La tragedia griega

Los antiguos griegos crearon la tragedia como una expresión singular y trascendental de su cultura y un medio para comunicarse, para conservar y transmitir sus experiencias, pensamientos y sentimientos, y para proyectarlos a toda la humanidad.

Como se dice en una popular introducción a las obras en español de los trágicos clásicos Esquilo, Sófocles y Eurípides, las tragedias fueron concebidas por los griegos “para contemplarse a sí mismos y conocer la grandeza y miseria de la especie y la situación humana, con su cauda de sufrimientos y alegrías…”

De manera que tiene razón el periódico italiano Corriere della Sera, al comentar en un editorial del jueves de esta semana la gravísima crisis económica, la huelga general con sus derivaciones letales y los esfuerzos desesperados de los gobernantes de Grecia y de toda Europa por evitar una catástrofe irreparable, y decir que esto “es verdaderamente una tragedia griega desde cualquier punto de vista, ya que, por un lado, el Gobierno tiene razón al actuar como lo hace, dado que no hay ninguna otra alternativa. Pero también el pueblo tiene la razón al enfurecerse, ya que paga por algo de lo que no es responsable…”

En realidad, la trágica situación en la que se encuentra Grecia actualmente no es sino el resultado de muchos años de irresponsabilidad gubernamental, de clientelismo político y social, de manejo demagógico de la economía, de corrupción de la clase política, de una manera de vivir fastuosa de los que mandan y de repartir a los de abajo toda clase de dádivas populistas. Y el inevitable desenlace de ese gran festejo tenía que ser la tragedia que ahora sufren todos los griegos y la cual está contaminando a Europa y el mundo entero.

Como consecuencia de esa irresponsabilidad gubernamental de la clase política griega, la deuda pública acumulada de Grecia equivale actualmente hasta al 244 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB); el déficit fiscal representa el 13.6 por ciento del PIB; el déficit en la cuenta corriente es enorme y su moneda, el dracma, se encuentra excesivamente sobrevaluada. De modo que el Parlamento griego se ha visto obligado a aprobar un programa de ajuste extremadamente drástico, con el objetivo apremiante de reducir el déficit fiscal al 3 por ciento en el término de 4 años.

Esto requiere ante todo la inyección a Grecia de unos 140 mil millones de dólares por parte de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, que son también para proteger la economía de la misma Europa. Sin embargo la asistencia externa no es suficiente ni gratuita. Los griegos tienen que aplicarse a sí mismos medidas muy duras pero absolutamente indispensables, como por ejemplo un 30 por ciento de reducción en los sueldos de los funcionarios y empleados públicos, la eliminación del aguinaldo navideño en los próximos 4 años, la congelación del empleo público, la reducción de las pensiones de los jubilados, el aumento de los impuestos al consumo, el incremento del Impuesto al Valor Agregado o IVA, etc. Como es comprensible estas medidas de choque son rechazadas por los sindicatos, pero no hay alternativa. Los griegos, que durante muchos años se la pasaron celebrando como si vivieran permanentemente en uno de los legendarios festivales de Dionisio o Baco, ahora tienen que sufrir las consecuencias de la resaca.

La izquierda grita a coro que la tragedia de Grecia es culpa del capitalismo y una muestra de su fracaso como sistema. Pero la verdad es que, como dice el periodista Takis Michas del periódico Eleftherotypia (Prensa Libre) de Grecia y colaborador de The Wall Street Journal de Estados Unidos: “La debacle del Estado griego (…) significa el colapso de un modelo de desarrollo económico que (…) siempre ha puesto la política por encima de los mercados”. Señala Michas que “la izquierda ha argumentado que el principal inconveniente del capitalismo es que supuestamente pone los mercados por encima de la gente. Es por eso que consideran que es necesaria una intervención política para controlar los mercados y devolver al pueblo a su lugar legítimo como amo y no como esclavo del mercado. El modelo griego proporciona la perfecta realización de esta visión”, observa Takis Michas, quien concluye: “Grecia siempre ha puesto a la gente, es decir, a los clientes por encima de los mercados, con los trágicos resultados que vemos hoy”.

Ciertamente, la lección clara y dramática de esta tragedia griega es que los abusos populistas y clientelistas con la economía, siempre tienen graves consecuencias, y que se pagan trágicamente.

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