Por René Cárdenas
El gigante lanzador derecho de los Astros, Felipe Paulino, nació el 5 de octubre de 1983 en Santo Domingo, República Dominicana, pero es producto de la desaparecida Academia Venezolana de los Astros donde fue firmado por los buscadores de talento Andrés Reiner y Omar López. Es mi opinión que el joven atleta se considera tan venezolano como Simón Bolívar, Chico Carrasquel o Armando Galarraga.
Este joven Astro de 26 años de edad es un fortachón de primer orden. Mide seis pies y tres pulgadas y pesa 260 libras luego de una dieta concienzuda que hizo durante el cese de temporada con la idea de enfrentar en buena forma, una campaña que podría determinar su futuro -que se anticipa brillante- en las Ligas Mayores.
Durante sus años mozos desempeñó toda las posiciones con tal de jugar pelota, pero sin querer se inclinaba a ser jugador de cuadro. Más tarde por la fortaleza de su brazo, fue convertido en lanzador, difícil disciplina de aprender cuando en la juventud no se practicó con la certidumbre y consistencia debidas. Esta dilación ha costado muchos sinsabores a Felipe y algunos números que quisiera olvidar. La verdad es que no es lo mismo ser jardinero o jugador de cuadro que serpentinero. Ese tipo de conversión no se puede hacer de la noche a la mañana, porque hay que hacer muchos ajustes.
Al comenzar la temporada 2010, Felipe tenía 20 aperturas con un promedio de efectividad de 5.74 y, en 8 apariciones como relevista, 11.05 o sea, nada para vanagloriarse. A pesar de esas estadísticas, se sobrepuso con todas sus convicciones enfocadas a rendir mejor, pero la adversidad le golpeó en 2008, cuando sufrió de un nervio lastimado en el brazo derecho. Fue enviado al equipo Triple A de Round Rock en Texas para cumplir con un programa de rehabilitación y allí se reagravó la lesión en el primer partido que intentó lanzar. Esto causó que no tuviera ni una sola aparición de Liga Mayor mientras se recuperaba. Perder un año de práctica y aprendizaje es un rudo golpe para un beisbolista joven de muchas aspiraciones.
Desde hace un buen tiempo, Felipe inició una agradable amistad con su compañero de batería de los Astros, el receptor Humberto Quintero que reside en el distrito de Pearland situado al Sur de Houston. En compañía de Michelle, esposa de Humberto y de su señora Paola, discutieron la posibilidad de comprar una casa en el mismo lugar, proyecto que se cumplió sin tropiezos. Ahora, Felipe y Paola, junto con su hija Victoria, viven a cinco minutos de los Quinteros. También en esa misma área vive el lanzador Wandy Rodríguez con su familia.
Viviendo tan cerca, Felipe y Humberto, diseñaron un plan invernal de trabajo para entrenar juntos: «Creo que lo que decidimos fue una cosa positiva que considero muy grande», dijo Paulino mientras levantaba los brazos en señal afirmativa. «El fruto de ese plan es obvio. Física y mentalmente me siento más fuerte este año. Sigo creyendo que el trabajo continuo que desplegamos Quintero y yo, fue un éxito rotundo».
Al principio de temporada el equipo de los Astros comenzó tambaleando por un letargo de bateo que se hizo evidente al perder ocho juegos consecutivos y, por ende, los lanzadores cargaron con las derrotas demostrando récords negativos en sus registros. Uno de los que sufrió en el montículo fue Paulino. A pesar de todo los altos y bajos en lo que va de la campaña, Felipe tiene cinco aperturas de calidad en juegos de 6 entradas lanzadas con menos de tres carreras limpias permitidas.
