En nuestros países los terremotos están a la orden del día. Hace unos días supimos del caos que un terremoto provocó en Chile y de las sospechas de tsunami en el mismo país.
Todavía no se nos había terminando de pasar el mal sabor del desastre causado en Haití. Estos catastróficos movimientos terráqueos han arrasado poblaciones enteras, han borrados carreteras como si fueran líneas trazadas a lápiz en el plano de un arquitecto, han catapultados los edificios mejores construidos, y, como lo han descritos testigos presenciales, literalmente han cambiado la misma geografía. Estos cataclismos, con su saldo de víctimas y cuantiosas pérdidas materiales, nos han hecho vivir momentos dramáticos y difíciles.
Pero, al margen de esto, los terremotos también nos revelan muchas cosas; tienen un mensaje que darnos y lecciones que deben ser aprendidas por cada uno de nosotros. Mencionamos brevemente algunas.
Primero, la vanidad de las cosas materiales. Los terremotos no respetan nada. En un abrir y cerrar de ojos reducen a escombros por igual grandes rascacielos, mansiones señoriales, tanto como humildes viviendas; y sepultan, bajo toneladas de esos mismos escombros, incluso los automóviles más finos y de último modelo.
En segundo lugar, la impotencia de la vida humana. ¿Qué es lo que la ciencia ha podido hacer como protección contra los terremotos? Prácticamente nada; ni siquiera proporciona un medio confiable para predecirlos. Y en cuanto a las construcciones antisísmicas, éstas resultan totalmente inadecuadas ante un terremoto. Cuando la tierra tiembla y se abre, ¿Qué puede hacer el hombre? ¡Nada, sino reconocer nuestra impotencia!
Tercero, la fragilidad de la vida. Las vidas humanas que cobra un terremoto son incontables. Hasta momentos antes del terremoto se goza bienestar, salud, de optimismo sobre el futuro; ni se piensa en la muerte. Un tic tac después, y hay centenares —quizás miles— de cadáveres sepultados bajo escombros, personas que murieron aplastadas por una pared, golpeadas por una viga o una piedra, asfixiadas entre los escombros, electrocutadas, o sencillamente tragadas por la tierra. ¿Y en los hogares? Un segundo antes todo era felicidad; después, desesperación, dolor, lágrimas y muerte. La muerte vino de repente, y con su soplo helado apagó para siempre la vida del padre o de la madre de familia, o de uno o más hijos.
Así es nuestra vida siempre, frágil. En la epístola del apóstol Santiago, leemos: “Porque, ¿qué es nuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece”.(Santiago 4:14)
Cuarto, la oportunidad de Dios para hablar a los corazones más duros. Un terremoto aviva a los indiferentes, acaba con los ateos y hace que todos, de alguna manera, busquen a Dios; por lo tanto, es el momento de la Iglesia, para predicar, testificar y servir. Realmente es una gran oportunidad que debe ser aprovechada por todos los creyentes individualmente. Recordemos es una gran oportunidad que debe ser aprovechada por todos los creyentes individualmente. Recordemos que el carcelero de Filipos se convirtió con toda su casa precisamente a raíz de un terremoto. En uno de los últimos terremotos, oímos a mucha gente indiferente prometiendo que iría a la Iglesia. Hemos visto ateos de rodillas, levantando sus manos al cielo con desesperación; y muchos pecadores empedernidos temiendo que el terremoto haya sido por causa de sus muchos pecados. En fin, la gente se conmueve y se muestra predispuesta para oír las cosas de Dios. Así resulta que el mensaje de un terremoto puede ser de bendición para muchos —incluso a pesar de los estragos materiales, las pérdidas de vidas humanas, y todo ese mundo de tragedia.
Cuando no se quiere escuchar un mensaje desde el púlpito, los consejos de los preocupados padres por la salvación de su hijo, se tendrá que escucharlo, ciertamente, desde un terremoto. [email protected]
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