Últimamente algunos han vuelto a cuestionar la necesidad de que Nicaragua tenga un programa con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Lo interesante es que esta discusión se ha dado en el seno del propio gobierno del presidente Daniel Ortega y de su bancada en la Asamblea Nacional.
En este debate existen varias corrientes. A la izquierda extrema del espectro sandinista, se tilda al FMI de ser injerencista y de promulgar políticas que empobrecen al pueblo nicaragüense. Acusan al Fondo de recetarle políticas “neoliberales” a Nicaragua y de lesionar a nuestra soberanía. Y hasta se lanzan a las calles los voceros de esta tendencia con sus seguidores, prácticamente pidiendo sacar al FMI de Nicaragua.
Esta retórica, populista a la ultranza —y algunos dirían hipócrita, también, ya que el gobierno sandinista ha manejado relaciones estrechas con el FMI— es típica de las posiciones que estaban de moda en algunos países “no alineados” y socialistas en las décadas de los sesenta, setenta y ochenta. Los países que actuaron conforme a esta retórica se condenaron a la miseria que acusaban al FMI de fomentar. Mientras tanto, los que abandonaron a esta visión marxista y tomaron el sendero de la economía de mercado experimentaron tasas de crecimiento que en algunos casos han sido espectaculares, como en el caso de la República Popular China, la India y Vietnam. Gracias a este crecimiento, grandes segmentos de sus poblaciones han logrado escapar a la extrema pobreza. Literalmente cientos de millones de sus habitantes se han integrado al primer mundo y gozan de mejor salud, educación y condiciones de vida. Son parte de la creciente clase media global.
Volviendo al debate sobre el FMI, al otro extremo del espectro hay una corriente pragmática del sandinismo cuyos miembros comprenden que Nicaragua requiere de un manejo serio, responsable y prudente de su macroeconomía para salir adelante. Reconocen que lo ideal es que nuestro país algún día no necesite del FMI, pero que todavía no hemos llegado a ese punto. Se percatan que la relación con el Fondo es ventajosa no tanto por el financiamiento que aporta sino por la asistencia técnica que significa en temas económicos, y por el aval que esa relación representa para otros donantes y para inversionistas. Esta ala sensata del FSLN sabe que sin ese aval, millones de dólares en ayuda de rápido desembolso de donantes y en inversión privada no llegarían a Nicaragua porque éstos no confiarían en un país con los indicadores macroeconómicos que tenemos.
El más importante de estos indicadores —la “prueba del ácido”, sobre todo para el inversionista privado— es la relación entre exportaciones e importaciones. Más que cualquier otro indicador, éste demuestra la sostenibilidad de una economía, su capacidad de repagar sus deudas y su independencia y capacidad de crecer.
Consideremos como anda la “prueba del ácido” en Nicaragua. Y para evitar caer en el juego político, sigamos su evolución en los últimos 30 años tomando como puntos de referencia el último año de cada uno de los gobiernos desde el de Anastasio Somoza Debayle hasta el presente.
En 1979, nuestras exportaciones alcanzaron US$775 millones de ese entonces y cubrieron el 91 por ciento de las importaciones de Nicaragua. Diez años más tarde, el último año del primer período de Daniel Ortega, nuestras exportaciones habían colapsado a US$250 millones y éstas cubrían tan sólo el 25 por ciento de nuestras importaciones. A como los países más pobres de África, no éramos sujeto de crédito y dependíamos de la cooperación internacional y de las remesas para mantener el bajo nivel de vida que teníamos.
En 1996, el último año de doña Violeta, nuestras exportaciones habían repuntado, pero todavía eran bajas: el 44 por ciento de las importaciones. Después de los cinco años de Arnoldo Alemán, que fueron los del crecimiento económico más alto, en promedio, desde 1990, las exportaciones de Nicaragua habían superado los US$880 millones, pero todavía no alcanzaban ni la mitad de las importaciones; la relación era 49 por ciento. Y para 2006, el último año de Enrique Bolaños, el comercio internacional de Nicaragua había experimentado un crecimiento substancial y la relación del ácido seguía mejorando alcanzando el 58 por ciento.
¿Cuál es la situación actual? En el 2008 nuestras exportaciones alcanzaron un nuevo récord: US$2,540 millones. Pero su porcentaje de cobertura había bajado a 53 por ciento de las importaciones. Con la recesión mundial, en el 2009 las exportaciones bajaron a US$2,390 millones, pero su porcentaje de cobertura subió a 61 por ciento, en gran parte por la caída de la factura petrolera.
¿Qué quieren decir todos estos numeritos? Primero, que gracias al progreso logrado desde 1990, cuando Nicaragua se abrió de nuevo a la economía de mercado, su “relación del ácido” se ha mejorado paulatinamente hasta alcanzar un 60 por ciento. Segundo, que esta cifra todavía está bien por debajo del 91 por ciento que se alcanzó en 1979 debido al profundo hoyo en que caímos durante los años ochenta. Y, tercero, que Nicaragua sigue siendo altamente dependiente de la ayuda internacional. ¿Cómo nos ubicamos en nuestro barrio? Según las últimas cifras comparativas del Banco Mundial, en el 2008 recibimos 43 por ciento más ayuda que Haití, 70 por ciento más que Honduras, 3.4 veces más que Guatemala y El Salvador y 9 veces más que la República Dominicana.
¿A que otra conclusión nos llevan estas cifras? Que ya no estamos, en términos médicos, en cuidados intensivos, pero que todavía seguimos en el hospital. ¡Por eso todavía necesitamos del FMI! El que dice lo contrario o no entiende de economía o es un demagogo.
El autor es economista y diputado, y secretario nacional del PLC.
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