cuotas de poder que la democracia directa les garantizará, a través de los CPC y toda la alquimia nacida de la mezcla de ciencias políticas con brujería y manipulación religiosa.

Pero la primera pregunta que debemos respondernos es ¿cuál es el afán, la terquedad del jefe de la revolución popular sandinista de los ochenta, en quedarse incluso en contra de la voluntad mayoritaria del pueblo, en la presidencia de la República? Sin lugar a dudas lo primero es su mesianismo no histórico sino histriónico. ¡Cree que Dios lo puso allí! y que lo mínimo que podemos hacer los vasallos es aceptarlo como el ungido, ahora ubicado en los anales de la historia nacional junto a Andrés Castro, Rubén Darío y Sandino. Ya no hay Carlos Fonseca Amador.

¿Qué Presidente en nuestra historia ha gastado tantos millones de córdobas en “meternos” su rostro en cada rincón de la geografía nacional? Obviamente un buen discípulo del narciso de la mitología griega, uno muy enamorado de sí mismo, vanidoso de la imagen propia y con un ego del tamaño de la catedral. En América Latina ni Chávez promociona tanto su sonrisa y creo que no ha habido hasta el día de hoy un solo presidente que gastara tantos recursos en su imagen. Ni Somoza Debayle con sus afiches de sonrisal.

¿Y a qué se debe eso? A la estrategia de mercado simplista de obligarnos a aceptarlo como parte del paisaje nacional. Está ahí para que lo aceptemos a fuerza de cotidianeidad. “Yo soy el que soy” el inmortal, el imprescindible, el que llegó para quedarse. ¡Je suis je rest. Je suis le roi!

Y cuánto se pudo haber hecho con tanto dinero mal gastado: comida para los indigentes, programas sociales para los abandonados, viviendas y varios etcéteras… Pero es más importante la promoción personal tendiente a la perpetuación inconstitucional en el poder que los pobres de Nicaragua.

Las razones para la pretensión de mantenerse en el poder del segundo país más pobre del continente nada tienen que ver con reivindicaciones de los más necesitados, es simple y sencillamente controlar el poder por el poder mismo, obviamente vinculado a la acumulación de riquezas y al manejo de los millones de dólares del petróleo venezolano. Se trata simplemente de un asunto mercantilista, de dólares, no de valores.

Por eso el asunto de la reelección es de vida o muerte para el poder danielista. Necesita garantizarle al socio mayor que sus inversiones en Nicaragua no pasarán a ser administradas por ningún otro gobierno… mucho menos la derecha (¿!) Ésa que parece no percatarse que el proyecto de este gobierno no es de simbiosis mutualista sino antagónica… ¡Ya tendrán tiempo para llorar lágrimas de sangre!

Los nicaragüenses sabemos de reelecciones. Han traído muerte, dolor y luto en el pasado y eso lo saben los sandinistas conscientes. Los que aún creen que la revolución se hizo no para oprimir sino para liberar. Los que reclaman al interior de su partido y de sus conciencias que haya más libertad, más democracia, más respeto a los derechos humanos. Los que estarían dispuestos a respaldar una reelección si ésta sirviera para consolidar el Estado de Derecho, no un poder monárquico disfrazado de presidencialismo.

Se reelige a un buen Presidente de una República que bajo su mandato encontró la inspiración para trabajar por un futuro nacional, no de un partido. Que entendió que ese Primer Mandatario quiere traerles felicidad y paz, no violencia ni conflictos internos e internacionales.

Los pueblos reeligen a estadistas no a agitadores.


El autor es diputado suplente al Parlacen

 

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