Degradante clientelismo gubernamental

La festividad religiosa y popular de la Purísima y las celebraciones navideñas en general, han sido y son aprovechadas de manera oportunista por los actuales gobernantes para practicar un clientelismo político de la peor especie, financiado con los recursos del Estado. Clientelismo se le llama al “sistema de protección y amparo con que los poderosos patrocinan a quienes se acogen a ellos a cambio de su sumisión y de sus servicios”, según el Diccionario de la Lengua Española. El clientelismo se manifiesta de diversas maneras, desde algunas sutiles y vergonzantes hasta las más descaradas y humillantes de la dignidad humana, entre las cuales se encuentra el clientelismo que el orteguismo practica en estos días, con motivo de las festividades religiosas de La Purísima y Navidad.

En realidad, ha sido un escarnio de la extrema pobreza y necesidad en que viven muchísimos nicaragüenses, la movilización del Gobierno orteguista para que la gente más pobre fuera durante varios días a la Avenida Bolívar de Managua a recibir, después de largas esperas y mucho forcejeo, pequeños paquetes de alimentos y algunos objetos de diverso uso a cambio de manifestar sumisión al súper rico y poderoso matrimonio presidencial. Y al darle una apariencia religiosa a ese degradante clientelismo, se ha mostrado una grotesca alegoría del relato bíblico sobre la adoración al becerro de oro, por parte de una multitud de personas empobrecidas y despojadas de su dignidad por gobernantes manipuladores y codiciosos, que para mayor burla se dicen socialistas y protectores de los pobres

El clientelismo político es muy viejo, viene desde la antigua Roma, donde los ricos señores de la nobleza se hacían rodear por los plebeyos más pobres, a los que llamaban clientes y a quienes les daban protección y las sobras de sus festines a cambio de que los aclamaran y sirvieran con fidelidad absoluta. De vez en cuando los opulentos señores daban a sus miserables clientes unas canastitas con algo de comida, muchas veces sobras del día anterior, pero también algunas monedas que casi siempre eran el único ingreso del desgraciado cliente. A cambio de esas dádivas, los clientes apoyaban en todo a los señores y fueron convertidos en parásitos humanos, pues las fuentes de trabajo eran escasas y la única forma de sobrevivir, aunque fuera en condiciones de extrema miseria material y espiritual, era sirviendo a los acaudalados señores.

Es perfectamente entendible que eso ocurriera en épocas tan remotas de la historia, cuando ni siquiera se tenía idea de la dignidad como atributo esencial de toda persona humana. Pero es inadmisible y repugnante que ocurra en la actualidad, y además que lo practiquen en forma tan desvergonzada quienes se enriquecen al amparo del poder e impiden que la gente pueda salir de la pobreza con su propio esfuerzo, mediante el trabajo, que es la única fuente digna de ingresos, bienestar y prosperidad.

En este sentido, el escarnio que los actuales gobernantes hacen de la extrema necesidad de la gente más empobrecida por ellos mismos, no sólo desvirtúa la religiosidad de las festividades de la Purísima y Navidad. También atropella el valor de dignidad que la religión cristiana atribuye al derecho y el deber de ganarse la vida mediante el trabajo, expresado en el mandato bíblico de que la persona debe obtener el pan con el sudor de su frente, no arrastrándose ante los poderosos para que éstos les den las migajas y sobras de sus festines. La compasión y la caridad, cuales son virtudes que aconsejan compartir lo que se tiene con los que no pueden valerse a sí mismos, es algo completamente distinto al clientelismo político y gubernamental. Y en todo caso, la caridad se practica en silencio, anónimamente, no bajo los reflectores de la propaganda ni con el culto a las personas y mucho menos a poderosos gobernantes codiciosos y narcisistas.

La dignidad humana es un patrimonio sagrado de cada persona. La dignidad humana es inherente a todas las personas, desde las más ricas hasta las más pobres. Y de ella misma —es decir, de la dignidad— emanan las obligaciones de su protección y respeto. Así lo establecen tanto los principios fundamentales de las religiones como los valores civiles esenciales de los derechos humanos que están consagrados en las declaraciones universales y las convenciones internacionales. Pero al parecer esto es algo que no pueden reconocer y mucho menos respetar los seres arrogantes y avariciosos que gobiernan el país, por ahora.

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