En clase reciente de periodismo de investigación una estudiante propuso como tema La Depresión en los Adultos Mayores o Personas de la Tercera Edad. Le pregunté a los alumnos cómo definían a las personas de la tercera edad y algunas de las respuestas fueron las siguientes: Las personas mayores de 60 años, las mayores de 65, los viejitos, los jubilados, los que no pueden valerse por sí solos, los “mayores”, etc. etc.
No me sorprendió que entre los universitarios existiera tanto desconocimiento sobre un tema, porque hasta los mismos comunicadores que a diario se enfrentan con la rutina de la noticia, no tienen un concepto claro del mismo.
Hace poco escuché a una joven reportera de televisión narrar la noticia de un ciudadano atropellado en las inmediaciones del Huembes. Con voz agitada, como suelen hacerlo al ritmo de la improvisación aún en noticias banales, la joven decía que la víctima “era una persona de unos 60 años y que ancianos como éstos, sus familias no deberían dejarlos salir solos a la calle”.
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El calificativo de anciano o “viejito” se aplica indiscriminadamente en los medios de comunicación con el prejuicio, que toda persona mayor de los 60, a veces menos, forma parte de este sector de la población y por lo tanto “no pueden valerse por sí solos”.
En Nicaragua se estima una población de medio millón de personas mayores de 60 años, de las cuales sólo un 10 por ciento está cubierto por el Seguro Social, en la mayoría de los casos por pensiones ínfimas; además, este sector continúa siendo víctima del abandono, la soledad, la pobreza, la discriminación laboral, la falta de reconocimiento y marginadas no sólo por las leyes, sino por el Estado, sus propias familias y amplios sectores sociales, especialmente de jóvenes que no valoran el papel que han jugado en sus vidas.
Algunos estudios afirman que el hombre o la mujer tienen tres edades: la genética, que es la edad calendario, o sea cuantos años han vivido. La física, o cómo realmente se sienten físicamente, y la mental, o sea, lo que son capaces de hacer independientemente de la edad que tengan.
Muchas personas de la tercera edad, adultos mayores, ancianos, viejitos o como se les quiera llamar, son capaces de realizar cualquier labor mucho mejor que un joven imberbe que pulula entre chateos, emails, discotecas o diálogos triviales sin encontrar a estas alturas un norte en su vida.
La falta de aplicación de leyes que protejan a este sector de población, el enfoque de los medios de comunicación en el tratamiento del mismo, la soledad, la discriminación y otros factores están causando un grave e irreversible daño a quienes han recorrido un largo trayecto y se encaminan indefectiblemente al otoño de sus vidas.
Para estas personas vivir el máximo de tiempo con el máximo de calidad es una aspiración, que desafortunadamente es responsabilidad compartida con una sociedad cada vez más desprovista de valores, y cuyos miembros tarde o temprano llegarán a la hora del ocaso.
Ante este panorama que se caracteriza falta de respeto a nuestros adultos, nuestros recursos naturales, ética, y valores, bien vale la pena recordar la premonición de Joaquín Pasos en El canto de guerra de las cosas : “Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra Si es que llegáis a viejos Si es que entonces quedó alguna piedra”.
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