Hoy se celebra el veinte aniversario de las históricas elecciones del 25 de febrero de 1990, en las que la Unión Nacional Opositora (UNO) y su candidata a la Presidencia de la República, doña Violeta Barrios de Chamorro, derrotaron ampliamente al FSLN y Daniel Ortega, quien aspiraba entonces —igual que ahora— a la reelección presidencial.
El resultado oficial de aquellos comicios para la historia, fue de 54.7 por ciento de los votos válidos para la UNO, en la elección presidencial, y 53.9 por ciento en la elección de diputados; 40.8 por ciento para el FSLN, en las dos elecciones; mientras que los otros 8 partidos menores que participaron en el cotejo electoral acumularon, entre todos, el 4.2 por ciento de los votos presidenciales y 5.3 por ciento para diputados.
Los comandantes del FSLN y Daniel Ortega en particular, habían jurado que el poder que conquistaron con las armas no lo entregarían por medio de las urnas electorales. Sin embargo, la dirigencia sandinista, acosada por la guerra de la Contra que era apoyada por Estados Unidos, habiendo desbaratado la economía nacional a pesar de los gigantescos recursos económicos y materiales que recibían de la Unión Soviética y demás países comunistas, y presionada por la comunidad internacional que tenía como prioridad desactivar el conflicto armado centroamericano, tuvo que entregar el gobierno. Pero a cambio, el FSLN se quedó con gran parte del poder real y realizó un alucinante saqueo del Estado y de bienes de personas particulares, que fue conocido como la “piñata” sandinista.
Antes de las elecciones, los dirigentes del FSLN no podían creer que la frágil alianza electoral de 14 partidos políticos agrupados en la UNO — tan diversos ideológica y políticamente—, podría derrotar a la poderosísima maquinaria estatal y partidista que ellos tenían a su disposición. También en el exterior eran muy pocos los que creían que la oposición sería capaz de derrotar al régimen sandinista, y mucho menos que éste reconociera la derrota y entregara el poder en el caso de que triunfaran doña Violeta y la UNO. La comunidad internacional se conformaba con que las elecciones fuesen razonablemente aceptables, que las ganara Ortega pero que la oposición pudiera elegir una minoría parlamentaria más numerosa y respetable que la elegida en 1984 entre los partidos aliados del sandinismo, y que la Contra negociara el fin de la guerra obteniendo concesiones y garantías del gobierno sandinista.
Pero doña Violeta, los miembros de su equipo de campaña y del Consejo Político de la UNO sí estaban seguros de que podían vencer a Ortega y al FSLN, aunque no pocos dirigentes de la coalición opositora creían que los sandinistas no reconocerían su derrota ni entregarían el poder. La certeza en que se podía derrotar al régimen sandinista radicaba en que la única encuesta verdaderamente independiente que se había podido realizar en el país, por parte de la firma costarricense Víctor Borge y Asociados, indicaba que la mayoría de los nicaragüenses estaba dispuesta a votar por doña Violeta y la UNO. Es más, la última encuesta de Víctor Borge antes de las elecciones, realizada como simulación de voto entre más de 9 mil personas, dio el resultado de 56 por ciento por doña Violeta y 42 a favor de Ortega, lo que fue casi exactamente el resultado final que reportó el Consejo Supremo Electoral.
Ahora, veinte años después de aquellas históricas elecciones del 25 de febrero de 1990, se puede decir con toda seguridad, que si fue posible vencer electoralmente a Daniel Ortega y el FSLN en aquella ocasión, estando éstos en el poder y manejando a su antojo todos los recursos y fuerzas del Estado, también ahora se les puede derrotar. Sin duda que es posible vencerlos. La verdad es que Ortega y el FSLN no han podido aumentar el respaldo popular que tuvieron en las elecciones de hace veinte años. Si ganaron en 2006, incluso con menos votación que en 1990, fue porque Arnoldo Alemán pactó con Ortega para bajar el umbral electoral al 35 por ciento y dividió a la oposición y al mismo partido liberal.
Sin embargo, en la actualidad la amenaza de fraude electoral es inminente o mucho mayor que en 1990, cuando Ortega y el FSLN estaban confiados en que tenían a su favor a la mayoría de la población. Ortega y el FSLN ya ensayaron el gran fraude electoral, en las municipales de 2008. Por eso, ahora, para prevenir el fraude es indispensable cambiar el Consejo Supremo Electoral, desde la cúpula hasta el piso. Y es primordial la garantía de una observación electoral nacional e internacional independiente, amplia y confiable. De otra manera no habría forma de impedir que Ortega y el FSLN se roben las próximas elecciones nacionales.
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