La vieja Managua antes del terremoto de 1972. LA PRENSA/Cortesía.

Memorias del terremoto

Recuerdo con estupor los tremendos terremotos que en orden sucesivo sacudieron Managua, Capital de la República, en víspera de Navidad, a las 12:10 minutos de la madrugada del inolvidable 23 de diciembre de 1972.

Julio Centeno

Recuerdo con estupor los tremendos terremotos que en orden sucesivo sacudieron Managua, Capital de la República, en víspera de Navidad, a las 12:10 minutos de la madrugada del inolvidable 23 de diciembre de 1972.

La noche anterior a las 10:00 p.m., a penas unas horas antes, un ligero temblor de tierra de unos 3.0 grados escala de Ritcher me hizo tomar las precauciones del caso.

Conocedor de la historia sísmica de la región, me preocupé por las posibles consecuencias, pensé en mi familia compuesta de seis hijos de 3 a 14 años, mi esposa y una joven empleada venida del Archipiélago de Solentiname, al sur del mar dulce de Nicaragua, donde no hay terremotos, sólo vientos y tempestades.

Después del pequeño temblor de las diez de la noche, fui con mis hijos a la tienda distribuidora de la Calle Colón, compré un par de linternas de batería, fósforos, velas de cera, una pequeña lámpara de kerosén y una pica o piocha de hierro, de las que se ocupan para trabajos de construcción o agricultura. Una corazonada me puso en alerta.

La ciudad dormía tranquila con sus ciento cincuenta mil habitantes en esa época, en algunos centros nocturnos los habitantes celebraban la víspera de Navidad de 1972.

Managua era entonces una ciudad cosmopolita, donde todo el empuje financiero de la Nación se concentraba en sus calles y avenidas en sus almacenes y centro comerciales, en su banca nacional e internacional, en sus agencias de viajes, en sus hoteles y moteles siempre atestados, en sus estadios, en sus iglesias de diferentes credos y en sus vastos mercados populares instalados en el centro de la ciudad.

Managua, Capital de la República de Nicaragua, llamada entonces Capitana del Istmo Centroamericano por su empuje y auge económico y financiero, se tiende y extiende sobre una vasta llanura situada entre el Lago Xolotlán y la sierra montañosa que circunda la Capital de noroeste a suroeste.

La llanura en que se asienta la ciudad, es un nido de volcanes con sus cráteres convertidos en pequeños lagos o lagunas de esmeralda: Tiscapa, en el centro de la propia ciudad con el cerro y laguna del mismo nombre, en cuya ladera se levantaba la Casa Presidencial que cayó con el sismo, ocupada por la familia Somoza por más de cuarenta años, llamada por algunos poetas “El Palacio de los Dioses de Tiscapa”. Asososca también dentro de la ciudad a la salida de la carretera a León, entre la única refinería de petróleo del país y la sede de la Embajada Americana, un cráter volcánico convertido en un bello lago de agua dulce que refleja siempre los colores del cielo y provee de agua potable a gran parte de la ciudad.

Más al norte se encuentra el cráter volcánico de Xiloá, convertido en un bello lago de aguas profundas y azules, surcado por veleros y barcos deportivos. Contiguo a este cráter se levanta otro volcán con otra bella laguna en su cráter el Apoyeque; dos colosos que se comunican posiblemente con el inmenso Lago de Managua, lo que podría ocasionar una erupción volcánica catastrófica como la del Cracatoa en la isla de Java, el día en que una fisura posibilitara la entrada de las aguas de sus cráteres al hirviente magma de sus entrañas; ambos volcanes sacuden a menudo la ciudad capital.

A grandes rasgos esa es la fisonomía topográfica, hidrográfica y volcánica de Managua, destruida dos veces por catastróficos terremotos en 1931 y 1972, pero resurgida cada vez con más decisión y estoicismo por el coraje de sus habitantes

Por eso el primer sacudión me previno en la víspera de la Navidad de 1972, cuando a las 12 y 10 minutos de la madrugada, bajo un plenilunio empezó el naufragio de la ciudad con el horrendo cataclismo azotando la tierra vencida y las toneladas de cemento y los techos de las casas desparramándose por toda la ciudad.

