Leí una historia sobre un Rey que pidió a los sabios de la corte escribieran un compendio sobre el conocimiento humano a fin de poderlo transmitir a las futuras generaciones.
La primera versión eran tantos volúmenes que de inmediato fue rechazada por el monarca. La segunda aún resultaba demasiado extensa. La tercera fue reducida a un pesado y gigantesco libro.
El Rey ante la incapacidad de los sabios convocó a sus súbditos y por fin uno de ellos le entregó lo que necesitaba: Una sola hoja con tres palabras que resumían la sabiduría del hombre: ¡No hay alimento gratis!
La historia no es más que la experiencia de miles de años de la humanidad, de que no existe ninguna posibilidad de avanzar en el desarrollo de una persona o de un país, si no existe un esfuerzo y una voluntad decidida a cumplir sus metas. Todo tiene un costo, aún lo regalado.
La frase significa también que no se puede seguir esperando que todo caiga como maná del cielo, mientras sólo extendemos la mano a los fondos de los organismos internacionales como el FMI, Banco Mundial, BCIE, BID, etc., o de la misma forma a la cooperación externa, donaciones, remesas familiares, Reto del Milenio, etc., o pidiendo que misiones de la OEA, de la ONU, u otras vengan a resolver nuestros problemas políticos, mientras el país por la mala visión de sus gobernantes y políticos construye su propia sepultura.
Basta echar una mirada al resto de Centroamérica para darnos cuenta que no podemos seguir almorzando gratis, cuando El Salvador, por ejemplo, recién salido de una guerra civil al igual que nosotros, con un territorio del tamaño del occidente de nuestro país, exportó el año pasado casi seis mil millones de dólares (casi cuatro veces más que nosotros) y tiene un PIB per cápita anual de 6 mil 500 dólares (cinco veces mayor que el nuestro).
Costa Rica, que hasta hace unas cuatro décadas era una especie de cenicienta en la región, ahora exporta más de diez mil millones de dólares y le da trabajo a medio millón de migrantes nicaragüenses.
Honduras, que en esa misma época nos suplía al igual que El Salvador con obreros agrícola para los cortes de algodón en el occidente nicaragüense, exporta más de seis mil millones, con un PIB per cápita tres veces mayor que el nuestro.
Sería más triste hacer la comparación con Taiwán, con un territorio de 38 mil kilómetros cuadrados, exporta en un día lo que nuestro país exporta en un año.
A estas alturas del siglo XXI y en el desarrollo de una era altamente globalizada, no debemos seguir siendo objeto de compasión de la comunidad internacional, como tampoco los hijos de esta nación deben seguir esperando que todo sea regalado a cambio de nada, o bien, que sus gobernantes subestimen la inteligencia y la tolerancia del pueblo ofreciendo bonos económicos dizque de una empresa privada, pero que realmente salen de los sacrificios de la misma población.
Nuestro problema es que diferentes gobiernos, aún más los populistas y demagogos, nos acostumbraron y nos quieren seguir acostumbrando a extender la mano mediante el engaño de una falsa solidaridad, socialismo o cristianismo a sabiendas del daño que causan en la autoestima y la dignidad humana.
Bien dice un proverbio chino que “Cuando me engañaron por primera vez, el culpable fue quien me engañó. Cuando me engañaron por segunda vez, los culpables fueron quien me engañó y yo, pero si me engañan por tercera vez, el único culpable voy a ser yo”.
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