JOHANNESBURGO/AFP
La piedra preciosa que falta en la colección de Lionel Messi es la Copa del Mundo, aunque en la selección argentina suele ser una sombra del goleador deslumbrante del Barcelona, algo que tratará de cambiar en Sudáfrica.
«Para entrar en la leyenda, para ser grande, también hay que ganar un Mundial», admitió Messi, quien necesita el trofeo para confirmarse como nuevo rey del fútbol en momentos en que se lo considera el mejor del planeta.
Jugar y rendir al menos parecido a como lo hace en el club catalán es el desafío personal que enfrenta este hombre de físico menudo pero velocidad de rayo con la pelota en los pies.
«Le agradezco a Dios que Messi sea argentino», lo alentó el DT, Diego Maradona, quien le cantó loas con el máximo elogio que le puede dedicar a un jugador al pontificar: «Messi es mi Maradona».
Pero el enigma que rodea al delantero nacido en la futbolera Rosario, a 300 km al norte de Buenos Aires, es por qué luce desconcertado y apático con la camiseta albiceleste de la selección mayor.
Defraudó a los aficionados argentinos durante las eliminatorias Sudamericanas, aunque el equipo entero fue un barco sin brújula, un alma en pena, que entró al Mundial por la ventana, a puro coraje y temperamento.
Hasta su madre, Celia Cuccitini, rompió el silencio para salir en su defensa, cuando dijo que su hijo se siente «realmente muy dolido cuando hablan mal de él. ¿Por qué siempre contra él? Sufre mucho, después le cuesta reponerse».
La noche en que un hermoso gol de Mario Bolatti puso a Argentina en la fase final (1-0 a Uruguay en Montevideo), Messi lucía más desconcertado que nunca y parecía un caso de terapia, un dilema psicológico.
«El tema de la selección siempre carga sobre él -agregó la señora Cuccitini de Messi-. Que en este Mundial le vaya bien y pueda demostrar un poco más, porque hasta ahora realmente no pudo».
Causa extrañeza, porque Messi había sabido ganar con mención de aplauso, medalla y besos el Mundial Sub-20 de Holanda-2005 y el oro en los Juegos Olímpicos de Pekín-2008.
Lo inconcebible es que en el seleccionado mayor baja un 70% ó un 80% el rendimiento y los fanáticos se amargan recordando sus goles de antología y la envidiable colección de títulos con la escuadra catalana.
Los hinchas argentinos se muerden los labios cuando piensan que ganó con el Barça el Mundial de clubes en 2009, dos Ligas de Campeones en 2006 y 2009, las cuatro ligas de 2005, 2006, 2009 y 2010 y una Copa del Rey en 2009.
Balón de Oro y premio FIFA al mejor jugador en 2009, cada tanto los simpatizantes se agarran la cabeza cuando por TV pasan videos suyos con mágicas gambetas, como las del gol de película a Zaragoza (4-2), en una semana en la que le hizo dos a Almería (2-2), uno a Málaga (2-1) y dos a Stuttgart (4-0).
Los hinchas ruegan que al menos aparezca a la hora de la verdad, como lo hizo con el segundo gol al Manchester United en la final de la Liga de Campeones (2-0) o el decisivo ante Estudiantes de la Plata por el Mundial de Clubes (2-1).
Incluso en el ambiente de fútbol vernáculo creció como una bola de nieve la impresión de que Messi no sentía con la misma pasión la divisa blanca y celeste que la blaugrana.
«Me da bronca que digan que no siento la albiceleste. Nada me ‘jode’ más que me digan que no soy argentino. Me molesta un poco que duden de mí, porque no es así. Soy argentino y siento la camiseta como el que más», declaró el jugador.
Los argentinos tendrán que creerle y confiar en la magia del ‘Joven Maravilla’, un Peter Parker tímido que se convierte en un prodigioso «Hombre araña» dentro de la cancha.
«Diego (Maradona) fue un dios y Messi es grandioso», sentenció Claudio Paul Caniggia, el «hijo del viento» que le dio a Argentina una de las últimas alegrías en un Mundial, en Italia-1990, con su gol decisivo para ganar a Brasil.