Rumania está celebrando en estos días el veinte aniversario de la revolución democrática que derrocó a la dictadura comunista conyugal de Nicolae Ceacescu y su mujer, Elena Petrescu, a quien el pueblo llamaba “la condesa Drácula”. Y es que a Rumania pertenece la región de Transilvania, escenario de las terroríficas andanzas del Conde Drácula, el imaginario hombre vampiro cuyo castillo construido en 1378 es ahora un gran atractivo turístico.
En realidad, la revolución democrática rumana de diciembre de 1989 puso fin a una draculesca dictadura, como era el régimen conyugal de los Ceacescu, el cual se prolongó durante 22 años de los 42 que duró la tiranía comunista en ese país de Europa Oriental. Y seguramente por eso mismo, la revolución anticomunista de Rumania fue la única que tuvo que ser violenta y sangrienta, entre todas las revoluciones democráticas que se realizaron en 1989 en los antiguos países comunistas de Europa del Este.
Ciertamente, mientras en los demás países de Europa Oriental las dictaduras comunistas cedieron el poder ante el empuje de las grandes manifestaciones pacíficas y cívicas de la población, al grado de que en Checoslovaquia se le llamó eufemísticamente como “revolución de terciopelo”, en Rumania, por el contrario, Nicolae y Elena Ceacescu ordenaron a la policía y el ejército disparar contra el pueblo.
Todo comenzó el 16 de diciembre de 1989, cuando decenas de ciudadanos se congregaron alrededor de la vivienda del obispo de la Iglesia Rumana Reformada, Laszlo Tokes, en la ciudad de Timisoara, para impedir que fuese desterrado por las autoridades comunistas. Muy pronto las decenas de personas se convirtieron en centenares y luego miles de valientes ciudadanos, que fueron brutalmente reprimidos por fuerzas armadas de la policía y el ejército. El 21 y 22 de diciembre, las manifestaciones populares en protesta por la represión de Timisoara se extendieron a Bucarest, la capital del país, donde el pueblo también fue ametrallado masivamente por orden de los Ceacescu, avalada por el Comité Central del gubernamental Partido Comunista de Rumania.
Pero la gente no se acobardó. Al día siguiente una multitud todavía más grande que las anteriores se lanzó a las calles de Bucarest, y con las pocas armas que los ciudadanos rebeldes habían podido conseguir, se enfrentaron heroicamente a las fuerzas armadas represivas. Fue entonces que los militares, en vez de seguir ametrallando a su propio pueblo se unieron a la rebelión popular. El 24 de diciembre los Ceacescu fueron capturados cuando trataban de huir del país, y los mismos militares que los habían sostenido en el poder los juzgaron sumariamente y los fusilaron de inmediato. Los cadáveres de Nicolae y Elena Ceacescu fueron enterrados en un lugar desconocido, y hasta ahora no se sabe dónde se pudren los despojos mortales de quienes llegaron a creerse dueños de Rumania y dominaron a su pueblo de manera brutal, corrupta y extravagante.
2,104 rumanos perdieron la vida y otros 3,352 fueron heridos por la represión, con la que se pretendió inútilmente sofocar la revolución democrática que puso fin a la dictadura comunista del matrimonio Ceacescu. Y como un paralelismo contradictorio entre Rumania y Nicaragua, cabe mencionar que así como la revolución democrática rumana fue la única en la antigua Europa Oriental comunista que se realizó de manera violenta y sangrienta, aquí la dictadura procomunista de los años ochenta fue y sigue siendo hasta ahora, la única que ha cedido el poder como consecuencia de una elección popular, si bien es cierto que forzada por una guerra civil y una fuerte presión internacional.
Ahora, veinte años después de la revolución democrática de Rumania, a pesar de sus muchas dificultades el país se encuentra integrado en la Unión Europea y la OTAN, y avanza firmemente por el camino de la libertad y la democracia, mientras que la desdichada Nicaragua está cayendo de nuevo en garras de la dictadura. Y hay que advertir que la nueva dictadura que se está imponiendo en Nicaragua se asemeja en algunos aspectos a la desaparecida tiranía comunista de los Ceacescu, por ejemplo en la conyugalización del poder, en el ridículo culto a la personalidad de “el hombre”, en la ausencia de escrúpulos políticos y legales, en la desmesurada y descarada corrupción, y en los delirios de grandeza.
Es que muy bien se suele decir que la principal lección de la historia es que a ciertas personas la codicia de poder no les permite aprender de las lecciones de la historia. Y que Dios ciega de soberbia e irracionalidad a quienes quiere perder.