¡Ay, mi muchachito! Lloraba la desconsolada señora mientras dos jóvenes boys scouts transportábamos la gaveta de un armario, improvisado ataúd del cuerpo de su hijo de 10 años. ¡Te gustó venir a vivirte a esta casa, yo no sabía que te iba a matar cayéndote encima! ¡Era una casa bonita, pero no servía!
Era la mañana del 23 de diciembre de 1972 y el lugar los alrededores de la Iglesia San Antonio de Managua, un escalofriante escenario de destrozados escombros de viviendas y edificios, en medio de los cuales deambulaban personas con rostros estupefactos, personas con expresiones de un intenso dolor congelado, sin lágrimas en los ojos, pero con el alma sangrante, otras en convulsos y desgarradores lamentos.
Como joven dirigente de un Grupo de Boys Scouts me integré esa madrugada a una brigada de la Cruz Roja chinandegana en auxilio de los habitantes de la ciudad caída. Me encontraba pasmado ante aquella aterradora demostración de imponencia de la naturaleza y de lo minúsculo del ser humano y de la asombrosa fragilidad de sus obras.
Managua ya no existía, la bella ciudad en la que realizaba mis estudios universitarios, de un momento a otro había pasado a la historia.
También me impresionó percatarme de que en medio de casas derruidas, de las que se comentaba que sus ocupantes habían muerto o resultado heridas, se encontraban casas en pie, en cuyas paredes se leían rótulos como “Todos bien, nos fuimos a Masaya”, “Estamos donde mi tía en León”, evidencia de que sus habitantes habían logrado sobrevivir a la catástrofe. Las casas en pie en su mayoría me parecieron ser de concreto, las destruidas de taquezal.
La diferencia entre el dolor y los desgarradores lamentos de aquella madre a la que ayudamos a rescatar el cadáver de su hijo y aquellos mensajes que hablaban de vida parecía ser la calidad de construcción de las viviendas.
Pensaba que la lección de ese día sería indeleble. Tristemente parece que no. Recientemente logré al fin construir una torre para un tanque de agua en mi vivienda. En busca de seguridad busqué una compañía que parecía seria y coticé precio, me atendió un joven ingeniero, quien ofrecía garantía para la obra, me sorprendió que ofertaba un diseño con unos pocos elementos de hierro para los cimientos y de poca profundidad. Al preguntarle si ése era un diseño antisísmico, me contestó que ¡eso saldría muy caro y que además con un terremoto no había nada que hacer! ¿Ignorancia, inescrupulosidad, fatalismo?
Hace algún tiempo, cercano al vecindario en el cual vivo, se estaba construyendo una nueva vivienda, observé que únicamente le ponían una varilla en medio de los bloques de cemento en las esquinas y en los marcos de puertas y ventanas, nada de vigas sísmicas, coronas, columnas. Me atreví a preguntarle al dueño por qué lo hacía así, me dijo que en otros países se construía de esa manera; cuando le observé que el nuestro era un país altamente sísmico, me contestó que el hierro y el cemento estaban muy caros. Además que nadie sabía lo que iba a pasar mañana y ninguno se capea de su destino. ¿Fatalismo? ¿Pérdida de la memoria histórica? Al final la casa le quedó con bonita apariencia, ojalá no sea el escenario de una tragedia.
Treinta y siete años después, parece que estamos creando las condiciones para que se repita el drama de la madre llorando sobre el cadáver de su hijo, destrozado por la casa en la cual ella había cifrado sus esperanzas de formar un hogar bonito y agradable para su familia. Drama que en el terremoto del 23 de diciembre de 1972 se multiplicó por diez mil, el número de muertos calculados en esa madrugada.
¿Estamos condenados a repetir las tragedias del terremoto?
Por favor, tengamos cuidado para que el hogar no sea la tumba de nuestra familia.
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