La noche era como cualquier otra. Caliente, absurdamente caliente y sin novedades. Aprovecho la madrugada para trabajar en textos pendientes, divagando la mirada con la negritud capitalina que observo desde la ventana de mi apartamento, en el tercer piso, y apresurándome a terminar la traducción al español de este cuento de Rubem Fonseca:
Depois de acaloradas discussões, sobraram quatro nomes. Confraria da Boa Cama foi descartado por parecer uma associação de dorminhocos; Confraria dos Apreciadores da Beleza Feminina, além de muito longo, foi considerado reducionista e esteticista, não nos considerávamos estetas no sentido estrito, Picasso estava certo ao odiar o que denominava jogo estético do olho e da mente manejados pelos connaisseurs que «apreciavam» a beleza e, afinal, o que era «beleza»? Nossa confraria era de Fodedores e, como disse o poeta Whitman num poema corretamente intitulado «A Woman Waits for Me», sexo contém tudo, corpos, almas, significados, provas, purezas, delicadezas, resultados, promulgações, canções, comandos, saúde, orgulho, mistério maternal, leite seminal, todas as esperanças, benefícios, doações e concessões, todas as paixões, belezas, delícias da terra. Confraria dos Mãos Itinerantes, sugerido por um dos poetas do nosso grupo (tínhamos muitos poetas entre nós, evidentemente), que ilustrou sua proposta com um poema de John Donne – «Seduction. License my roving hands, and let them go before, behind, between, above, below» – ainda que pertinente pela sua singeleza ao privilegiar o conhecimento através do tato, foi descartado por ser um símbolo primário dos nossos objetivos. Enfim, depois de muita discussão, acabou sendo adotado o nome Confraria dos Espadas
Después de discusiones acaloradas, quedaron cuatro nombres: Cofradía de la Buena Cama fue descartado por parecer una asociación de dormilones; Cofradía de los Amantes de la Belleza Femenina, además de muy extenso, fue considerado reduccionista y esteticista, no nos considerábamos estetas en sentido estricto: Picasso tenía razón al odiar lo que denominaba juego estético del ojo y de la mente manejados por los connaisseurs que apreciaban la belleza, y al final, ¿qué es belleza? Nuestra cofradía era de Cogedores y, como señala el poeta Whitman en un poema titulado con precisión A Woman Waits for Me, el sexo contiene todo: cuerpos, almas, significados, desafíos, purezas, delicadezas, resultados, promulgaciones, canciones, órdenes, salud, orgullo, misterio maternal, leche seminal, todas las esperanzas, beneficios, donaciones y concesiones, todas las pasiones, bellezas y delicias de la tierra. Cofradía de los Manos Errantes, sugerido por uno de los poetas de nuestro grupo (teníamos muchos poetas entre nosotros, como es evidente), quien ilustró su propuesta con un poema de John Donne Seduction. License my roving hands, and let them go before, behind, between, above, below aunque muy pertinente por su sencillez al privilegiar el conocimiento a través del tacto, fue descartado por ser un símbolo rudimentario de nuestros objetivos. En fin, después de mucha discusión, se adoptó el nombre de Cofradía de los Espadas
Disfrutando iba hasta que la situación me detiene: recelosa, la luz blanca baja del cielo, aterrizando con torpeza en el callejón.
El desorden de los perros ladrando es digno de Guiness. El globo níveo, que ha permanecido unos siete minutos levitando en el patio a un lado del tendero de ropa, se apaga con brusquedad, como bujía fundida. Deja un humo denso y grisáceo en su lugar, del que salen un hombre vestido elegantemente de blanco y muy parecido a Morgan Freeman, acompañado de un gordito tan bonachón e inocente que imposible no recordar a Curly Howard.
