Por Max Lacayo Lacayo
El 9 de noviembre pasado se convocó a una protesta pacífica para el próximo 21 de este mes en Managua. El objetivo es marchar en oposición al gobierno de Daniel Ortega. Responsablemente las organizaciones de la sociedad civil, que coordinan el evento, obtuvieron una certificación de la Policía Nacional en la que se da fe de que no hay otra actividad convocada para ese día en la ruta o en los alrededores por ellos solicitados.
Estas precauciones se toman debido a que, en este tipo de protestas, el potencial de violencia es innegable. Todos sabemos que cualquier señal de anarquía degenera en el uso de la fuerza, por parte de los gobiernos, ya que ello es justificable como necesario para la restauración del orden.
A pesar de que la intención de esta protesta es estrictamente pacífica, no podemos ignorar que existe una tendencia natural a elevar las cosas hasta un nivel que justifique los esfuerzos y así hacer sentir al Gobierno el descontento de la población.
El problema, sin embargo, radica en los niveles de tolerancia del Gobierno o en los planes estratégicos concebidos por éstos para contrarrestar las fuerzas de la oposición o para aplastarlas por completo.
Un caso clásico, en la historia de Nicaragua, es el 22 de enero de 1967. El otrora poderoso Partido Conservador, organizador de una impresionante manifestación “cívica” se plantó en las calles del corazón de Managua, elevando la tensión al máximo por medio de la imposición de demandas inmediatas e irracionales al Gobierno. Subgrupos armados se habían implantado en la manifestación cívica, encargándose de remover las cosas. Ante tal situación, el Gobierno, bajo el pretexto de mantener la seguridad y estabilidad del Estado, disparó sus fusiles inclementemente contra los manifestantes. Nunca se supo a ciencia cierta cuántos ciudadanos inocentes perecieron ese día.
Asimismo, en 1989 en la plaza de Tiananmen de Pekín, una manifestación de protesta masiva, sin identificación de objetivos claros y sin liderazgo definido y uniforme, culminó en una sangrienta colisión. Las frías fuerzas de la represión tiránica gubernamental y el clamor desesperado de la ciudadanía chocaron, para sólo eliminar vidas y voces patrióticas. Sin embargo, la misión, método y logro de un manifestante solitario con camisa blanca es lo que quedó plasmado para siempre, gracias al poder de la cámara fotográfica. Esta fotografía hablará de este evento, a través de los tiempos, con el poder de mil palabras.
El próximo sábado, 21 de noviembre, Daniel Ortega podría infiltrar sus fuerzas de choque entre los manifestantes para provocar violencia y así justificar un asalto armado contra los manifestantes. Ortega es simplemente experto en la creación de escenarios caóticos.
Si bien es difícil predecir con exactitud la posición de Ortega ante una protesta masiva contra su administración, también es difícil dudar de su capacidad de actuar en la forma más cruel que podamos imaginar.
Antes tales posibilidades, y para eliminar casi totalmente los riesgos de violencia, la demostración de este sábado debería ser una protesta en total silencio. Los manifestantes deberían vestir de color gris oscuro en señal de luto, aflicción, desdicha. Las pancartas en blanco y negro deberían ser la única expresión de nuestro descontento.
Ya frente al edificio del Consejo Supremo Electoral, todos sentados en el pavimento en total silencio deberían dejar que las cámaras generen las imágenes de los sentimientos de un pueblo subyugado por un cruel y arrogante dictador.
Las imágenes de esas cámaras hablarían a gritos sobre la necesidad de cambio de gobierno en Nicaragua. Todo en blanco y negro… Sin ni una sola gota de rojo. [email protected]
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