La “cautiva” Cuba es el elemento más romántico y emotivo de la historia moderna latinoamericana y despierta todo tipo de pasiones y reacciones. Los maquiavélicos avatares políticos castristas y su ubicación geográfica son —como todo en geopolítica— permanentes y molestos donde Washington se prende y desprende con intensidad indistinta y ambivalente.
Para muchos especializados en sicología y sicoanálisis de las relaciones internacionales, EE.UU. tuvo en Cuba tanto su felicidad más efímera como su fatalidad más cercana (la crisis de los misiles). Fidel Castro (con la ayuda del Che, de Camilo, de Raúl y de otros hoy ausentes y “desaparecidos destacados”) emergió como la más importante, aunque la menos esperada, figura revolucionaria del siglo revolucionario americano, y así mismo arrasó prácticamente con todos los obstáculos que le impidieran asumir el mando total de esa revolución y de muchos de los procesos de cambio en el continente, así fuera desde la decadencia, con Venezuela y Nicaragua como los dos últimos ejemplos contemporáneos del caso. Convenció, más que ser convencido. Y principalmente pudo convencer de que la suya era una buena causa que estaba bajo constante fuego cruzado de los enemigos de la revolución, en parte gracias a la reiterada necedad intervencionista del Imperio, quien, como dice el Chavo del 8 (“sin querer queriendo”) le proporcionó con la coartada perfecta ad nauseam.
En América Latina, Castro sedujo a una gran variedad de sectores progresistas y sobre todo cooptó a las izquierdas (al final quedaría firme y fiel la más estalinista de todas) que vieron en la revolución cubana el espacio idóneo para la creación del sueño guevarista del hombre nuevo y de la transformación socialista del continente.
En Nicaragua el régimen autoritario sandinista de los ochenta fue el gran acompañante ¿cómplice? del castrismo y Fidel el sandinista más fiel de Latinoamérica. Se trató de la complicidad de dos autoritarismos de Estado que se encubrieron mutuamente y quienes se hacían ojo de hormiga cuando de la violación a los derechos humanos en la isla se tratara o cuando el imperio y la “contra” atentaron contra el statu quo del régimen de la revolución sandinista. Nadie tocaba al otro y menos se solidarizaba con los enemigos subversivos de su muy funcional autoritarismo totalitario.
Ante el drama actual en que vive la Cuba de Raúl Castro desde la muerte de Orlando Zapata Tamayo, y la actual agonía del periodista Guillermo Fariñas, así la irrupción de nuevos huelguistas de hambre disidentes en apoyo de aquéllos, así como las marchas dominicales que realizan desde hace siete años las valientes y silenciosas “Damas de Blanco” pidiendo al régimen la liberación de setenta y cinco presos políticos, asistimos al que será quizás el drama ético y moral más grande para el gobierno de la alternancia y la clase política cubana. Drama que ciertamente se ha empezado a escribir desde el 23 de febrero cuando muere Zapata. Pareciera que el castrismo ignora por completo que lo fundamental ya no es luchar contra el capitalismo y la derecha radical del Imperio, sino combatir los obsoletos particularismos que desean los nutran a perpetuidad. ¿Llegará aquí el día en que auténticos “patriotas” locales como el cardenal Obando, Roberto Rivas y Arnoldo Alemán comiencen una huelga de hambre “hasta las últimas consecuencias” para defender los Derechos Humanos de “los pobres” del totalitarismo en ciernes que se vislumbra? ¡Dios proteja a Nicaragua!
El autor es politólogo
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