Honduras, con la toma de posesión hoy de su nuevo Presidente, el conservador Porfirio “Pepe” Lobo, quien fue democráticamente elegido por el pueblo hondureño el 29 de noviembre del año pasado, comienza a escribir un nuevo capítulo de su azarosa historia, casi tan turbulenta como la de su vecina Nicaragua. La controversia sobre si el ex presidente Manuel Zelaya fue derrocado el 28 de junio del año pasado por un golpe de Estado, o destituido de conformidad con la Constitución, ya es historia. Lo más importante en la realidad actual, es que a partir de hoy Honduras retoma su camino por la senda genuinamente democrática, y que tiene una magnífica oportunidad de restaurar su quebrantado entorno de relaciones internacionales, así como de restablecer su tejido político interno que fue prácticamente roto por los hechos previos y posteriores al 28 de junio del año pasado.
Pero esto no depende sólo del nuevo gobierno democrático, sino también de quienes respaldaron la causa perdida de Manuel Zelaya. Se trata de un sector minoritario pero muy importante, que no es homogéneo sino diverso y complicado, en el cual destaca el ala agresiva de la extrema izquierda. Es decir, si los zelayistas hondureños que forman el llamado Frente Nacional de Resistencia Popular, ponen en práctica la estrategia de “gobernar desde abajo” que ejecutaron en Nicaragua sus camaradas del FSLN en el período de los gobiernos democráticos de 1990 a 2006; si persisten en su empeño de imponer en Honduras un régimen autoritario antidemocrático como los de Venezuela y Nicaragua, sabotearían los esfuerzos de reconciliación y reconstrucción nacional del gobierno democrático legítimamente constituido. Y por lo tanto la turbulencia política y el entumecimiento económico seguirían dañando a Honduras.
Por el contrario, si los zelayistas — o como se quieran llamar— actúan de manera sensata y practican una oposición responsable, cívica y pacífica, fundada en el respeto a la Constitución Política y a la voluntad del pueblo hondureño que se manifestó en las elecciones de noviembre pasado, entonces Honduras podrá reconstruirse y desarrollarse con dinamismo y rapidez. Cabe señalar que Honduras tiene como ventaja sobre Nicaragua, instituciones democráticas sólidas y respetables, un ordenamiento constitucional muy preciso y —salvo excepciones como la del tristemente célebre Manuel Zelaya y sus seguidores— respetado por quienes lideran las instituciones del Estado, los partidos políticos y la sociedad civil hondureña. En realidad, Honduras cuenta con un liderazgo político, empresarial y social genuinamente democrático, valiente y decidido a defender los principios y valores de la libertad y la democracia. Esto es lo que permite tener confianza en que Honduras podrá salir exitosamente del estancamiento forzado de los últimos siete meses.
Por otra parte, los acontecimientos de Honduras que culminan hoy con la toma de posesión del nuevo presidente democráticamente elegido, dejan una valiosa experiencia internacional como es, por ejemplo, el frenazo que la democracia hondureña le puso a la expansión chavista en América Central. Además, la experiencia de Honduras ha demostrado y comprobado, que la democracia no es una escalera para que cualquier aventurero como Manuel Zelaya, como Hugo Chávez o Daniel Ortega, suba al poder para desde allí desmontar el sistema democrático e imponer odiosas dictaduras de cualquier signo ideológico y base política, partidista o familiar. Está claro que sin elección popular libre y limpia de las máximas autoridades del país, no hay democracia. Sin embargo, para que la democracia funcione como debe ser los gobernantes elegidos por el pueblo tienen que respetar las normas, principios y valores democráticos, tales como los derechos humanos, la libertad de expresión y de prensa, los derechos de las minorías, la separación e independencia de poderes, la limitación y el control institucional y social del gobierno por medio de la ley y de los mecanismos y organizaciones autónomos correspondientes, la transparencia de todos los actos de gobierno, la rendición de cuentas regular a los gobernados, etc.
De manera que mientras haya aventureros de izquierda, de derecha o de cualquier clase, que usen la democracia únicamente para subir al poder con el fin de imponer regímenes autocráticos y dictatoriales de cualquier intensidad, habrá también rebeldía cívica democrática. E inevitablemente surgirán las acciones legítimas para restablecer el orden democrático y poner las cosas en su lugar. Eso precisamente es lo que ha ocurrido en Honduras.
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