Celebración, función y reto del Ejército

Hoy 2 de septiembre se celebra oficialmente el treinta aniversario de la fundación del Ejército de Nicaragua. Pero, en realidad, éste fue fundado como Ejército Popular Sandinista (EPS) el 22 de agosto de 1979, por decreto de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional (JGRN), que gobernaba formalmente después del derrocamiento del somocismo aunque el poder real lo ejercían los nueve comandantes de la revolución sandinista. Y se estableció el 2 de septiembre para celebrar oficialmente el aniversario del Ejército, porque en un día como ése, en 1927, Augusto C. Sandino formó el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional (EDSN) que libró la guerra contra la ocupación militar estadounidense, hasta que se fueron los marines el 1 de enero de 1933.

El EPS nació como brazo militar del FSLN y fuerza armada del Estado sandinista, no como una institución nacional, de todos y para todos los nicaragüenses. Sin embargo, a raíz del triunfo de la democracia, en 1990, el EPS comenzó a reconvertirse para dejar de ser una fuerza armada estatal de carácter partidista y ponerse al servicio de toda la nación. El EPS se redujo dramáticamente de 90 mil a 12,200 efectivos (según Humberto Ortega), y a partir de la reforma constitucional de 1995 cambió su nombre a Ejército de Nicaragua y devino en una institución militar nacional.

Durante los 16 años y 9 meses transcurridos entre el establecimiento del gobierno democrático de doña Violeta Barrios de Chamorro, el 25 de abril de 1990, y el restablecimiento del régimen autoritario de Daniel Ortega, el 10 de enero de 2007, el Ejército se liberó visiblemente, aunque no sin grandes dificultades y luchas ideológicas internas, de la subordinación política al FSLN. El Ejército consiguió y consolidó una sólida autonomía financiera y presupuestaria, que lo convirtió en un empresario muy grande y exitoso pero también le ha permitido protegerse de las presiones de los poderes políticos y las intrigas de las cúpulas partidistas. Además, el Ejército se involucró en acciones de asistencia material a la población y se ganó un alto grado de prestigio social y credibilidad pública, el más elevado entre todas las instituciones de Nicaragua, tanto estatales como no gubernamentales.

Ahora, a pesar del regreso de Daniel Ortega al poder político del Estado, el Ejército de Nicaragua ha mantenido su apego al principio constitucional democrático de que la defensa nacional y el mantenimiento de la integridad territorial constituyen su misión fundamental y la razón esencial de su existencia, y de manera complementaria el auxilio a la población cuando hay desastres naturales y la participación en diversos programas de asistencia social.

Pero el regreso de Daniel Ortega al poder, con su obcecado autoritarismo y reconocida fobia a los valores de la libertad y los principios de la democracia, ha traído consigo un gran temor de que el Ejército pudiera ser obligado a regresar a la perversa condición de brazo armado del partido gobernante y, peor aún, del caudillo autoritario. Ya la Policía Nacional —la que también en el período democrático dejó de llamarse sandinista y de ser un instrumento represivo al servicio del FSLN— ha sido gravemente dañada en su profesionalismo y su prestigio social por el avasallamiento orteguista. Y aunque es obvio que el Ejército de Nicaragua tiene más y mejores mecanismos de defensa que la Policía, esto no significa que no pueda ser también maleado por Daniel Ortega y su partido.

La garantía de que el Ejército continúe siendo una institución profesional que sirva a todos los nicaragüenses y no sólo a una parte de ellos, radica en que siga cumpliendo las funciones que le corresponden de acuerdo con el ordenamiento jurídico democrático del país y que se mantenga fiel a los intereses de la sociedad a la que sirve. El reto que se plantea al Ejército es trascendental para el país y crucial para el mismo cuerpo militar. Es la disyuntiva de servir profesionalmente a la nación, de conservar y fortalecer su institucionalidad, de servir como garantía de continuidad y perfeccionamiento del sistema democrático, o regresar a la odiosa situación de ser un cuerpo militar para reprimir a la población, para hacer la guerra contra su mismo pueblo y para servirle a un partido o más bien a un caudillo autoritario, corrupto y codicioso de poder absoluto y eterno. Y tiene además, el Ejército, el reto moral de no defraudar la gran confianza que le ha brindado la mayoría de los nicaragüenses.

Editorial
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