“La educación es el arma de la censura por excelencia, lo que se debe y que no se debe hacer en una determinada cultura ”.
Fernando Savater
La riqueza y la pobreza tienen algo en común, no se pueden esconder y esto lo conocemos bien los que estamos relacionados con el campo de las ciencias económicas y empresariales, en una época en la cual las preferencias pasan del ámbito de responsabilidad pública a lo privado, es decir al individuo.
Amitai Etzioni, en su obra La Dimensión Moral advierte en contraposición con los neoclásicos, que los individuos, especialmente jóvenes, van forjando su carácter y definiendo sus preferencias mediante el ejercicio de su vida y que están expuestos por tanto, a múltiples efectos que se emiten desde el mercado. Nos introduce a los fundamentos de la libertad humana, como premisa básica para entender las preferencias que son detonantes de las decisiones individuales y que no son concebidas entre los 16 o 25 años. De ahí entonces, el rol que desempeña la familia, la universidad y la educación. La sociedad espera de las escuelas de negocios que durante los proceso de formación del homo economicus, doten al individuo de competencias y razonamiento, de identidad y valores, que son en perspectiva categorías en las que nuestros centros de formación están obligados a trabajar con jóvenes, si realmente se apuesta con responsabilidad al ejercicio de la libertad individual.
Existe una relación directa entre el fracaso social y los excesos de una sociedad. Algunos expertos apuntan que la crisis global, antes de ser un problema de ciclos económicos, es de comportamiento ético. Existen leyes que pueden enviarte a la cárcel por malversación, corrupción, robo entre otros, de ahí que, nuestra educación debe estar orientada a reprimir —persuadir— estos deseos desordenados. Pero nos enfrentamos a algo real que afecta tanto a las familias como a los centros educativos, es al consumismo a ultranza, que mediante sus cantos de sirena lleva a muchos a querer más allá de lo que pueden poseer y terminan por delinquir.
La tipología y los eufemismos que nos hemos inventado para sentirnos cómodos son tan variados en el escaparate de los excesos, que ya no nos inmutamos por “pequeñas raterías”, estamos dispuestos a soportar “pequeños caprichos” de ejecutivos y funcionarios públicos que cuando la balanza se inclina más por sus resultados que por las fechorías que hacen, es común escuchar la frase “pero robó menos”. No sólo hemos movido los mojones de lo socialmente aceptable, sino que, producto de esta actitud permisible, estamos amamantando delincuentes para que continúen haciendo de las suyas. Las leyes se convierten más en un arma para atacar y despojar al otro, que en un mecanismo de convivencia ciudadana y de gobernanza.
Carlos Comas nos advierte en su libro La muerte de los mitos y las ideologías”, de cómo la sociedad de hoy, en la frenética carrera por el éxito o la sobrevivencia, ha evaporado todo rastro de cordialidad. Como un cartel gigantesco (global) nuestros jóvenes siguen la flecha, porque todo va más rápido, cambiamos de trabajo, de casa, vecindario, a veces hasta de esposa y familia, en este caldo va creciendo la identidad de nuestros hijos que paralelamente se va debilitando por no pertenecer a nada estable. A esto se le agrega, la lista de problemas económicos y violencia. Así llegan a la universidad, con fracturas afectivas y en medio de todo, la invitación del mercado sobre la rebelde alma humana; ya que, una vez que se ha llegado al alma mater o se han cumplido los 16 años, es el momento de detonar las cadenas del hogar e insistir en la libertad; a partir, de este momento, se pone en práctica el libre albedrío (niño llorón) concepto que la iglesia inventó y que los neoliberales acuñan no expresamente (opinión personal) (china que lo pellizca), para resarcirse de cualquier responsabilidad pasada, presente y futura de los excesos del hombre.
El autor es decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales en la UCA
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