Recuerdo el momento preciso de la primera sacudida violentísima, como si estuviera sumergido en una gigantesca licuadora, o como si un gigante sacudiera con todas sus fuerzas un paraguas. Fue un despertar de estupor, no lograba entender lo que estaba pasando, cuando traté de incorporarme la fuerte sacudida me estrelló violentamente contra la pared del dormitorio, para entonces los niños y mi esposa empezaron a gritar, la sacudida duró medio minuto, los encendedores eléctricos no respondieron, el servicio estaba colapsado, pero la noche estaba como el día cuando empezó el naufragio de la ciudad y la luna llena iluminaba con su esplendor todo el patio engramado, apenas me habían incorporado y consolado a mis hijos cuando la tierra volvió a estremecerse, esta vez bramando como fiera acorralada, el movimiento violentísimo fue furiosamente oscilatorio, como si la tierra se hubiera convertido en gran monstruo endemoniado, por las amplias ventanas del dormitorio se podía ver la agonía de los edificios vecinos desplomándose bajo la luna llena, y el edificio de tres pisos de la Embajada de Chile, contiguo al predio de la casa, ya decapitado se desplazaba de arriba abajo como borracho sin equilibrio.

Tenía confianza absoluta en la estructura de mi casa, yo mismo había intervenido en el diseño arquitectónico y toda la casa llevaba columnas de concreto reforzado de seis elementos de varillas de hierro corrugado de media pulgada, eregidas cada dos metros desde la viga asísmica, con su respectivas zapatas de concreto y hierro, todos hablaban de mi exageración en la construcción, pero fui siempre previsor y los grandes sismos nunca me agarraron desprevenido. Por eso después del pequeño temblor reuní a toda mi familia en el dormitorio principal para estar juntos por si llegara la catástrofe.

En efecto todo cayó a nuestro alrededor, mansiones, embajadas, iglesias, supermercados, pero nuestra casa quedó intacta.

Después del segundo sacudión salí en fila india con toda mi tropa hacia el parqueo adoquinado de enfrente de la casa, amplio y despejado, saqué la camioneta Ford Taunus del garaje y con toda mi familia dentro me instalé en medio del parqueo bajo el esplendor de la luna llena. Los gritos de angustia de la esposa del embajador de Chile me hizo ir de inmediato a prestarle ayuda y llevarla hasta nuestro carro, ya dentro del vehículo comenzaron a valorar la magnitud del desastre.

A los lejos se veía la polvareda de los escombros y las llamas de los edificios colapsados.

No olvido nunca la angustia de mis hijos y de mi esposa ante el drama; más tarde ella me confesó, que en ese momento pensó que estábamos viviendo el Apocalipsis y que estaba segura que de pronto se iba a presentar sobre una inmensa nube el Dios de los ejércitos, con sus asistentes celestiales a juzgar en Managua de Nicaragua a los vivos y a los muertos de todo el mundo.

A las dos de la madrugada el tercer terremoto azotó otra vez el casco ya desmantelado de la ciudad, el vehículo en que nos encontrábamos saltaba como si estuviera en una tempestad en medio del mar, o como si un elefante enfurecido quisiera desbaratar el carro.

Bajo el cielo estrellado chisporroteaban las llamas y las hogueras crecían con el viento helado de la madrugada. Las ambulancias y los carros de bomberos aullaban por todos lados.

Fue un amanecer muy triste lleno de cadáveres y escombros, la ciudad descuartizada mostraba sus heridas humeantes, el viento helado levantaba polvaredas y hojas secas y los papeles pasaban volando sobre las ruinas de las casas.

Comenzó el éxodo de la ciudad, la caravana interminable sin rumbo, sin destino, con el alma aplastada, rescatando y arrastrando sus muertos.

Pensé entonces en la tristeza y el dolor de los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki el día que les cayó del cielo el infierno nuclear.

Días después Managua quedó íngrima y cercada entre alambradas con un rótulo triste sobre sus restos que decía “Zona de Desastre”.

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