El día que todo cambió en Copenhague

Por Saleemul Huq

Premio Nobel de la Paz en 2007

He trabajado en temas de cambio climático por muchos años, primero como investigador en mi Bangladesh natal y luego en el Instituto Internacional para el Medio Ambiente y el Desarrollo, y como miembro del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.

He visto con mis propios ojos las amenazas que entraña el cambio climático en las regiones secas de África, las montañas del Himalaya y los vastos deltas bajos de Asia. He atestiguado años de inacción en las cumbres de la Organización de las Naciones Unidas, que no dieron la respuesta necesaria porque los negociadores eligieron proteger estrechos intereses nacionales y económicos en vez de asumir el desafío de proteger a las generaciones futuras.

He discutido con negacionistas del cambio climático que tienen fuertes vínculos con industrias contaminantes y que nunca estuvieron en las aldeas y comunidades vulnerables, donde el cambio climático ya muestra sus impactos. Si lo hicieran, se darían cuenta del daño que su ideología tiene en la gente que menos ha contribuido con esta amenaza mundial.Y ahora, en diciembre de 2009 en Copenhague, creo que hemos llegado a un punto de inflexión.

Copenhague será recordada en los próximos años. Pero no por lo que ocurra el viernes 18, cuando los líderes mundiales pongan fin a la 15 Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, sino por lo que ocurrió el sábado 12.

Ese día, gente de los más diversos estilos de vida de todo el mundo se hizo dueña de la iniciativa que deberían ostentar quienes se dicen nuestros líderes. Más allá de las palabras que estos presidentes y primeros ministros decidan incluir en un “protocolo” o “acuerdo” esta semana, es el pueblo del mundo el que tiene que escribir en el muro.

Los líderes que elijan leer esas palabras nos harán avanzar. Aquellos que las ignoren serán arrastrados por la marea de la historia. El 12 de este mes señala el momento en el que gran parte del mundo se levantó para ejecutar un cambio verdaderamente global. Habrá retrocesos (como un acuerdo mediocre esta semana), pero la marea ya se ha desatado. Y no puede volver atrás.

Más allá de lo que logremos en Copenhague —y soy optimista pese a las maniobras políticas— estamos en un sendero nuevo e inexorable. Los líderes que comprendan eso pueden proceder de los lugares más inesperados. Observemos, por ejemplo, al presidente Mohammad Nasheed, de la diminuta Maldivas.

En pocos meses volveré a Bangladesh para combatir el cambio climático real, para oponerme a las malas (o inadecuadas) políticas que lo abordan. Mi ambición para los próximos años es ayudar a la población de uno de los países más pobres y vulnerables  —y sin embargo más resilientes e innovadoras—para que deje de ser el emblema mundial de la vulnerabilidad y pase a ser reconocido como, tal vez, la que mejor se adapta.

Vuelvo a mi patria para crear un nuevo Centro Internacional para el Cambio Climático y el Desarrollo, en el que aspiramos a profundizar la capacidad de gobiernos, organizaciones de la sociedad civil, investigadores, académicos, periodistas y muchos otros actores de los países en desarrollo para responder a los desafíos que plantea el cambio climático.

El nuevo centro ofrecerá capacitación sobre cómo sobrevivir (e incluso prosperar) en un mundo recalentado. Se enfocará principalmente en la adaptación al cambio climático en las naciones menos adelantadas, pero no se detendrá allí.
De hecho, planeamos crear instrumentos para que los países industrializados puedan enfrentar impactos climáticos adversos. Paradójicamente, el mundo rico que ha causado este problema no ha planificado en detalle cómo adaptarse a él.

Vuelvo al frente de combate del cambio climático, donde la lucha real ya está en marcha. Voy sabiendo que millones de personas de todo el mundo comparten mis esperanzas y mi optimismo en cuanto a que la humanidad puede unirse para afrontar el desafío que puede determinar nuestra vida sobre la Tierra.

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