I ENTREGA
Hacia las siete de la noche, en la parada de buses que está frente al colegio Benjamín Zeledón no hay ni un alma. Los últimos uniformes azules y blancos se perdieron por los callejones de El Recreo, un barrio del Distrito Tres que figura en la lista de los 22 sitios más inseguros de la capital, según la Policía. Desde el bus, que atraviesa la pista del barrio, se ven unas cuantas personas caminando por la acera. Algunas tienen cara de estar volviendo de sus trabajos antes que anochezca. En una esquina hay varios muchachos sin camisa, de pie y en cuclillas. No parecen espiar o esperar a nadie, sino matar la noche que apenas comienza. De pronto, desde la acera un hombre alza la mano en dirección del bus, y el chofer entiende la seña. Aprovecha el policía acostado que está próximo, baja la velocidad al mínimo y sube al pasajero. Continúa su marcha hacia el tope de la pista y gira hacia el Este, en dirección a Plaza España. “Milagro no se subió nadie a robar aquí”, suspira el busero de la ruta 118 al abandonar la pista de El Recreo y continuar hacia Plaza España, una parada que pasada las siete está casi en tinieblas.

El suspiro del chofer no es gratuito. La pista de El Recreo es uno de los lugares donde los buseros saben que cualquier cosa puede pasar y a cualquier hora: por los mismos callejones donde pasan colegiales suelen desaparecer rateros veloces que saltan como conejos de los buses con carteras y celulares recién arrebatados. Ahí también operan bandas que suben con armas, pistolas y cuchillos, y dejan con las manos arriba a los que viajan en buses.
Las estadísticas policiales anotan que cada siete minutos ocurre un robo en la capital. Es probable que El Recreo, que a ratos luce como un vecindario cualquiera de la capital, y su vecino, el sector de la Plaza Julio Martínez, estén dentro de esa frecuencia de asaltos.
La inseguridad en los buses es uno de los problemas que más resienten los usuarios del servicio de transporte público, que diario lo utilizan cerca de 850 mil personas. A comienzos de mayo LA PRENSA organizó grupos focales con usuarios de buses para evaluar este servicio, y de los 24 entrevistados 24 dijeron haber sido testigos de asaltos alguna vez, y al menos la mitad confesó que ha sido víctima de robos. (Más detalles en nota adjunta).
“Del lado de El Recreo a nosotros nos asaltan”, dice José Centeno, chofer de la MR-4, que hace un recorrido desde San Isidro, arriba de San Judas, hasta el barrio Santa Rosa, después de atravesar Plaza España y el mercado Oriental, entre otros.
Este busero y su colega, Yader Roa, saben bien que en el sector de El Recreo opera una banda de 12 hombres. La última vez que Roa se los topó fue en Plaza España, hace poco más de un mes. Era hora pico, más o menos las cinco y media de la tarde. Quiroz no se imaginó que los 10 hombres bien vestidos, que abordaron el bus, estaban con los dos que subieron por la puerta trasera y que se distinguían también por su buena vestimenta. Que eran una misma cosa se enteró cuando estaban arriba y cuatro de ellos desenfundaron pistolas. Uno lo encañonó a él y jaló la emergencia del bus. Los otros tres armados apuntaron a los pasajeros, dos se quedaron pegados en las puertas, y el resto “salbequeó” a toda la gente. Cuando se bajaron, uno de ellos le gritó “gracias hermano”, y seguido la gente se le fue encima. Le dijeron que era cómplice, que por qué no había hecho nada. “La gente lo vulgarea a uno”, dice Centeno, quien oye el relato de su colega y está acostumbrado a que los pasajeros los liguen a los ladrones, aunque la Policía no cree en esta complicidad. “Tenemos claro que los conductores no son cómplices de los asaltantes”, dice Luis Barrantes, Comisionado Mayor y Segundo Jefe de la Policía de Managua.
Roa dice que ellos no pueden hacer nada porque caminan sin armas, y porque siempre vuelven a pasar por la zona, y si hacen algo contra los ladrones, éstos después vienen y le pasan la cuenta. En cooperativas como la Camilo Ortega, que operan la ruta 154 y 158, les prohíben a los buseros cargar machetes, o cualquier arma blanca. Si se les llega a ocupar un arma de este tipo, los choferes son sancionados por seis días, como mínimo, dice Jorge Rodríguez, presidente de esa cooperativa.
Centeno recuerda el caso de otro colega al que los asaltantes amenazaron de muerte, al punto que dejó de trabajar en la cooperativa. “Yo ahora cuando los veo, lo que hago es que no me detengo en la parada, paso de viaje”, dice Quiroz.
Vidal Cerda junior, chofer de las rutas 154 y 158, dice que él a veces sólo oye los gritos de las mujeres cuando son asaltadas al fondo del bus, pero no puede hacer nada porque va desarmado, y porque cuatro o cinco vueltas diario por los mismos lugares son suficientes para que los ladrones reconozcan su rutina. Este argumento lo repiten una y otra vez casi todos los conductores. Aunque también hay quienes se enfrentan a los ladrones, y a veces no salen bien librados, como le pasó a un socio de la ruta 107, que rehusó el robo y el pago de un peaje (ver despiece adjunto) que le exigía un ladrón conocido como “El Sapito” en el barrio Camilo Ortega, y al final salió baleado. Después de seis meses, el chofer no acaba de recuperarse.
