Lo raro era que siendo tan seductora se creyera anodina y hasta fea. Los hombres la asediaban a toda hora y las mujeres no dejaban de admirar su involuntaria capacidad de convocatoria con cierto dejo de envidia. Algún enraizado complejo debía estarle minando la autoestima requerida para sacarle provecho a su magnetismo. El caso es que prefería mantenerse alejada de pretendientes y huérfana de amigas. Hasta que apareció el que yo era, y como quien no quiere la cosa fui colándome en su vida. Con el tiempo llegamos a identificarnos a la perfección. Así hemos atenuado nuestras mutuas carencias convirtiéndolas en insospechados caudales, e intercambiando poco a poco destrezas e intereses.
La progresiva fusión emotiva es hoy absoluta y se ha vuelto física: en esta casa empezamos a convivir dos personas hace un año y ahora somos una sola. Un nuevo ser andrógino que tiene todas las ventajas del mundo sobre el común de los mortales, porque igual se nos activa en ciertas circunstancias nuestra parte femenina, que la masculina en otras; y esto nos permite una grata dualidad. Y esa integración que ahora nos congrega como en la Biblia en una sola carne, se consolidó la noche que intercambiamos roles y ya no pudimos volver a ser lo que éramos: Ella me fornicó trepidante con mi ansioso pene y yo la recibí aullando con su húmeda vagina. No es fácil de creer; pero de la cama, mucho tiempo después, se levantó un solo cuerpo que nos contenía a ambos, y que aún hoy cambia de apariencia según convenga.