Una máquina llamada ciudad

La ciudad es la máquina más grande, compleja y desarrollada que operamos, usamos y desgastamos, por ello debe estar sujeta a continuos, cotidianos e ininterrumpidos mantenimientos y alimentaciones, de planificadas demoliciones, restauraciones, mejoras y crecimientos en sus partes, por regulación y requerimiento en normalidad y eventualidad, sólo así puede brindarnos conceptuales beneficios y productividades, caso contrario, deja de tener tal condición e iniciar proceso anti-civitas, anti-ciudad… anti-ciudadano.

Compleja por las naturalezas involucradas en su maquinar, lo ininteligible del aparato radica en la fuerza socio-inteligente de sus interactivos usufructuarios dentro de sus cada vez mas nuevos y diversificados roles, interconexiones y crecimientos que le obligamos atender y contener armónicamente.

En dependencia a envergadura, estado, tiempo, manera e interés operativo, está capacitada para generar bienes y servicios acordes a principios, políticas y necesidades locales, nacionales e internacionales que intervienen, por ello debe estar en perfectas condiciones de operación para poder cumplir su principal función: albergar y preservar en las mejores condiciones, la vida y el progreso ciudadano.

La máquina debe operar libre de arbitrariedad alguna, pues lejos de seguir siendo el establecido conjunto infraestructural que le permitió concepto en paja, piedra y carrizo, lodo, cal y madera, cemento, arena y hierro, este aparataje es la en actualidad un complejo instrumento socio-evolutivo capaz de funcionar infra, media y/o sobrehumanamente en dependencia al balance histórico de sus aconteceres. Pero como son tantos los actores y factores que individual y asociadamente deben organizarse, es necesario entender el importante rol de la urbanidad como el factor mas relevante del asunto.

La primera máquina fundada fue Manahuac. Sus pobladores, un pueblo migrante en tardíos tiempos del poblamiento continental que operaban un instrumento rústico de acuerdo a alba y ocaso, estación lluviosa y seca y al movimiento de los astros en régimen de cacicazgo, politeísmo, agricultura y más desde las que se preparaba para evolucionar hacia nuevas etapas alcanzadas por otras naciones relacionadas, con 50 mil habitantes, era en su bullir “una Nueva York para sus tiempos”.

La llegada del conquistador (1524) marca un sangriento desmantelamiento del aparataje autóctono por otro invasivo, impuesto e importado que operó como máquina de guerra ante el bravío arraigo de sus pobladores —reducidos en 20 años a 1,116, un 2.3% de su población—. Ahora llamada Managua, el artefacto trabajó lentamente algún tiempo en régimen monárquico, monoteísta, artesanal y agrícola en ambiente fantasmal, la inoperancia empresarial pagó su error, durante mucho tiempo solo fue una miserable aldea española —con 50 naturales en su haber— mientras otras locaciones crecían en infraestructura y urbanidad.

La maquinaria managüense debió copiar nuevo modelo productivo demostrado, decidieron entonces también invertir la erguida espada y así tornarla en cruz. Poco a poco la desalmada aldea con mucho sacrificio —desde el vientre indígena— inició re-población, la nueva raza mixta aumentaba y con ello la capacidad empresarial mejoró, la modalidad empresa-parroquial sustituyó la monarca-militar y la nueva identidad continental se aclimató también en Manahuac.

La injusta empresa real que ya lidiaba con innumerables problemas marinos y terrenos no pudo contener la fuerza emergente de los nuevos organizados emprendedores, gestores de una empresa criollo-nacional. Cayó entonces la pomposa casa matriz continental y en su momento nacional —sin pena o gloria— la Leal Villa de Santiago de los Caballeros de Managua, recibió beneficio del heroísmo ajeno.

La calidad directiva de nuevos operadores nacionales nacida dividida en dos grandes segmentos de interés y pensamiento que querían dirigirla, administrarla, usufructuarla con tan solo uno de sus hemisferios mentales, caducas formas empresariales caídas en desuso en otras sociedades se aferraron en la nuestra implementando la figura caudillesca-tiranesca que acrecentaba mas intereses ya contrapuestos.

Nuevas variantes empresariales timbuco-calandrescas bajo disfraz nacionalista han aparecido en “moderna” parte de nuestra historia queriéndonos hacernos creer que se originan, surgen y resurgen para llevarnos —conducirnos cual redentores, cristos, dioses— hacia un futuro prodigioso en rentabilidad y bienestar conciudadano. Estancadas empresas que sólo consiguen materias, energías y contratos donados-concedidos por desinteresados países amigos que solo quieren productos “made hand Nicaragüita” para ingresarlos en interesada transnacional mercadotecnia —toxica, anti-ambiental, machista e indeseada— que solo nos permite poner manufactura en el mal pagado asunto de mercados.

Y entretantas varias catástrofes tectónico-sociales transcurridas solo han dejado más secuelas en Managua.

La maquinaria capital, “main” gobernador del resto de artefactos interconectados que los hace operar/in-operar a gusto y antojo, sede dictatorial —nos guste o no— aun sin dictador montado en bestia alguna, sigue frenando “operación sonrisa” de poblanos que solo han soportado operatividad empresarial bien constituida en “sangre, sudor y lágrimas” de un pueblo que sigue intentando alzar su vuelo, sin haberse deshecho de su lastre.

Nuestra máquina no puede seguir entumecida, marchar lento o detener actividad por culpa de operarios capacitados solamente para mover cada día los mismos desgastados engranajes heredados sanguínea, consanguínea y políticamente de tiempos dominados por estirpes brontosaurias del terciario y cuaternario que aun hoy, armados de garrote, macana o quijada de asno, golpean a Abel hasta matarlo, creyendo así caer en gracia de alguna temporal divinidad hecha en arcilla.

La eventualidad de volver a tener escenario como en 1972 en el mismo sitio, otra ciudad o en varias —al unísono— como el de Haití, de tener que lidiar en un paisaje destrozado, con una población en bancarrota espiritual, social y financiera y tener que volver a recoger los pedacitos, es volver a permitir que el altanero desarrolle nuevamente importante plan reconstructivo en vez de fomentar la vida y el progreso, es permitir que se continúe el fomento —promoción del gran negocio de la industria del desastre, por el desastre mismo— es seguir jugando a la güija eternamente en lado obscuro y es como ver hoy en el presente, viejas imágenes en proyección futura de la misma empresa estacionaria, con la misma destrozada maquinaria, operando sin capital, contrato u orden de trabajo en el entorno y hábitat social del gran cacique Nicarao.

Nota: al terminar de escribir este trabajo, aconteció que a la catástrofe haitiana había que sumarle la chilena, dos ejemplos, dos escenarios indeseados a comparar con contenidos de este trabajo acerca de nuestro porvenir. b

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