Tampoco es leyenda urbana lo que pasó hace poco más de una semana en un bus de la ruta 102. Luego de cometer el asalto, una pareja de ladrones ordenó parar el bus en la zona donde opera la banda de “Los Galanes”, a un costado del barrio Jorge Dimitrov, pero antes de bajar con su botín, un pasajero que llevaba un arma les disparó y desgarró la pierna de uno de los ladrones, conocido como Jimmy Moreno, de 31 años, alias “El Catrín”. Moreno no corrió largo, se desangró y murió en la calle.
Historias de asaltos ocurren todos los días, a cada rato, en la capital. Sin embargo, no son muchos los casos que se reportan ante la Policía. En el primer trimestre de este año apenas 51 robos se registraron oficialmente al interior de los buses, nueve menos en comparación con el año pasado.
Y de los casos que se reportan, las denuncias no siempre prosperan, porque las víctimas abandonan la denuncia. “Entonces esta gente con facilidad vuelve a la calle”, dice Barrantes y agrega: “Tenemos un ciclo ahí, una espiral, poniendo a los delincuentes a la orden del juez y ellos saliendo” porque el denunciante no vuelve.
Jorge Rodríguez no cree que este sea el país más seguro, como tanto exclama la Policía. “Lo que pasa es que la gente no denuncia… Yo diría que el ochenta por ciento de la gente no denuncia porque les roban un reloj, porque los puñalean”. Y Rodríguez es de los que cree que “la delincuencia va en ascenso” por falta de seguridad pública. Para vigilar la capital existen 1,500 policías, “demasiado poco” para la necesidad, según han reconocido autoridades como el comisionado Carlos Palacios.
MÁS DE 30 LUGARES PELIGROSOS
Un equipo de LA PRENSA, que recorrió durante dos semanas y media cada una de las rutas de la capital (34, según el Instituto Regulador del Transporte Municipal de Managua), comprobó que en efecto las estadísticas oficiales muchas veces se quedan cortas en cuanto a la incidencia del hampa rodante. Tras una consulta con usuarios, choferes y socios de cooperativas, se establecieron por lo menos 30 puntos rojos donde opera la delincuencia al interior de los buses (ver mapa adjunto).
A Berly Espinal le robaron unos segundos antes de subirse al bus de la 262 en el sector de La Carioca, en el mercado Oriental. A eso de las seis de la tarde, la mujer que trabaja en una bodega del mercado, sacó el celular para una llamada de emergencia. Quería saber si sus hijos iban a esperarla en la Iglesia o debía ir hasta la casa primero en Las Jagüitas. En esas estaba cuando un muchacho le dio un golpe seco en el pecho, del que no se percataron las demás mujeres que estaban en la parada. Enseguida le arrebató el celular. No sólo al interior de los buses ocurren los asaltos, las paradas solitarias y medio iluminadas suelen ser blancos perfectos para las fechorías.
Paradas como la de la UCA, el Gancho de Caminos en el mercado Oriental, el 7 Sur, la rotonda El Periodista, las ya mencionadas como la Julio Martínez, El Recreo, semáforos de Bolonia, El Zumen, el tanque de la 14, la salida a la Primero de Mayo, el sector de la Siemens, Villa Reconciliación, La Subasta, son algunos de los lugares donde el pasajero puede esperar en cualquier momento un asalto.
CARTERISTAS EN ACCIÓN
Es hora pico, y este bus de la ruta 101 reúne todas las condiciones para un asalto: va repleto, cerrado hasta las ventanas porque afuera llueve, y sería imposible escuchar el grito de alguien al fondo del bus; el reggaetón que oye el busero y su acompañante, un adolescente, se impone por encima de cualquier otro sonido. Su candidatura la completa un carterista que va casi en la puerta bolseando a todo el que se pone a su lado. El bus va tan lleno que es imposible esquivar a este hombre, que lleva una mochila en el aire en la mano izquierda y que mete su mano derecha por debajo. Nadie se atreve a denunciarlo. Nadie grita. Nadie dice nada. Es como si nadie lo viera, pero todo el que está a dos asientos de la entrada ha sido víctima de su bolseo y manoseo. Sobre todo una adolescente a la que ha registrado los bolsillos del pantalón.
El bus sube por la parada de la ferretería Reynaldo Hernández. La lluvia arrecia por el cine Rex. Falta mucho todavía para que el trayecto culmine en el mercado de Mayoreo. Falta un buen trecho para que el bus se vacíe en la Colonia Primero de Mayo. Es probable que en esa mochila lleve un puñal, y por esa sola posibilidad nadie se anima a enfrentarlo. La mayoría de los asaltantes de buses llevan armas blancas. Es probable que en la mochila también lleve algo de lo que ha robado antes. Pero también es probable que se baje con nada, porque muchos usuarios de buses han aprendido a no llevar nada de valor, a inhibirse de usar prendas y objetos costosos, la mayoría de los que transitan en buses saben que si este carterista les roba, hay una gran posibilidad que los demás se hagan de la vista gorda, y el robo pase a ser sólo un acto de impunidad. Uno más de la cotidianidad capitalina.
*Este reportaje contó con el apoyo del programa Vida en Democracia.