Antes de Cristo, ¡nada!

“Os exhorto a que (…) no antepongáis nada al amor de Cristo” (Benedicto XVI) “Si amaras a Dios como amas a esa muchacha…, !serías un santo!”, advertí un día a uno de mis hermanos, al notarlo profundamente enamorado de su novia. La persona que ama antepone a cualquier otro amor el amor que ha seducido […]

“Os exhorto a que (…) no antepongáis nada al amor de Cristo”

(Benedicto XVI)

“Si amaras a Dios como amas a esa muchacha…, !serías un santo!”, advertí un día a uno de mis hermanos, al notarlo profundamente enamorado de su novia.

La persona que ama antepone a cualquier otro amor el amor que ha seducido su corazón. Lo descubrimos en los enamorados, en las madres abnegadas y en los padres sacrificados en el presente en aras del futuro de los hijos… Como en tantos jóvenes que luchan por realizar un sueño o materializar un ideal.

El amor a Jesús no es diferente a cualquier otro amor, Él nos habla en tal sentido repetidas veces. Y así dice: “Quien prefiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí”. “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura”. “Quien no recoge conmigo, desparrama”…

Anteponer algo o alguien a Cristo es grave.. Significa descentrarse, desenfocar el objetivo de la vida, atentar contra la propia realización humana. “Mi único tiempo feliz fue cuando me entregué al servicio de Dios en la parroquia”, me confesó con un deje de nostalgia un hombre famoso de holgada posición económica. Eso ocurre cuando en nuestra categoría de valores Jesucristo está lejos de ocupar el primer lugar: !Perdemos la felicidad!.

Distinto es cuando antes de tomar una importante decisión nos preguntamos: “¿Qué haría Jesús en este caso?”. Así el fiel creyente va forjando en sí mismo una recia personalidad, recogiendo con Cristo frutos santificadores que lo hacen crecer continuamente en forma integral.

Quien no recoge con Cristo, desparrama. Esparce sus energías espirituales, desperdicia sus posibilidades, restringe sus potencialidades, vive distraído, disparando hacia muchas direcciones sin dar en el blanco. Es el caso de un hombre que, en su juventud, se negó a orientar su vida hacia buenos senderos y, ya mayor, lloraba en mi presencia como un niño por lo que “pudo haber sido y no fue”.

Quien cede a Jesucristo la presidencia de su vida, mantiene un equilibrio emocional estable, es más eficiente en sus labores cotidianas, disfruta la vida, amando y sirviendo con alegría a sus semejantes, mientras espera el día del gozo eterno.

No antepongamos nada a Cristo, que Él sea nuestra norma de vida, el primero en todo.

Religión y Fe

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