Santiago Aburto
Hipócritas de primera, demagogos de segunda, parásitos de tercera y líderes de cuarta categoría. Me van a perdonar, pero me refiero a los mandatarios latinoamericanos, incluyendo al nuestro, que hablan de democracia, derechos humanos y respeto a la identidad de los pueblos. Pero, ¿de qué identidad o autodeterminación estamos hablando, cuando en Cuba se violan todas las libertades y derechos consignados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la cual el gobierno de facto, corrupto y asesino de los Castro es signatario? ¿Cómo es posible que en pleno siglo 21 un ciudadano sea arrestado, acusado y condenado a 33 años de cárcel por oponerse pacíficamente a un régimen? ¿Y que este hombre tenga que recurrir a una huelga de hambre, para ser escuchado por un gobierno que quiere apertura y pide el fin del bloqueo comercial, pero es incapaz de mostrar compasión por un hombre que entregó su vida para una vez más evidenciar a sus verdugos y sus cómplices internacionalistas, que no ven, no oyen, no sienten la amargura que pasan todos los encarcelados, en las mazmorras-cloacas del castrismo, (reconocido por amnistía internacional) sentenciados a morir bajo el yugo de la hoz y el martillo, sin que ningún gobierno haga algo por ellos, por lo menos una nota diplomática de protesta?
Pero es más fácil, según vemos, que se congracien con el dinosaurio dictador antes que volverse en su contra. Por lo menos buscan salir en la foto de la ignominia con un fracasado comunista que se quedó solo, perdido en el espacio de sus maquiavélicas ideas estalinistas.
¿Donde están los que acusaron al presidente Roberto Micheletti de dictador? ¿Por qué no alzan su voz contra una tiranía que lleva más de 50 años matando y esclavizando a su propio pueblo? ¿Dónde están los Correa, los Calderón, los Morales, los Colón, los Ortega, los Lula, los Kirchner, los Zapatero, los Chávez, los Bachelett, los internacionalistas retrógrados y miopes de nuestra América?
¿Acaso no escuchan el llanto de miles de madres por sus hijos presos, por sus parientes desaparecidos, por sus familiares ejecutados, por los encarcelados y torturados? ¿Es muy difícil abrir los ojos ante esa realidad que viven los cubanos que también son nuestros hermanos? ¿Qué hay que hacer para que exista igualdad entre todos y que se respeten los derechos más elementales de un hombre o mujer? ¿Cuál es la fórmula para terminar con la gran mentira castrista? ¿Por qué no actuaron ayer y por qué no reaccionan ahora los gobernantes que pueden salvar a una nación de la esclavitud, que ya fue abolida en el siglo 19? ¿Qué le dirán a Dios cuando se presenten a dar cuentas de sus actos? ¿Cuál será la excusa que le presentarán al Creador?
Mientras tanto, nosotros seamos honestos y aceptemos que estamos secuestrados por la hipocresía de nuestros gobernantes y por la impotencia de nuestra cobardía. Solo así podremos entender quizá, el porqué del silencio de todo un Continente, mientras escuchamos el llanto de una madre que hoy llora por su hijo que murió de hambre, sí, en huelga de hambre, con el estómago vacío, pero con la conciencia en alto y el espíritu satisfecho de haber dado todo por la libertad, la justicia y la igualdad de los suyos.
Descanse en paz Zapata Tamayo. Su muerte es solo el comienzo de una nueva vida, sin Fidel y sin cadenas en un continente plagado de hipócritas y fantoches, demagogos y oportunistas.
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