El Instituto Centro Reina Sofía de España ha dado a conocer en estos días el III Informe Internacional sobre la Violencia contra la mujer en las relaciones de pareja , en el cual se destaca a los países donde no hay hombres que maten a sus mujeres y el índice de violencia intrafamiliar es muy bajo. Y en sentido contrario, se subraya también a aquéllos donde es mayor la violencia que sufren las mujeres de parte de sus esposos o compañeros de vida.
Los cinco países del mundo —de un total de 70 que según el informe fueron estudiados—, en donde “los hombres no matan a sus mujeres” son los europeos Mónaco, Malta, Liechtenstein, Islandia y Andorra; en tanto que los peores son los latinoamericanos Colombia y El Salvador, y los asiáticos Pakistán, Afganistán y la India.
En ese informe no se dice si Nicaragua fue incluido entre los 70 países del mundo que se estudiaron en relación con la violencia conyugal e intrafamiliar. Seguramente no se incluyó. Pero a juzgar por las denuncias frecuentes de los organismos gubernamentales y no gubernamentales que trabajan en este ámbito, en Nicaragua es bastante alto el nivel de violencia contra las mujeres y en general contra los miembros más débiles de los grupos familiares.
Es interesante notar que los cinco países en los que no hay o es menos la violencia doméstica, son de los más pequeños y al mismo tiempo más democráticos, pacíficos, prósperos y educados del mundo. De manera que resulta obvio que la educación, la democracia, la convivencia pacífica y la prosperidad tienen mucho que ver con la reducción y eliminación de la violencia de unas personas contra otras.
En realidad, según aseguran los estudiosos del comportamiento humano y particularmente de las actitudes violentas en sus diversas manifestaciones, incluyendo la conyugal y familiar, si bien es cierto que la violencia es inherente a la persona humana, sin embargo no se le debe considerar como fatalmente inevitable e insuperable. Al respecto el psicólogo y docente universitario panameño Javier Comellys ha escrito que: “La violencia, a pesar de que es una condición innata y latente en todo ser humano, no tiene existencia en sí misma, independientemente de otros factores, sino que ella se desencadena por una multiplicidad de motivos internos y externos a igual que de necesidades vitales que van desde la ausencia de paz, de amor, ausencia de trabajo, de productividad, de alimentación, salud, vivienda, etc.”
Eso significa, entre otras cosas muy importantes, que el tipo de poder político y de régimen social, así como la calidad humana de las personas que gobiernan, juegan un papel muy importante, inclusive determinante, en la manifestación de la violencia instintiva de los hombres, o en su reversión y neutralización. O sea que un gobierno de hombres que tienen mentalidad de pandilleros; de individuos que practican o han practicado ellos mismos la violencia contra las personas, incluso en sus hogares y contra sus propias mujeres e hijas biológicas o adoptivas; de personas intolerantes que practican u ordenan la violencia para someter a quienes discrepan de ellos; un Gobierno de tales individuos no desalienta sino que estimula y promueve la violencia política, social, familiar, conyugal y personal.
En cambio, si quienes gobiernan son educados y cultos, respetuosos de los derechos humanos de toda la gente y considerados con sus cónyuges, familiares y personas bajo su tutela, ese Gobierno promoverá la educación integral —no la propaganda ni el lavado de cerebros—, ellos administrarán honestamente los bienes públicos, gobernarán con justicia y respeto a la ley. Y por lo tanto, ese tipo de Gobierno evitará que las tendencias innatas de violencia en el individuo se manifiesten por cualquier motivo o circunstancia. Como dice el profesor Comellys antes citado: “Los pueblos viven en paz cuando son libres, productivos, virtuosos y felices. La paz conlleva un alto grado de seguridad y productividad. Si a la sociedad le concierne el hacer virtuosos y felices a los hombres, debería interesarse también por hacerlo seguro y productivo, de esta manera podemos hacer menos traumática y violenta la vida”.
Obviamente no es este el caso de Nicaragua, debido a la clase y de personas que gobiernan; y al modelo de Estado: intolerante, opresivo, odioso, represivo y violento que tratan de imponer. Con gobiernos como éste es lógico que la violencia en todas sus diversas formas, incluyendo la conyugal y familiar, se manifieste y se generalice cada vez más, en vez de que se pueda superar.
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