Por Raúl Solórzano
Cada vez que se habla sobre la situación del país, se oye y se percibe un gran sentido de impotencia y desánimo. Se señala que siempre estamos mal y que nunca logramos ni lograremos salir de esta situación.
Se culpa a los políticos, al Gobierno y a sus instituciones y, en fin, a todo lo que nos rodea que representa autoridad. Sin embargo poco se comenta sobre la responsabilidad que cada uno tenemos de hacer algo para cambiar nuestra situación.
Por la predisposición que tenemos de ser pasivos y temerosos, siempre esperamos que sean otros los que se hagan cargo de cambiar la situación. Sin embargo, parece que cada día está creciendo el sentimiento de que algo tiene que suceder y que en alguna forma cada uno debe participar.
Está creciendo la conciencia de que ya es hora de hacer algo para cambiar la situación. Las marchas realizadas contra viento y marea son prueba de un despertar de esta voluntad creciente del nicaragüense.
Los ciudadanos comunes y corrientes incluyendo a los jóvenes que están perdiendo las expectativas del mañana están cansados de ver cómo se está destruyendo el país. Los primeros culpables: las acciones combinadas de supuestos líderes de todos los colores políticos, cuyas caras diariamente aparecen en los medios dando declaraciones y revelando nuevos propósitos, pero sin proporcionar soluciones o propuestas que vayan más allá de los propios intereses eleccionarios o partidarios.
Lo que es peor es que el pueblo está desmoralizado de ver que se cambia de gobernantes pero que el país sigue igual. Esto es un peligro grande para el voto futuro, cuyos resultados serían trágicos.
Otros países han logrado salir del empantanamiento ¿Por qué nosotros no? ¿Es que no sabemos elegir a nuestros representantes o simplemente que el que vamos eligiendo nos engaña y se aprovecha de nuestra pasividad, temor, apatía y falta de civismo?
Cada sociedad al dar su voto, delega poderes al gobierno que elige para que éste promueva el desarrollo y protección de la ciudadanía. Pero resulta que nuestros elegidos no cumplen bien con esta delegación y parece que nuestra sociedad no ha aprendido métodos eficaces para que le rindan buenas cuentas.
Un gobierno para ser legítimo debe estar sujeto al pueblo que lo elige para el mandato específico que se le otorgó. El pueblo no debe nunca tener temor al gobierno que nombró. Más bien es el gobierno el que debe temer la reacción del pueblo cuando excede su autoridad o traiciona el mandato recibido
Si un Gobierno viola la delegación otorgada, ya sea buscando extender su mandato, actuando con deshonestidad y corrupción, usando los dineros que pertenecen a todos sólo para promover su propio interés y además usa el fraude y la violencia sobre el pueblo que le dio el mandato, ese Gobierno pierde su legitimidad.
En tal circunstancia, el pueblo no sólo tiene el derecho sino la obligación de protestar cívicamente y con firmeza, cuestionar sus actuaciones. Puede y debe formar un solo frente para evitar que ese Gobierno indigno busque la reelección o prepare un fraude.
El pueblo deberá comprender que ha llegado el momento de usar su poderío. Tiene que prepararse para ir en multitud y unido a las elecciones bajo una única bandera, limpia de viejas historias y acuerdos. Sólo así podrá restituir el verdadero mandato para otorgarlo a un nuevo gobierno democrático. Con este esfuerzo de todos, quizá Nicaragua llegue algún día a ser una verdadera República democrática y tomar su lugar entre las naciones que han alcanzado despegar económicamente en América Latina.
El autor es Ingeniero Civil
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