Cierro la carpeta con los papeles de Rubem y anonadado, vigilo cada paso del Elegante, mientras usa una escalera de emergencias para subir al techo del edificio de dos pisos, contiguo, y sin ninguna otra intención supongo- que la de hacer su trabajo, empieza a hablar y a hablar y hablar y hablar en un lenguaje desconocido para mí. Aprecio que el gordito simpático es ruso, su perfil soviético con mirada del Kremlin es incuestionable, aminorado apenas por el contraste de su candor con el bigote al estilo de Adolfo Hitler que porta. Su tarea es traducir lo que el declama Elegante. Cabe mencionar que la traducción no ayuda en nada, pues toma las palabras de ese lenguaje desconocido y las convierte en otras también desconocidas. Sospecho que traduce del idioma divino al rumano, y apuesto que el GPS que tiene en su muñeca está dañado: pobre, si supiera que aterrizaron en Nicaragua y no en Europa del Este. Recuerdo haber leído en internet que el lenguaje oficial del Elegante es el rumano, pero mis conocimientos sobre este idioma se limitan al menú del único restaurante valaco de la ciudad. Así que, a pesar de ser traductor, no entiendo nada de la traducción.
El Elegante continúa y yo indefenso. Cerca de él hay una valija que, sospecho, tiene tiritas de papeles con líneas fosforescentes y arcoíris multicolores, o aire, o más llanamente, nada, y la usa para atribuirse un perfil de alto ejecutivo más acorde a nuestros tiempos.
Desde que el Elegante empezó a hablar, hace ya más de veinte minutos, no escucho otra cosa más que palabras extrañas y palabras extrañas. Es cierto, puede que esta reacción tan antipática ante un momento tan lúcido (como un encuentro cercano con Él) no sea otro resultado más que mi humor: estoy medio dormido, acalorado y me duele la cabeza, pero siento que insiste con cosas que ya fueron dichas y, seamos sinceros, ¡en varios lugares comunes! Además, es poco elocuente, habla como si estuviera recitando en cámara lenta un manual de instrucciones para máquinas de contar ovejas.
Desisto.
Enciendo la radio con el volumen tan alto que dejo de escuchar al Elegante y a Curly Howard, quien está a la par con cara de sufrimiento y desesperación, traduciéndole. Trato de poner atención únicamente a las rancheras de medianoche mientras abro nuevamente mi carpeta de traducciones, pero no tengo éxito por más que procure concentrarme. Ya nos han advertido. El Elegante perdura y persevera, lo dice tantas veces el Libro, y me sigue hablando y hablando, siempre en ese lenguaje divino, seguido de la traducción rumana, seguido de los Tigres del Norte y ya está cerrada con tres candados y remachada la puerta negra. Sé que la aparición del Elegante en mi barrio es un momento de suma importancia, un hecho histórico, una cápsula de tiempo que perdurará por la infinidad de la historia, pero me resulta tan aburrido que me siento desdichado. Soy la primera persona en siglos que le ve en persona y no hago más que lamentar, «Vida, ¿qué he hecho para que me castigues de esta manera?»
Lo que faltaba. Escucho el grito de mi mujer advirtiéndome que debo apagar la radio y regresar a la cama, que ya veré lo que pasa si ella tiene que levantarse y hacerlo ella misma. Me asomo por la ventana y le grito, «Gordo, avisale al Elegante que me voy a dormir porque mañana tengo trabajo». El gordo esboza una sonrisa e intuyo un agradecimiento sincero, luego interrumpe a su jefe, a quién desde hace un buen rato ha dejado de traducir y le transmite mi mensaje. Su mirada omnipresente me mira, me gruñe y saca del maletín una sombrilla, con la que sale volando como Mary Poppins, llevándose su maletín en la otra mano y al gordo colgado de sus piernas. «Ni en su salida pudo ser original», pienso antes de irme a dormir. Entro temeroso a la habitación, donde mi mujer me recibe cariñosamente en la cama, me olvido del Elegante, dejando en mi cabeza únicamente el cuento de Rubem, y le susurro besándole su espalda marmórea: «Seduction. License my roving hands, and let them go before, behind, between, above, below.» Dormimos muy bien el resto de la madrugada, a diferencia de otros días.
Despierto a la mañana siguiente preguntándome con alegre trivialidad qué habrá hecho el gordo traductor para sufrir semejante castigo. Admito que extraño al gordo, pues algo premonitorio percibí en él. Aún así no supe dar respuesta a mi interrogante de aquella mañana siguiente, pero desde entonces he sido cauteloso. Abandoné el oficio de traductor, no vaya a ser y me recluten; ahora reparo automóviles y aunque nunca más traduje una línea, me siento feliz. Ah, eso sí, también voy disciplinadamente a la Iglesia todos los días, como precaución.