Estos dos amigazos encuentran la manera de divertirse aun cuando el equipo viaja y ellos se alejan de sus hogares. «Quintero y yo, nos sentamos juntos en el avión. Encendemos el botón de la alegría y planeamos nuestras participaciones en los siguientes juegos», dijo Felipe con un continuo tono de felicidad. «Yo lo agarro muy a pecho con él porque la nerviosidad lo agobia cuando entramos en turbulencia. Cuando los peloteros de habla inglesa entran al avión y oyen la algarabía de muchos decibeles que armamos, saben que Humberto y yo estamos en el avión. El juego y las bromas que nos damos, nos mantiene bien unidos».
El éxito que el serpentinero Paulino tiene en lo que se refiere a mejorar y mantener su calidad en el montículo se debe al aprendizaje continuo, especialmente como debe de actuar en los momentos más difíciles de los partidos, cuando un buen instante no bien aprovechado significa la derrota. «De lo que he aprendido últimamente hay muchas cosas que te puedo decir», puntualizó Felipe con la seguridad de un abogado acusador. «Por ejemplo, la situación del juego es algo que he aprendido a analizar. También controlar las emociones que uno pueda tener en la lomita en los momentos candentes. Muchas de las cosas que he aprendido, ya las he probado».
En más de medio siglo narrando y escribiendo beisbol de Ligas Mayores he visto una infinidad de lanzadores jóvenes de bola rápida que pretendían deslumbrar no solo a los bateadores de la oposición, sino también a los directores de sus equipos con velocidades extraordinarias, para solamente lanzar unos cuantos partidos y desaparecer de la escena para siempre con brazos completamente arruinados. Soy del parecer que los serpentineros de bola rápida, especialmente aquellos que quieren marcar tres dígitos en la pistola de radar, deben medir sus fuerzas y controlar la velocidad de sus brazos que Dios les dio. En otras palabras, hay que lanzar con ritmo e inteligentemente.
Paulino, es uno de esos lanzadores con el poder de alcanzar esos tres dígitos, pero lo hace con el control debido y de vez en cuando, es decir, no fuerza el brazo a cumplir una misión que no es natural: «No sé cuán peligroso es lanzar a 100 millas por hora. Yo he marcado 102, pero eso es en realidad un don que Dios me dio para lanzar duro con facilidad. Siempre he tenido un brazo fuerte que también he desarrollado a través de los años en beisbol. Yo entiendo que no todos los serpentineros lanzan duro, porque eso viene del cuerpo y de Dios. Por dicha que yo lanzo cómodamente lo que puedo, sin hacer un esfuerzo fuera de lo común que algunas veces llamo rutina. Cuando yo era novato o un lanzador en proceso, hice algunos lanzamientos de alta velocidad, pero eso fue todo. Ahora en Grandes Ligas trato de hacer buenos lanzamientos y en los lugares del plato donde causan el mayor daño», Felipe terminó diciendo.
El dominico-venezolano abrió un juego contra los Cachorros de Chicago en el parque Minute Maid el 4 de junio y una vez más demostró su fortaleza y dominio. En esta oportunidad el equipo puso la pelota en juego y lo respaldó para ganar en prácticamente un choque de una sola cara; fue su primera victoria del año, aunque usted no lo crea. Cuando Paulino retornó a la madriguera con la convicción que sería el ganador, esbozó una sonrisa casi imperceptible y quizá pensó que ya comienza a ver las casitas al pueblo.
Felipe, que fue firmado por los Astros el 21 de julio de 2001 como agente libre no reclutado, jugaba el campo corto en esos días. Tiene un contrato para 2010 y su vida como ligamayorista está en el segundo año en el término de meses. Su primera victoria de Grandes Ligas fue contra los Rojos de Cincinnati el 23 de septiembre de 2007.
René Cárdenas, cubre a los Astros para La Prensa de Nicaragua. Escribe para Crónicas de los Astros, astrosdehouston.com y Astros Magazine. En radio fue narrador de los Dodgers y Texas Ranges. En televisión y radio con los Astros de Houston. También edita y mantiene su página no comercial de beisbol www.laestufacaliente.com.