Se me queda mirando, insiste, me intimida cuando empieza a sonreír, lentamente se acerca. Llega hasta mi asiento y se inclina con desenfado como para decirme Me gustas, ¿sabes?, pero sólo se me queda viendo sonreída. Y yo, indefenso, del todo cohibido, no sé qué decir. No creo que sea una puta, pero puede serlo, claro. Está buenísima la chiquilla, un empaque estupendo con su minifaldita que exhibe un par de piernas muy bien torneadas, los senos pequeños pero provocativos tras la blusa ligera como queriendo salirse del sostén o ser liberados, el ombliguito al aire invitando con su redondez perfecta la punta de mi lengua Y esos sus ojos negros, esa mirada que no cesa, que desafía el qué dirán y sobre todo el qué diré, sugieren tantas cosas Sugieren algo que bien podría ser quiero conocerte, hablemos, o simplemente necesito estar contigo, me gustan los hombres de edad madura Me parece que la escucho pensar, que me habla con la mente, con los ojos, con su cuerpecito exuberante frente a mis ojos, al alcance de mis manos, de mis labios que se han quedado sin palabras. Yo me incorporo, noto entonces que le doblo casi la estatura, incluso la edad; pero qué importa si es bellísima como una irreverente tentación del paraíso; es evidente que yo le gusto, que ella en verdad me gusta ¡tiene un cuerpo imposible de describir sin caer en el lugar común y la autocomplacencia!; es obvio que me está costando horrores encontrar las palabras adecuadas para invitarla a irnos de aquí de inmediato para empezar a conocernos, para intimar sin más dilación. Cuando al fin me dispongo a romper ese silencio que ya se hace embarazoso, que tiene pendientes de nosotros a quienes cenan en las mesas cercanas del restaurante y ahora nos miran, olvidados de su propia comida y su anterior conversación; cuando me voy a atrever al fin a decirle que me acompañe a algún sitio y estoy por tomarla suavemente por la cinturita de avispa, la chica suelta una nerviosa carcajada, se empina sobre sus tacones altos y me abraza el cuello, me besa rápidamente en la mejilla, y de pronto, propiciando mi estupefacción, con un gesto espontáneo, adolescente, exclama melosa, un poco seria ahora, pero sin rencor:
¿No me reconoces, papá, después de tantos años? Bueno, es natural. Yo era una nenita de 3 años cuando nos abandonaste. Te he rastreado en varias ciudades, y al fin te encuentro. ¡Necesitaba saber que estabas vivo, conocerte, preguntarte por qué lo hiciste así, sin una explicación!