Probablemente, no hay palabra utilizada con mayor frecuencia por los nicaragüenses que “hermano”. La cantamos desde nuestra infancia en nuestro Himno Nacional, gozosos de que ya “no se tiña con sangre de hermanos nuestro glorioso pendón bicolor”.
Nada nos emociona más ni da mayores alas a nuestra imaginación infantil que la historia de Caín matando por envidia a su hermano Abel y huyendo de la ira de Dios sin encontrar jamás sosiego, o la historia de Jacob apropiándose, mediante engaño, de los derechos de primogenitura de su hermano Esaú. Nos llena de indignación la perfidia de los hijos de Jacob al vender a su hermano José y cómo éste, convertido en el hombre más poderoso de Egipto después del Faraón, los perdona, los abraza llorando de emoción y los colma de regalos, demostrándoles cómo se ama de veras a los hermanos.
Entre los nicaragüenses ha penetrado profundamente el mensaje cristiano, particularmente a través de los misioneros franciscanos de quienes aprendimos a llamarnos “hermanos” en las asociaciones terciarias y a ser recibidos en la puerta del convento por un sonriente y humilde hermano lego. Es ese espíritu franciscano el que inspiró a Rubén Darío, Los motivos del lobo , uno de sus más hermosos y celebrados poemas.
Ese sentimiento de responsabilidad y hermandad llenó a Sandino de indignación y de compasión por la suerte de Nicaragua, decidiéndolo a renunciar a su trabajo en la Huasteca Petroleum Company. Por amor de sus hermanos nicaragüenses, regresa a la Patria y organiza el “Ejército Defensor de la Soberanía Nacional” para salvar a Nicaragua entregada por malos hijos al filibustero invasor. Su pensamiento quedó plasmado en frases de profundidad y autenticidad inolvidables:
“Para destruir la injusticia ha sido necesario atacarla, y por eso hemos visto venir a muchos con esa misión sobre la tierra. Entre ellos está Jesús, y todo hombre que lucha por la libertad de los pueblos es un continuador de aquellas doctrinas Que el trabajador no sea humillado y explotado Nosotros opinamos que cada uno dé lo que tenga. Que cada hombre sea hermano y no lobo”.
Cuando allá por los años 1962/63, el inolvidable jesuita padre Ignacio Pinedo emprendió una campaña nacional con las colectas de las procesiones del 1 de enero, su ambicioso programa habitacional se llamó “La vivienda de mi hermano”.
El espíritu fraterno está tan generalizado en Nicaragua que la palabra “hermano” o sus abreviaciones —‘mano y manito’— se escuchan a cada paso en los mercados, en los planteles de construcción, en los apretujados buses, en las grandes empresas y los bancos. Nunca, sin embargo, la usamos con mayor contenido humano y cristiano, ni la pronunciamos con mayor intensidad y afecto que en los momentos difíciles, en los duelos y tragedias familiares.
Hoy Nicaragua está siendo arrastrada a nuevas confrontaciones, en una creciente crisis de cuya solución depende no sólo el futuro de nuestra Patria sino el de toda Centroamérica. Por eso, tenemos que juntar nuestros talentos y nuestras voluntades para construir la Nicaragua que queremos, no la que buscan imponernos quienes tratan de dividirnos y echarnos a pelear como lobos. Frente a esos riesgos y amenazas debemos fortalecer la convicción de que, por ser hijos de una misma madre —Nicaragua— todos somos hermanos. Debemos estar conscientes de que cada uno de nosotros es responsable de los demás, de que o nos salvamos juntos o nos hundiremos todos, de que sólo unidos lograremos salvaguardar, fortalecer y ampliar nuestras conquistas democráticas y sociales.
Debemos persuadirnos de que la militancia en un partido es legítima y útil pero no suficiente, y que la unidad de todos es indispensable, urgente y beneficiosa para todos. No olvidemos nunca que Nicaragua es más grande y más importante que todas las alianzas y partidos y que somos una República de Hermanos y Hermanas.
¡Salve a ti, madre nuestra, Nicaragua!
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