A lo largo de todo el tiempo que duró la dictadura somocista, el denominador común de la actitud y la lucha opositora en Nicaragua fue el antisomocismo. Y ahora, como si la historia se repitiera con otros personajes, el punto de referencia de la oposición es el antiorteguismo.
Realmente, el antiorteguismo es en la actualidad el eje fundamental de la estrategia opositora. Las alianzas parlamentarias de la oposición, la unidad opositora extraparlamentaria, las expectativas de primarias interpartidarias, la defensa de la Constitución y de la institucionalidad democrática y la lucha por conservar el Estado de Derecho, todas ellas se hacen o se plantean en función del antiorteguismo.
Algunos partidos y grupos democráticos combinan en sus definiciones públicas el antiorteguismo con el antialemancismo. Esto se debe al profundo agravio a la democracia que significó el pacto de Arnoldo Alemán con Daniel Ortega, porque le permitió recuperar la Presidencia e imponer su régimen autoritario. Pero aún mezclado con el antialemancismo, el sentimiento antiorteguista sigue siendo el punto de definición de la lucha opositora. Y la verdad es que no podría ser de otro modo, porque el orteguismo ha devenido en una especie de neosomocismo, en el enemigo principal de la libertad, la democracia, el Estado de Derecho, la independencia de la justicia y la transparencia del poder público.
El orteguismo es el obstáculo fundamental a la realización de cualquier proyecto democrático, ya sea de derecha, de centro o de izquierda. De manera que es lógico que la bandera del antiorteguismo, y no la de cualquier otro partido, sea la que cubra a toda la oposición. Es que el orteguismo representa todo lo políticamente perverso que hay en el país. Además, el orteguismo impide que se pueda construir un futuro mejor para Nicaragua, lo mismo que en otros tiempos representó el somocismo. De allí que salir del orteguismo sea la condición indispensable para restablecer la democracia y para crear un nuevo escenario político e institucional, en el cual las diversas corrientes ideológicas y partidos políticos puedan competir con las mismas oportunidades y en igualdad de condiciones legales.
Mientras el orteguismo permanezca en el poder, ningún partido o corriente política tendrá la oportunidad de convertirse en Gobierno ni podrá ejecutar su propio programa gubernamental; y al contrario, estando el orteguismo fuera del poder todos los partidos políticos tendrán la posibilidad de organizarse libremente y conseguir el apoyo popular que les permita convertir sus proyectos en realidad.
Sin embargo, sólo con la bandera del antiorteguismo la oposición no puede derrotar al régimen autoritario de Daniel Ortega y reconquistar la democracia. El antiorteguismo es sólo el punto de referencia para la unidad de todos los partidos y movimientos opositores que hay en el país. El antiorteguismo es el marco de referencia para una gran unificación democrática nacional, que seguramente no será como la UDEL del doctor Pedro Joaquín Chamorro ni la UNO de 1967 o de 1990, porque esos fenómenos históricos son irrepetibles. La nueva unidad nacional opositora tiene que adecuarse a una novedosa realidad en la que las líneas divisorias no pasan por las denominaciones ideológicas de izquierda y derecha, sino por la disyuntiva de democracia o dictadura, libertad o autoritarismo, institucionalidad o voluntarismo gubernamental, salvación o hundimiento de Nicaragua.
Ciertamente, además de enarbolar la bandera del antiorteguismo la oposición necesita tener un programa común de objetivos que nazca de las grandes necesidades de la población, que ofrezca soluciones realistas y viables a los problemas nacionales y que dé consistencia a la lucha democrática.
El Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) acaba de presentar públicamente su Agenda 2010, que es una plataforma de objetivos y base de su interlocución e interacción con el Gobierno. Se trata de un excelente programa de acción al que sólo le falta incluir el compromiso de “la defensa de la libertad de prensa”, que formaba parte de la Agenda Cosep 2009. Por su parte, la oposición, que quiere sustituir al régimen de Daniel Ortega y hacer un buen gobierno, tiene que ofrecer a la ciudadanía un programa como el del Cosep, ampliado y fortalecido con las propuestas de políticas sociales que precisamente a los partidos políticos les corresponde presentar. Con un programa de Gobierno como el de la UNO de 1990, pero adecuado a la nueva realidad nacional, la oposición le daría sentido económico y social al antiorteguismo, que es básicamente emocional.
El antiorteguismo es importante y necesario para la oposición, sin duda, pero no es suficiente.
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