Su rostro pintaba la muerte

La habitación de Juan era pequeña, las ventanas largas, anchas y puntiagudas se encontraban corroídas por el tiempo. Algunos débiles rayos de una luz roja las atravesaban y servían para poder observar y distinguir el mobiliario antiguado. Todo era más que suficiente para otorgarle vida a la escena. Juan sentía que respiraba una atmósfera penosa […]

La habitación de Juan era pequeña, las ventanas largas, anchas y puntiagudas se encontraban corroídas por el tiempo. Algunos débiles rayos de una luz roja las atravesaban y servían para poder observar y distinguir el mobiliario antiguado. Todo era más que suficiente para otorgarle vida a la escena. Juan sentía que respiraba una atmósfera penosa y un aire de severa y profunda e irremisible melancolía. Ese día Patricia llegó a visitarle, golpeó la puerta y Juan se levantó del sofá a abrir y con una calurosa efusión asemejada a una exagerada cordialidad bastó un vistazo de Patricia para convencerlo de su sinceridad y sentimiento.

Patricia con su tez blanca, labios algo delgados, pero de una curva sorprendentemente bella, nariz fina, con ventanas nasales de anchura poco frecuente, un mentón bellamente moldeado, un cabello de suavidad y tenuidad como de telaraña, frente algo ensanchada, formaban toda una cara difícil de olvidar.

La palidez de su rostro y el milagroso lustre de sus ojos café claro y fortaleza de Patricia eran las cosas que más le sorprendieron y atemorizaban a Juan. Era como un imán que lo jalaba y su voz se transformó en una trémula indecisión cargada de una ondulada pronunciación gutural, que se detecta, observa en un borracho perdido o en el incorregible drogadicto, y la falsa rubicundez de su rostro pintaban el seguro de su muerte.

El ardiente deseo de visita de Patricia y de su consuelo, finalmente entró al detalle, en lo que él creía ser la evidente naturaleza de su enfermedad. Era un mal familiar, sufría de una morbosa agudización de los sentidos, y se preguntaba: “¿No moriré?”. Patricia no se enteró de ese pensamiento. Juan estaba conmovido por la visita, lo que pudiera llamarse la moral de su existencia. Patricia comprendía la enfermedad de su hermano y sabía que en cualquier momento moriría, para ella sólo era un simple diagnóstico.

Juan vivió muchísimos años y durante ese tiempo los “amigos, parientes cercanos, hermanos” esperaban su muerte, pero ésta nunca le llegaba. Un día a Juan se le ocurrió ir a un balneario y sin comentárselo a nadie preparó sus cosas, agarró su motocicleta y se fue.

Esa mañana plácidamente se bañó disfrutando del agua salada, sus olas y discurría: “Materias de su familia, de sus esposas que tuvo durante toda su vida, y de las pretensiones de hacer aparecer su muerte como natural y al saber por qué, éstos creen que no sabía de sus intenciones, y admitía que la deuda moral que dejaba a sus ‘amigos, parientes cercanos y algunos hermanos’ era extremadamente enorme por el terrible daño que pretendieron durante 20 años, y que la prolongada enfermedad que le provocaron todos ellos él siempre lo supo y esquivaba esa maledicencia sin que sus detractores se enteraran. Bueno, les dejo su ‘conciencia y moral’. Siempre llevaré conmigo el recuerdo de los días, años y horas cargadas de solemne gravedad mental de todos estos malintencionados”.

Después que Juan finalizó de almorzar se enrumbó a la costa, caminó diez minutos y posteriormente se introdujo en la sabrosura del agua salada y las olas que rebotaban en su cuerpo. Duró bañándose 30 minutos, pensaba muchas cosas, entre ellas: “A la intransigencia se le pone dique y del tiempo se encargan los relojeros”. Al finalizar ese pensamiento el mar como imán lo atrajo y desapareció, llevándose consigo todas sus pertenencias, sin dejar rastro alguno.

La Prensa Literaria

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