El Arzobispo de Managua y presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, monseñor Leopoldo Brenes, aconsejó al presidente Daniel Ortega que termine su período presidencial y permita que el pueblo elija a un nuevo Presidente. Y reiteró el prelado los conceptos principales de la última Carta Pastoral de los obispos de Nicaragua acerca de la crisis política e institucional que sufre el país.
Monseñor Brenes habló sobre este tema después de la misa dominical en la Catedral de Managua, al comentar recientes declaraciones del antiguo dirigente del FSLN, señor Tomás Borge Martínez, en las que éste volvió a asegurar que su partido no va a entregar el poder por lo menos durante los próximos cien años. Cabe señalar por cierto, que no son pocas las personas que no le dan mayor importancia a las declaraciones de Tomás Borge. Pero de todas maneras resulta oportuno el consejo del Arzobispo al presidente Ortega, de que no insista en su reelección, que le permita al pueblo elegir un nuevo Presidente, el cual podría ser incluso de su propio partido si es que los ciudadanos así lo quieren y deciden mediante votación popular libre y limpia.
En realidad, Daniel Ortega podría ahorrarle al país muchos problemas y evitarle a la población grandes sufrimientos, si respetara la Constitución, si atendiera el sabio consejo del Arzobispo y aceptara que debe entregar el poder el 10 de enero de 2012, a quien resulte electo libremente en elecciones transparentes, organizadas por personas honestas y confiables y realizadas bajo observación independiente nacional e internacional. Pero tal como está la situación política de Nicaragua, esto parece sólo una ilusión o un buen deseo.
Quienes creen que las declaraciones del señor Borge Martínez no deben ser tomadas en serio, recuerdan que en los años ochenta este mismo personaje aseguró públicamente que caerían las estrellas del cielo, antes de que el régimen del Frente Sandinista se sentara a negociar con la Contra. Sin embargo no pasó mucho tiempo después, para que los representantes del gobierno del FSLN comenzaran a negociar con los jefes militares y políticos de la Resistencia Nicaragüense, y firmaran el primer capítulo de los Acuerdos de Sapoá para la paz, el 23 de marzo de 1988. Y al mismo tiempo se reanudaba en Managua el Diálogo Nacional del Gobierno sandinista con la oposición civil, que fue ordenado por los Acuerdos de Esquipulas II suscritos por los presidentes centroamericanos el 7 de agosto de 1987.
Pero la verdad es que Daniel Ortega está empeñado en reelegirse al precio que sea. Al parecer Ortega y los estrategas del FSLN están convencidos de que, como las circunstancias actuales de Nicaragua y el mundo son muy diferentes a las de los años ochenta, ahora ya no hay posibilidad de que estalle una guerra. Y es cierto que la situación actual es diferente. En Estados Unidos ya no existe un presidente Reagan dispuesto a hacer lo que sea para impedir la entronización de una dictadura comunistoide en Nicaragua y tampoco hay condiciones internas para que surja una oposición radical dispuesta a levantarse en armas contra una nueva dictadura. Se habla de que el empecinamiento reeleccionista y dictatorial de Daniel Ortega podría conducir a otra guerra, pero la verdad es que no hay posibilidad real de que esto ocurra.
Sin embargo Daniel Ortega y la dirigencia del FSLN deberían de saber que no sólo por medio de la violencia armada y la guerra, se puede combatir y derrotar a una dictadura. Que así como la izquierda radical, en las nuevas condiciones históricas no sólo por medio de las armas puede llegar al poder —y el mismo caso de Ortega así lo demuestra—, también la lucha contra la dictadura puede seguir caminos nuevos e inéditos. Que igual como ahora la izquierda no necesita insurrección y guerrilla para tomar el poder, tampoco para que lo pierda es necesaria la violencia armada.
De todas maneras, lo mejor para el país y para los nicaragüenses sería que Ortega atendiera el sabio y prudente consejo de monseñor Brenes. Es decir, que permita que las elecciones sean libres, transparentes y vigiladas por observadores nacionales y extranjeros. Que respete el derecho del pueblo elegir libremente su próximo Presidente y sus nuevos diputados. Que termine su período el 10 de enero del próximo año y se retire a disfrutar sus millones y el cariño de sus nietos. Pero, lamentablemente, eso que sería lo mejor no es lo probable.
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