- Un acercamiento directo a la novela de acción o novela policíaca, en donde aborda el intrincado mundo del narcotráfico. En exclusiva el capítulo 9 de la novela El cielo llora por mí del escritor Sergio Ramírez Mercado
La carrocería del Lada quemaba al solo contacto bajo el sol de fragua que incendiaba el mediodía, y cuando vestido de nuevo con la camisa a cuadros el inspector Morales se acomodó frente al timón, sintió como si lo bañaran en agua hirviente, de la misma con que en las cocinas despluman gallinas. Era una vaharada líquida que amenazaba con asfixiarlo y le empañaba los ojos.
Aunque las visitas a la hora del almuerzo eran inoportunas, aún para un policía en cumplimiento del deber, el tiempo apremiaba, y salió en busca de Cristina, la madre de Sheila Marenco. La dirección suministrada por Auxilio Técnico indicaba que debía seguir hasta el kilómetro 13 de la Carretera Sur, y desviarse 200 metros al oriente del restaurante La Estancia Campestre.
Rodeó la rotonda Rubén Darío y se metió en el tráfico desordenado de la pista de la Resistencia, para nada intenso como el de los días de semana cuando también las veredas bullían de estudiantes, porque eran las vecindades de la Universidad de Ingeniería Simón Bolívar tras la verja la estatua del libertador, más cabeza que otra cosa y en calzones de balletista y de la Universidad Centroamericana de los jesuitas en la entrada peatonal del recinto la estatua de San Ignacio de Loyola envuelto en su capa de Transilvania.
Bajo la urdimbre de las mantas publicitarias que se entrecruzaban sobre la pista, y que las manos subrepticias de los menesterosos descolgaban de noche, porque bien servían de cobija, Managua enseñaba sus mismos precarios decorados. Muros pintarrajeados de consignas, bajareques en aglomeraciones sin concierto, recovecos, ripios, tabiques de catrinite y techos de asbesto, enjambres de alambres eléctricos que se podían tocar con sólo alzar la mano, cafetines de mesas derrengadas, una cueva en cuya boca oscura un tablón arrimado a la pared anunciaba impresiones-engargolados-fotocopias-tarjetas para celulares, el polvo de la calle que soplaba sobre las mesas de pino en que languidecía la mercancía de la librería Atenea bajo mantos plásticos, una aglomeración de indigentes frente al portón de la Nueva Radio Ya esperando colocar avisos en demanda de caridades, junto al abandonado parque de ferias La Piñata la bulliciosa parada de microbuses interlocales que hacían la ruta a las poblaciones vecinas a Managua, y que sometidos a continuos accidentes por la temeridad de sus choferes habían sido bautizados con humor impotente como intermortales, las aceras robadas al transeúnte por las mesas de las refresquerías y las fritangas, la humareda de las hornillas suelta en el aire que olía ya de todos modos al diesel quemado de los escapes.
Frente a los planteles de Unión Fenosa los transformadores en los postes creosotados como frutos de árboles muertos, adelante la torre del hotel Holiday Inn cercada entre depósitos de materiales de construcción y talleres de reencauche, el tráfico estancado frente al Centro Cívico gracias a los buses que buscaban salir de las bahías de parada, los taxis detenidos en cualquier parte mientras los choferes negociaban a través de la ventanilla el precio de la carrera con los probables pasajeros, los peatones que sorteaban los vehículos sin ninguna premura, y en el cruce del 7 Sur el camión de la basura, que situado delante del Lada arrancaba y se detenía a tramos cortos en tanto los recogedores vaciaban a mano desnuda los tachos en la culata del contenedor que molía los desperdicios con fauces malolientes.
