Enviada Especial/ Johannesburgo
Eran las 10:00 a.m. y un alto operativo de seguridad cerró las calles principales que llevan al Ellis Park para asegurarse que la Selección de Estados Unidos llegara a su encuentro al estadio ante Eslovenia.
La afición del equipo de las barras y las estrellas se hizo presente dos horas antes del partido. Banderas estadounidenses, hermosas mujeres rubias de cabello largo y los infaltables Elvis Presley deambulaban por el colosal estadio.
El gol de Micheal Bradley desató una euforia total en el Ellis Park y un coro de voces gritaron: ¡USA, USA, USA, USA, USA!
El resultado final dejó contenta a la afición gringa, ellos ya le han hallado el sabor cuando se grita gol en un Mundial de Futbol.
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Los eslovenos no se quedaron atrás, ellos también le dieron el color verde a la fiesta y sostuvieron una batalla breve de atención para ver qué barra captaba mayo las cámaras de televisión y foto.
Una vez que se dio la hora, era momento que todos los fanáticos ocuparan sus asientos en la grada y prepararan sus gargantas, vuvuzelas y tambores para empezar la batalla de las barras.
Increíblemente, un país donde el beisbol y baloncesto viajara hasta Sudáfrica con gran presencia para apoyar a su equipo de futbol. La barra gringa ocupaba la mayor parte del estadio y decoró de azul y rojo su dominante presencia en el Ellis Park.
El frío tampoco importaba, un trío de chicas vestían sólo un short y sostenes, con las caras pintadas y en sus espaldas se escribían las iniciales (en inglés) del país del norte, USA.
Pero no todo fue celebración al inicio del partido los dos goles de Eslovenia a los pies de Valter Birsa y Zlatan Ljubijankic habían desatado locura en los eslovenos, pero dejado enmudecidos a los estadounidenses.
En el descanso, volvieron a salir las beldades a bailar la canción Waka Waka, de Shakira y eso animó el ambiente para los norteamericanos. Sacaron sus trompeta y empezaron a moverse al compás de la canción, mientras Bob Bradley, el técnico, instruía a sus soldados desde los vestidores.
Una gran manta en inglés que decía: “Nosotros somos Yanquis”, se extendió una vez que salieron al campo los jugadores en el segundo tiempo y una joven recorría todo el pasillo con la bandera de los Estados Unidos a lo alto, una señal clara que el equipo resucitaría en la segunda mitad.
La barra estadounidense no pensaba vivir con tanto éxtasis lo que se venía en el partido. Landon Donovan llegaba imperioso sobre la banda derecha, y en una genuina individual fundió con frialdad y letalidad el esférico en el marco de los eslovenos.
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