La aparición de la Nueva Gramática de la Lengua Española ha reavivado el debate en torno a la necesidad de la Real Academia Española y las academias correspondientes.
El artículo de Sergio Ramírez, “La vieja y venerable gramática” (LA PRENSA, 15 de abril de 2010), refleja la posición ambigua de algunos intelectuales “políticamente correctos” ante la corrección (o mejor dicho, la “incorrección”) gramatical.
Es cierto que el lenguaje cambia de acuerdo con los usos sociales, pero afirmar que “Las academias no hacen sino certificar estos cambios contra los que ya nada se puede” es convertirlas en simples secretarias de actas en asambleas cuyo desarrollo les es ajeno.
Lo que muchas personas parecen ignorar es que las normas gramaticales del español no son arbitrarias. Tienen su lógica dentro de la estructura general del idioma, además de ser sencillas y fáciles de aprender. Y si algunas normas pueden parecer complicadas a personas no versadas en la materia, es posible reducirlas a fórmulas más simples que sirvan de recurso mnemotécnico.
Uno de los errores más comunes entre los nicaragüenses es el mal uso del verbo haber en impersonal, en oraciones que carecen de sujeto. Por ejemplo, decir: “Hubieron muchas personas”, en lugar de la forma correcta: “Hubo muchas personas”.
Curiosamente, el error nunca se comete en el presente (nadie dice: “Han muchas personas”). Si resultara difícil asimilar la norma, podríamos reformularla, recordando que el verbo haber sólo se pluraliza cuando se aplica como auxiliar de otro verbo: “(Ellos) habían caminado 10 kilómetros”, o “Supongo que (ellos) ya habrán llegado”.
Una disposición de la Academia aceptando la pluralización del verbo haber en impersonal equivaldría a una claudicación que anularía su razón de ser. En lugar de promover el mal uso del español, debemos fomentar la enseñanza de la gramática en las escuelas de una forma más activa y práctica.
Se ha señalado en estos días que muchos idiomas no tienen academias, como el inglés o el alemán. Pero éstos son idiomas de estructura abierta que han incorporado a su desarrollo la flexibilidad ideológica del mundo anglosajón, la cual generó, entre otras cosas, el Common Law, la Carta Magna (semilla de la democracia representativa contemporánea) y el protestantismo.
Por su propia naturaleza, estos idiomas tienen una capacidad extraordinaria para asimilar con más naturalidad modificaciones impulsadas por el uso (lo que no significa que carezcan de gramática). Como traductor me enfrento cada día a la dificultad de adaptar al español esa facilidad que tiene el idioma inglés para convertir instantáneamente sustantivos en verbos y verbos en sustantivos.
El español es similar al catolicismo y a las dictaduras comunistas, en el sentido de que estos dos sistemas están construidos sobre la base de normas rigurosamente concatenadas. Su dirección y cualquier programa de reformas requieren de conocimientos especializados de la doctrina base para evitar que el sistema se desplome (como sucedió en la antigua Unión Soviética con un programa de Perestroika demasiado ambicioso para los resortes internos del sistema).
Esto no significa que el español se tenga que anquilosar. El español se ha ido modificando a través de los siglos; pero es precisamente el hecho de que esa evolución haya estado siempre dirigida por las Academias de la Lengua (especies de concilios ecuménicos permanentes) lo que le ha permitido sobrevivir, evitando que desaparezca (como el latín), fragmentado en los más de veinte países donde se habla.
Algo de cierto hay en la afirmación de SRM en el sentido de que las gramáticas “no hacen sino mostrar las relaciones de poder presentes en la sociedad”. Pero promover cambios antojadizos sin tener en cuenta la lógica del idioma conduce a la creación de verdaderos adefesios idiomáticos.
La expresión “los poetas y las poetas”, muy de moda en Nicaragua, tiene su origen en el “his/her” (él/ella) introducido por feministas angloparlantes. Pero en inglés, los artículos y los adjetivos no tienen género, por lo que el uso del “his/her” no genera tsunamis gramaticales.
Si no queremos usar el universal masculino (que abarca ambos géneros), es lógico pensar que esta aprensión deba extenderse a sustantivos, artículos y adjetivos. Entonces, una simple frase como: “Los poetas nicaragüenses son más prolíficos que los salvadoreños”, se convertiría en: “Las poetas y los poetas nicaragüeñas y nicaragüeños son más prolíficas y prolíficos que las poetas y los poetas salvadoreñas y salvadoreños”.
Gracias a Dios que contamos con el sustantivo femenino “persona” que se puede utilizar creativamente para obviar estas incomodidades propias de las diferencias entre los géneros. Así, podríamos decir: “Las personas que se dedican a la poesía en Nicaragua son más prolíficas que sus homólogas salvadoreñas”.
Otro disparate es el uso del símbolo de arroba como si fuese una letra para suprimir la primacía del masculino en artículos y sustantivo: “L@s escritor@s…”. Pero el lenguaje escrito es un reflejo del lenguaje oral. Si alguien está leyendo en público un texto con símbolos de arroba, ¿cómo pronunciará ese símbolo que carece de sonido?
Como afirma la educadora María Ferraz, “El castellano tiene la suficiente riqueza para ser inclusivo, para que se pueda nombrar a mujeres y hombres sin resultar reiterativo y tedioso el discurso”. De la evolución del castellano sobre la base de un conocimiento profundo de su gramática depende su supervivencia y, como consecuencia, la hermandad cultural de millones de hispanoamericanos que lo hablamos.
De la evolución del castellano sobre la base de un conocimiento profundo de su gramática dependen su supervivencia y la hermandad cultural de millones de hispanoamericanos que lo hablamos.
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