Los vecinos

Caído en la trampa puesta por su vecino, se preguntó: ¿Es lo diabólico? Libre, inexplicablemente, del mortífero lugar, bajo el inmenso sol: ¿encauzado al centro de lo divino; portador de un milagro? Docenas de aves se arremolinaron sobre su cabeza en total silencio. Vertiginosamente desaparecieron dejando plumas y flores formando una corona sobre su calva. […]

Caído en la trampa puesta por su vecino, se preguntó: ¿Es lo diabólico?

Libre, inexplicablemente, del mortífero lugar, bajo el inmenso sol: ¿encauzado al centro de lo divino; portador de un milagro?

Docenas de aves se arremolinaron sobre su cabeza en total silencio. Vertiginosamente desaparecieron dejando plumas y flores formando una corona sobre su calva. Ave sola regresó acomodando una rosa resbalada. Una vez que el ave alzó vuelo, el filósofo, el distraído, súbitamente se desplomó como sombra al vacío.

Al filósofo, el distraído, su perceptible ascensión entre la vida y la muerte le mantenían en transición perenne. Llegó a esa zona con la intención de hacer un mariposario; atraído por los comentarios sobre la virginidad de la naturaleza. Ahí la belleza lucía despampanante; cada pájaro deslumbraba con sus colores y sus cantos repartían el eco del horizonte, flora y fauna exóticas embellecían el amanecer; árboles gigantescos con diámetro que alcanzaban hasta los cien metros, y cuyas edades oscilaban en los doscientos años con oquedades como baúles repletos de leyendas y fábulas. Hojas y raíces emanaban pequeñas fuentes de agua en la sequedad del verano; vergel de fantasías en las extensas florestas, donde el rocío nutría la paz del alma bañada por el sol naciente. Pero, aún en los paisajes de traslúcidos encantos, siempre hay espinas. Y las hay de suerte maligna.

En ese paraíso se conocieron esos dos hombres. El primero, amante empedernido del aroma y esplendidez del bosque; y el segundo dedicado a la crianza de cerdos salvajes y depredador de oseznos y lobatos, árboles y rosales. Al principio se cruzaban saludos. Treinta años después, el filósofo, el distraído, se quejó del berrinche de las porquerizas, y de la querella tediosa y constante del vecino. Quizás porque el trampero se consideraba con derecho por haber llegado al lugar quince minutos antes. El trampero reñía con Natura, realmente odiaba a Natura; en tanto el filósofo, el distraído, era su apasionado protector. Ahí comenzó la desavenencia. La forma en que la muerte sorprendió al filósofo, el distraído, fue enigmática. Por su parte el trampero, por más que indagara, nunca encontró explicación de la muerte de su vecino, a quien calumnió y fustigó incansablemente por tanto tiempo. Tampoco obtuvo resultados, a pesar de la ansiedad incontrolable de hurgar en todos los textos a su alcance, le fue imposible registrar alguna pista que le indujera a encontrar la falla de su trampa; se trataba de un diseño pernicioso, mortal, infalible, nadie podía salir vivo. En un atardecer de otoño, cuando los colores henchidos de fulgor se tienden como alfombra en la que dormita el ocaso; el extraño vecino, imitando al filósofo, el distraído, salió a caminar por los linderos, pero, como era un hombre pervertido y obsesionado, todavía rumiaba la pasmosa muerte de su vecino, a pesar que ya había pasado un par de años. Se acordaba de los ladridos que avispaban la presencia del vecino en sus tradicionales caminatas. Ese día, desde su comedor con el pocillo humeante del café en su mano, a través del vidrio roto de la ventana observó cómo su vecino se desplomaba. Ni el humo excesivo del fogón le sacó de su perplejidad.

Ahora, los mismos ladridos volcaron sus ensimismados pensamientos, ladridos que no alcanzó a callar. El trampero se derrumbaba en su propia trampa, nefasta, infalible, mortal.

La Prensa Literaria

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