Leí en un periódico argentino una interesante nota acerca de que algunos psicólogos, sociólogos y etnólogos llegaron (por separado, en Buenos Aires, Argentina, y en Helsinki, Finlandia) a la conclusión de que la alegría es una inmensa riqueza de cada ser humano, que no se extingue nunca por mucho que se done a los demás y se derroche en uno mismo.
En realidad, esto es algo que se ha sabido siempre, o desde hace muchísimo tiempo, pero se olvida a menudo. En la mitología griega, la alegría ocupaba un lugar muy especial en las creencias de la gente y, por lo consiguiente, se le consagró su correspondiente diosa. Era Eufrosine, una de las tres Gracias (las otras dos Gracias eran Aglaya, diosa de la belleza, y Talía, diosa del florecimiento). Por otro lado, en el Libro de los Salmos del Antiguo Testamento se dice: “¡Señor, míranos con buenos ojos! Tú has puesto en mi corazón más alegría que en quienes tienen trigo y vino en abundancia”.
De manera que no fue por casualidad que los europeos escogieran como Himno de Europa, la parte final de La Novena Sinfonía de Ludwig von Beethoven (1770-1827), quien se inspiró en la Oda a la Alegría, del poeta —también alemán, como Beethoven— Johan Christoph Schiller (1759-1805). Vale la pena transcribir esa oda de Schiller, que el eximio poeta germano tituló originalmente como Oda a la Libertad , pero obligado por la censura gubernamenta tuvo que cambiarlo a Oda a la Alegría :
“Alegría, Luz Divina/ del Elíseo dulce lar,/ inflamados alleguemos/ Diosa, a tu celeste altar. / Une otra vez tu hechizo/ a quienes separó el rigor./ Fraterniza el orbe entero/ de tus alas al calor”.
Cabe suponer que la diosa a la que se refiere Schiller es la diosa de la libertad. Pero también pudo aludir a Eufrosine, diosa de la alegría de la mitología griega, en la que se inspiraban los poetas clásicos de Occidente, ya fuese el alemán Schiller o el nicaragüense Darío.
Eufrosine y sus hermanas Aglaye y Talía eran hijas de Zeus y de Eurinome (ésta a su vez era hija del dios Océano y de Tetis, diosa de los mares, quien también fuera madre de Aquiles, el héroe de la Guerra de Troya). Pero también se decía que los padres de las Gracias eran Dionisio y Afrodita, conocidos como Baco y Venus en la mitología romana.
Las tres Gracias acompañaban siempre a Afrodita y a ellas los humanos les pedían los bienes espirituales más preciosos. “Su poder se extendía a todas las delicias de la vida. Ellas dispensaban a los hombres no sólo la buena gracia, la igualdad del humor, la facilidad de los modales y todo cuanto derrama la felicidad en las sociedades, sino también la liberalidad, la elocuencia, la sabiduría. La más preciosa de todas sus prerrogativas era la de presidir a las buenas acciones y al reconocimiento”, escribió el eminente mitólogo francés Jean Francois Michel Noël.
Explica también Noël que originalmente las Gracias se llamaban Cárites, palabra que significaba alegría, “para indicarnos que, sin olvidar los placeres, debemos hacer beneficios y reconocer a los que nos los hacen”.
Pues todo eso que creían los antiguos es lo que ahora han vuelto a “descubrir” los psicólogos, sociólogos y etnólogos; es decir, que las personas alegres llevan una mejor vida espiritual y emocional, que la alegría es inextinguible y que se irradia a los demás, porque la jovialidad es contagiosa y sus buenas ondas se transmiten de unas a otras personas.
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