El inspector Morales se acercaba ya al mojón del kilómetro 13 de la Carretera Sur. Cristina, la madre de Sheila, se ocupaba de confeccionar queques en su propia casa, como podía verse por el discreto rótulo Queques Cristina toda Ocasión, que sembrado cerca del estacionamiento del restaurante La Estancia Campestre indicaba con una flecha en dirección al oriente, hacia un callejón de grava flanqueado por plantíos de café en abandono y quintas venidas a menos, de las tantas que habían sido construidas a partir de los años cincuenta en aquellas primeras estribaciones de la sierra, aún lejanas de los límites urbanos de la pequeña capital provinciana que entonces era la Managua de la familia Somoza.
La sombra de los chilamates, que extendían sus ramas poderosas sobre el callejón y dejaban ver las nervaduras de sus raíces a flor de tierra, creaba una sensación de gruta a la que se entraba con recogimiento, como si el fragor de los furgones que corrían por la Carretera Sur, sembrada a los dos lados de gasolineras, mercaditos, viveros y restaurantes, formara parte de un mundo ajeno y lejano. Tras los alambrados y los setos de cardón, las chorejas caídas de los guanacastes alfombraban los patios, y las pencas de las pitahayas de frutos carmesí se abrazaban a los genízaros. Hasta las ventanillas del Lada llegaban sonidos inofensivos, un hacha picando leña, el siseo de la manteca en una paila. En un radio encendido a muy bajo volumen Martín Urrieta cantaba Mujeres Divinas.
Identificó la casa porque en la grama del patio se alzaba otro rótulo que detallaba la variada oferta de los queques Cristina, bodas, primeras comuniones, cumpleaños, aniversarios. Era una quinta de paredes repelladas al revoque y pintadas de gris, con un porche de doble arco, y un tercer arco que correspondía al garaje sin puertas, donde podía verse de trasero un BMW convertible color metálico. En el porche había cuatro mecedoras volteadas contra las rejas de las ventanas, con los balancines al aire, y un lampazo apoyado en la pared al lado de un cubo de plástico verde.
El inspector Morales, con un cartapacio ejecutivo colgando de la mano, como si fuera un vendedor se seguros de vida, empujó la cancela y avanzó por el sendero de ladrillos de barro. Pulsó el botón del timbre y muy al rato vino a abrirle una empleada de apariencia impecable, uniforme celeste y delantal almidonado, delante de ella un cochecito Evenflo de asiento reclinable, donde dormía un niño poco mayor de un año, sin duda el mismo al que había oído llorar por el teléfono.
La muchacha desentonaba con el ambiente porque parecía la empleada de una casa rica y aquella no lo era, y desentonaba también por su edad, una adolescente a la que hubiera lucido mejor el uniforme escolar; pero también desentonaba el BMW convertible estacionado en el porche. Le informó que doña Cristina había salido al supermercado y ya no tardaba, si quería podía esperarla. No reparó en dejarlo solo en la sala en penumbra, y desapareció puertas adentro empujando el cochecito.
Los dos sillones y el sofá de la sala, forrados de cretona floreada en verde oscuro, tenían encima fundas de plástico transparente, y los mosaicos del piso imitaban los contornos y arabescos de una alfombra. Un corazón de Jesús de yeso presidía desde una pared, y a ambos lados de la imagen colgaban los retratos ovales de una pareja antigua, trasladados hasta allí desde alguna casona señorial ahora derruida, o clausurada. La mesa central de la sala con sobre de vidrio estaba colmada de otras fotografías familiares en marcos de pewter, salvo una retratera digital que mostraba fotografías cambiantes.
Otro arco, como los de la fachada, se abría al fondo de la sala, y en el espacio destinado al comedor, al otro lado, una docena de sillas de altos espaldares entorchados se apretujaba alrededor de la mesa familiar de patas terminadas en garras de león, y había además un aparador de cristales para la vajilla que rozaba el techo, muebles todos pesados y oscuros que parecían provenir de la misma casona donde alguna vez habían colgado los retratos de la pareja antigua. E igual que aquellos muebles parecían no caber en el comedor, tampoco parecía caber en la sala un imponente televisor de plasma, de pantalla rectangular, colocado en una esquina. La empleada lo tenía encendido a bajo volumen, seguramente para no estorbar el sueño del niño.