Una propuesta de solidaridad


Por Roberto Rosales

Todos quedamos asombrados por los recientes terremotos ocurridos en Haití y en Chile, y la reacción mundial ante los desastres. Sobre todo en el caso de Haití, de muchos sitios han acudido para ayudar en la emergencia. Gracias a los medios de comunicación, día a día, se pudieron seguir los sucesos que iban aconteciendo. Es probable que “gracias” al terremoto, Haití pueda salir delante de un modo más sostenido.

Más de algún nicaragüense se habrá planteado si con tanta ayuda que se está enviando a Haití no irá a disminuir la que llega a nuestro país. No lo sabemos aún, podría ser probable. Me parece que esta experiencia nos puede mover a dar un paso más allá de lo que pueda ser un sentimiento y consolidar nuestra solidaridad con el prójimo y un cuestionamiento a los que trabajamos en proyectos de cooperación al desarrollo.

Cada uno puede pensar cómo ha reaccionado. Al vivir en una sociedad inmersa en una cultura muy mediática, en la que a veces prima lo superficial y efímero, una cultura hecha de impresiones emotivas, con una opinión pública acostumbrada a reacciones epidérmicas y sentimentales. Por ejemplo, el tsunami de hace algunos años del Océano Índico. La ola gigantesca del tsunami provocó otra ola de solidaridad. Grandes campañas usando sms consiguieron millones de dólares. Con Haití ha ocurrido lo mismo. No digo que sea malo ni mucho menos, pero es fácil que se produzca un fenómeno de banalización de la solidaridad, pues pasa de ser virtud a sentimiento pasajero, que tranquiliza la conciencia. Así la solidaridad pierde su valor y trascendencia, que es meterse en aquella realidad. El acto de solidaridad tiene que cambiarme a mí antes que al prójimo, pues me lleva a vivir una verdadera experiencia, que me hace más humano. ¿Cuánto nos acordamos de las víctimas de tsunami? ¿Dentro de unos meses, nos acordaremos de Haití?

¿Qué reacción o reacciones ha provocado la amplísima cobertura mediática del desastre del terremoto? A veces, una tendencia de los medios de comunicación es mostrar una realidad para estigmatizarla y provocar reacciones, no para comprenderla. Así lo único que se alimenta es una especie de cultura de la indignación: “No puede ser… es algo injusto”, que lleva a las personas a escandalizarse, pero sin preguntarse jamás por qué pasan determinadas cosas; cuál es su origen, etc. Además, se mira mucho a las necesidades materiales y poco a los aspectos menos tangibles.

Además, nos encontramos con gente muy buena y generosa que quiere ayudar, pero no sabe ni cómo ni a quién ayudar. Y muchas veces, cuando ayuda, se queda insatisfecha y desilusionada. A veces no es fácil comprender qué es lo verdaderamente importante.

Tanto para una persona individual como una institución nacional o internacional la regla de oro es partir de la necesidad y no de lo que nosotros queremos dar. Podemos caer en el error de confundir lo que nosotros pensamos que los otros necesitan —y que en realidad se identifica con lo que nosotros queremos proponer— con lo que verdaderamente y objetivamente necesitan. En el ámbito de la cooperación se describe esta regla como criterio de pertinencia: respuesta coherente con la petición que ha sido hecha. Cabe el cuestionamiento de por qué un país como el nuestro, con tanto proyectos destinados a los más necesitados, seguimos sin notar avances en el desarrollo. Un paso más, si pasamos de las necesidades materiales a la dimensión intelectual, cambia el tipo de respuesta que podemos dar, porque cambia el diagnóstico. Por ejemplo, el mejor regalo para un niño, de un país pobre como el nuestro, no es un kilo de leche en polvo, sino una madre instruida. Es preciso comprender que hay una pobreza inmaterial que mantiene el círculo vicioso de la miseria, también cuando hay recursos materiales.

Llevamos muchos años tratando de aplicar el principio de no hacer, sino enseñar a hacer. El resultado es que unos pocos destacan con un saber técnico —individualista en muchos casos— con la correspondiente falta de ideales sociales. El camino para una propuesta integral no puede quedarse en enseñar a cómo hacer las cosas, sino también educar en el por qué y por quién hacer las cosas.


El autor es director ejecutivo de ACOEN
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