Por Erika Gertsch R.- Son las únicas tiendas en los centros comerciales que no tienen el servicio de aire acondicionado. Sin embargo, en un desolado Centro Comercial Managua, un día jueves a las nueve de la mañana, uno de ellos es el establecimiento más visitado por personas de diferentes clases sociales, quienes buscan entre ropas de diversos colores, rayas y cuadros, una prenda de vestir que sea bonita, a buen precio y usada.
Estoy de paso por el centro de compras, por una de las tiendas observó una hilera de camisas que aparentan ser nueva, pero un singular olor a desodorante de ropa evidencia que han estado guardadas por mucho tiempo.
Al entrar a uno de esos negocios es usual que nadie ofrezca el servicio. Desde la caja, una mujer observa a los clientes potenciales y hace señas con su mano para orientar por si alguna de ellas o ellos buscan el vestidor. La calidad es buena, le dice una joven a otra, quien apenada busca en la talla “M” algo que llevar. Otros, entran y buscan el fondo para no ser vistos como si de un pecado se tratara.
Una señora de porte elegante entra a la tienda en Plaza Las América y dice buscar unas camisas “para la señora que trabaja en mi casa”. La muchacha que acomoda la ropa sonríe discretamente y la orienta. Maura comenta: “Vas a notar que gente nice dice ese cuento y al final se dejan llevar por sus gustos y hasta se la prueban”. Dicho y hecho. Luego de probarse las camisas, paga en caja y pregunta ¿cuándo van a traer nueva mercadería?
Las tiendas de ropa usada pican y se extienden en nuestro país. A inicio de los años noventa los populosos mercados de la capital vendían como agua de mayo las pacas provenientes de Estados Unidos. Una comerciante explica que al por mayor esta ropa se vende por categoría. “Las A son de excelentes condiciones, la B de calidad media y las C las que tradicionalmente se encuentran a peso o un poco más”, explica Carmen Medrano, comerciante de ropa usada en el Mercado Roberto Huembes.
Y agrega que “quienes vestían de ropa de segunda mano eran solamente los más pobres. A mí me visitaban muchos trabajadores ambulantes, ancianos, pero con los años, ya vez de todo hay en la viña del Señor. Creo que es buena ropa y barata y por eso mis clientes han variado. Ahora los centros comerciales han venido a quitarme un poco el negocio, pero bueno”, dice resignada Medrano.
En un recorrido por los diversos centros comerciales se comprueba que los precios de las ropas usadas en estos lugares oscilan entre los tres y seis dólares las blusas y faldas. Aunque los pantalones se venden mucho más caros y depende de las marca que sean.
De otro extremo está la población que acostumbra comprar en los mercados. En estos lugares, a diferencia de los centros comerciales, los precios de la ropa están en córdobas y en cuanto a calidad es notoria la diferencia.
Actualmente, en Nicaragua no hay una norma sanitaria sobre el uso de ropa usada, pese a ser un negocio “rentable” para muchos, cuya demanda crece, sin conocer muchas veces el comprador de dónde proviene la pieza y si está libre de bacterias.
Grandes cargamentos de ropa, de diferentes naciones, principalmente de Estados Unidos, son introducidos en pacas y cualquier persona puede comprar por libra el producto y vender hasta en sus casas.
En los barrios y avenidas de la capital y en los diversos departamentos encontramos tiendas que en grandes letras comercializan la ropa usada con el llamativo nombre de “ropa americana”. Sin embargo en estos negocios se venden también zapatos, juguetes, carteras, vestidos de baño y hasta ropa de lana como si de un país frío se tratara. Siendo ésta la oportunidad para quienes emigran del país y no pueden comprar en tiendas de marca, por ejemplo.
Como si de un combo se tratara, también comercializan maletas de segunda mano y, según las condiciones en que se encuentran, son etiquetadas y expuestas a precios de regalo “Lleve un chaqueta por la compra de una maleta”, anuncia el vendedor a todo pulmón.
En el mercado, en un centro comercial, en la calle, ¡da igual! La venta de la ropa usada se ofrece por donde se pase, la necesidad o la calidad de la ropa, no lo sé, pero sí sé que al menos permiten que muchas familias numerosas puedan vestirse y hasta comprar un juguete para los más pequeños.
Y mientras el negocio de las pacas continúa expandiéndose por el país sin control, el zapatero, el sastre, la costurera nicaragüense pierde clientes y cada vez más les será difícil competir con los precios de la mercadería made in USA, que aún pasaditas de moda, resuelven.
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