Presidentes dispuestos a todo para garantizar su permanencia o la de sus familiares en el poder, nepotismo, acumulación de capital, prácticas populistas, sistemas de justicia a disposición del gobernante y situaciones similares no son exclusivas de la política nicaragüense, sino que se repiten en distintos países de América, dejando en evidencia que el sistema presidencialista no funciona y es preciso buscar alternativas.
Para Daniel Alberto Sabsay, especialista argentino en Derecho Constitucional, “la voluntad para eternizarse en el ejercicio del poder es un mal muy expandido, que crea efectos tremendamente nocivos”, porque centraliza facultades, destruye democracias partidarias y la alternancia en el poder, y contribuye a consolidar dinastías presidenciales, dando espacio al resurgimiento del absolutismo como modalidad de gobierno.
Considera que la fiebre reeleccionista surge de la conjunción entre la cultura política y el modo en que se concibe el ejercicio del poder. Lamenta que desde que inició la transición democrática, a finales de los años setenta, los regímenes de América Latina, en vez de evolucionar, han involucionado hacia una cultura personalizada, encarnada en muchos casos en caudillos.
Entre las opciones para sustituir al presidencialismo señala el presidencialismo constitucional, advirtiendo que éste sólo es viable cuando funcionan los “controles, frenos y contrapesos de la Constitución”, que permiten la separación de los poderes del Estado para que el presidente tenga límites.
Costa Rica es un ejemplo de que este sistema funciona, indicó, pero no es factible instaurar un sistema así en países con caudillos en el poder, porque distorsionan la separación de poderes y la población termina por asumir que el gobierno es el presidente y el resto es puro acompañamiento.
Otra opción, según Sabsay, es el parlamentarismo, pero considera “peligroso” pasar a él sin escalas previas, por tratarse de sistemas muy diferentes y cuando no se tiene sistemas de partidos políticos fuertes.
Para Sabsay, lo adecuado es el semipresidencialismo, característico de Francia, donde el presidente comparte el Ejecutivo con un gabinete de ministros responsable ante el parlamento.
Sin embargo, advierte que éste debe ir acompañado de un cambio en la cultura política, un relevo generacional en las estructuras de los partidos políticos y la modificación de las reglas de competencia política y los sistemas de justicia, para evitar que sean una dependencia del Ejecutivo y eliminar atenuantes de la competencia del presidente, por si pretende gobernar por decreto.
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