Está cayendo la noche. Un vestido verde sobresale y se ilumina con las luces de los vehículos que transitan despacio por la Avenida Bolívar de Managua, exactamente frente al Arboretum Nacional. Tres adolescentes aparentan estar perdidas, levantan sus manos cada vez que ven aproximarse un carro. Pero luego de unos minutos observando, el panorama se torna gris. Ellas están ofreciendo su servicio y compiten para ser tomadas en cuenta por cualquier desconocido que quiera pagar por sexo.
Motociclistas y vehículos se estacionan muy cerca del sitio. De repente, una de ellas se monta en una moto, dejando a sus compañeras en la lista de espera, y así una a una desaparece y regresan 15-20 minutos después, al mismo sitio. Se sientan en la misma cuneta, a la vista de todos.
Quienes viven o transitan por Plaza Inter les es familiar observar a las “chavalitas”. Recientemente recibí una llamada de mi amiga Miriam, quien alarmada me comentaba que “nadie hace nada para sacarlas de ese sitió”. Motivada por su pena, decidí observar esa realidad y logré escuchar el reclamo de una de las adolescentes que prostituyen su cuerpo: “¿Por qué nos tomás fotos, nos vas a pagar, hijue…”
El conductor que me acompañaba me informó que ellas cobran 100, 120 y hasta 200 córdobas por el servicio. “Son bonitas y ofrecen los tres platos”. “¿Qué es eso?”, pregunté, y sarcástico, me respondió: “¿Qué cree usted?” La vida les ha mostrado el rostro duro de la miseria que se vive en el país, que no solamente es económica, sino que radica en la indiferencia y en la complicidad de callar un problema social que arrastra cada vez más a niñas y adolescentes, quienes deberían estar estudiando y viviendo esa etapa de la vida tan hermosa.
Mi compañero de viaje y yo seguimos el curso. Con cámara en mano disparé varias veces, tratando de captar la imagen. Ellas empezaron a ponerse agresivas y después cubrían sus rostros con las manos, demostrando el temor de ser identificadas. No les haría daño, mi intención es meramente informativa, pero pensaba, ellas ignoran por qué lo estoy haciendo. Cualquier mafia organizada podría hacer lo mismo, con un solo fin: involucrarlas en la trata de personas, y ¿a quién le importa?
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Ellas “no están tan jugadas”, dice un vendedor de Eskimo que rondaba el sitio y con el interés de acercarme, le pregunté al comerciante: “¿Sabe quién las cuida?” “Si tenés ganas de acercarte, perate chavala, no lo hagás, te pueden fregar, es una ley, hombres o nada”, advierte.
Mientras las observo desde la acera de enfrente, intento recordar qué era de mi vida a su edad. Podrán tener 14, 15, lo más 16 años. Mil recuerdos cruzaban, al mismo tiempo que observaba como hombres adultos se detenían, observaban alrededor y elegían como si fuera un producto que comprarían.
Son tres adolescentes con una vida marcada por la dura realidad de la pobreza y la explotación. No portan carteras, pero sí tacones altos. Al pasar una camioneta, una de las jóvenes vestida de blusa rosa y pantalón azul mueve el cuerpo provocativo, y al captar que estamos observando corre a cubrirse la cara. Y nos dicen con los brazos que nos vayamos. Las dejamos tranquilas. En el parque Luis Alfonso Velásquez observamos la misma escena: adolescentes son utilizadas como mercancía. Cerca de los escombros, en la Vieja Managua, encontramos a una muchacha sentada en las faldas de un árbol de mango. Vestía una blusa escotada de color negro, pero su cuerpo de niña la delataba. Aparentaba unos 12 años.
Cuando la camioneta pasó, ella ofreció su servicio al conductor, sin importarle que él fuera acompañado: “¡Aquí, aquí hay sexo, sexo!”, decía la adolescente.
Dimos la vuelta y nos estacionamos muy cerca de ella. De inmediato se levantó y le pregunté:
—¿Podemos hablar?
—Ajá —contesta desconfiada.
—¿Qué edad tenés?
—Dieciséis — responde
—¿Te gustaría estudiar? — le pregunté como haciéndole una propuesta.
—No, necesito dinero —respondió.
Y antes de terminar, un hombre a unos cuantos metros la llamó tronando los dedos. En minutos ella había desaparecido de mi vista. Corrió a una caseta, al parecer una venta improvisada. No la vi más.
Abordé la camioneta y seguí con el conductor buscando la zona de Petronic. Esta vez eran jóvenes que gritaban efusivas al ver la camioneta manejada por un hombre. Yo había desaparecido otra vez. Hasta que saqué mi cámara y empecé a tomar fotos. Una motocicleta venía de frente y gritó: “¡Son de LA PRENSA!
Al llegar a las inmediaciones de la Asamblea Nacional, los mismos hombres a bordo de la motocicleta detuvieron el vehículo. Uno de ellos sacó la placa que le identificaba como policía y nos preguntó por qué tomábamos fotos. Le expliqué al oficial el motivo, y me informó: “¿Saben dónde hay muchachitas prostituyéndose? Por Plaza Inter. Nosotros sabemos dónde viven cada una de ellas”, aseguró uno de los oficiales. Media hora después, ya no eran tres sino seis adolescentes que buscaban dinero a cambio de vender su cuerpecito, que apenas desarrolla.
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