Todos los días leemos, oímos y vemos en los medios de comunicación social que en nuestro país hay una baja producción de alimentos; que hay producción, pero la vendemos al mejor postor; que el mercado interno no está desarrollado; que somos solidarios y damos comida a los necesitados; que el fenómeno El Niño existe pero no ha dañado a Nicaragua, no ha hecho nada; que es falso que falten alimentos en el país; que no habrá ausencia de alimentos en el verano del 2010.
En fin una sarta de informaciones unas a un lado y otras al otro. Esto cansa y parecemos tontos y hasta necios, como que queremos defender algo. Generalmente la población hambrienta y desnutrida de Nicaragua se pregunta, ¿ y quién tiene la razón?
Solamente algunos datos para la reflexión y comprensión quiero mencionar. En Nicaragua tenemos unas 600 mil manzanas con vocación agropecuaria, que están en desuso (Magfor: 2007); en el país existen aproximadamente 200 mil familias campesinas empobrecidas (CIPA: 2007) que se encuentran diseminadas en todo el territorio nacional y están integradas al menos por seis personas de ambos sexos cada una; el país se rige por las leyes del mercado (oferta y demanda), pero, además, tenemos leyes de comercio libre, y consecuentemente el que produce vende al que le ofrece comprar, por lo tanto el Gobierno es un agente más que opera en las relaciones de mercado. Hoy producimos menos cantidad de bienes alimentarios que hace 40 años, y la población es cinco veces superior, es decir, somos más y por lo tanto, demandamos mayor cantidad de alimentos, entonces necesariamente debemos producir mayor cantidad de productos alimentarios y nutricionales, para satisfacer las necesidades de todos y cada una de las personas que habitamos en Nicaragua.
Nicaragua muestra un estado de desnutrición del 27 por ciento de la población nacional (Minsa: 2006); y desnutrición crónica en niñas y niños de un día hasta cinco años de edad en un 29 por ciento del total de ese segmento de la población nacional (CIPA: 2007). Pero, además, tenemos un alto grado de pobreza y pobreza extrema, es decir personas que no tienen capacidad de comprar alimentos para su familia. El Banco Mundial señaló en su informe del año 2007 que en Nicaragua existe un 43 por ciento del total de la población que vive con un dólar o menos al día, y que tenemos, aproximadamente, un 35 por ciento de la población viviendo con dos dólares o menos al día. Se estima que en el país hay un 70 por ciento del total de la población que se encuentra en situación de pobreza y exclusión (CIPA: 2008), son personas que no tienen acceso a los beneficios del ingreso nacional.
Seamos francos y transparentes. No es con propaganda, ni con medias verdades que vamos a atender la necesidad de alimentos de la población nicaragüense. En este momento la ciudadanía nicaragüense, que se encuentra aproximadamente en 5.7 millones de personas (BCN: 2009), no es solvente alimentariamente. Solamente para mencionar algunos datos, el país es importador neto en 100 por ciento de aceite vegetal, —no producimos una gota de aceite comestible— estamos importando verduras y legumbres de Guatemala y Costa Rica; somos importadores de maíz de los Estados Unidos de América (USA); producimos solamente el 50 por ciento de las necesidades de arroz, es decir, tenemos que importar la mitad.
Lo que necesitamos son políticas públicas y funcionarios públicos que no defiendan lo indefendible y comprendan que no son solamente ellos los responsables de la insuficiencia alimentaria nutricional de los y las nicaragüenses. Este asunto, que es central en la vida nacional, lo venimos arrastrando desde hace muchos años. La nutrición y la alimentación han estado desatendidas por las políticas de Estado, a pesar que la Constitución Política señala en su Artículo No. 63, el derecho de los nicaragüenses a estar protegidos contra el hambre.
Mi propuesta es que todos los sectores juntemos capacidades y esfuerzos para prevenir la situación en que unos se alimentan y otros no. Lo que debemos evitar es medir al país entero por la presencia de alimentos en los ambientes urbanos, es decir, en las ciudades grandes en dónde hay medios de comunicación y gente que opina, no debemos mostrar vitrinas de alimentos, porque todos sabemos que lo que tiene el comercio es solamente para los que puedan comprar con sus ingresos y recursos propios. Los que no tienen ingresos y están en el desempleo no podrán comprar aunque haya alimentos en disponibilidad, pero, no habrá acceso. [email protected]
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