El camino, la verdad y la vida, son una persona

“Él nos indica el camino y este camino es la verdad. Él mismo es ambas cosas, y por eso es la vida que todos anhelamos. Él indica también el camino más allá de la muerte; sólo quien es capaz de hacer todo esto es un verdadero maestro de vida”. (Benedicto XVI) “Lo que yo busco […]

“Él nos indica el camino y este camino es la verdad. Él mismo es ambas cosas, y por eso es la vida que todos anhelamos. Él indica también el camino más allá de la muerte; sólo quien es capaz de hacer todo esto es un verdadero maestro de vida”.

(Benedicto XVI)

“Lo que yo busco es la verdad”. Yo le respondo al que así dice: “Pero si la verdad es una persona llamada Jesús, Él mismo lo confesó claramente cuando dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida…”

¿Qué andan buscando ciertos buscadores de la verdad?, ¿la verdad objetiva en la que Dios ha puesto su complacencia o, más bien, la verdad subjetiva en la que el hombre busca su propia complacencia?, ¿cuál verdad?, ¿la revelada por Dios o la fabricada por el hombre?

Para descubrir la verdad divina es preciso recorrer un camino, el camino marcado por Jesucristo, ir tras sus pasos con firme decisión y sostenida perseverancia: “Quien me sigue, dice Jesús, no andará en tinieblas”. El camino de Cristo presupone el camino de la Cruz, pero es el camino del amor de Dios y de la más genuina realización del hombre, aquel que lleva a la resurrección, el de la vida que sólo Él puede darnos ya en esta vida y en forma plena en la eternidad.

Dice San Agustín: “La verdad es lo que es”. No es lo que a mí me gusta o simplemente me conviene. “Es lo que es”, aunque el abrazarla me lleve a la renuncia, al sacrificio, a contradecir mis gustos e intereses. Hoy se escudriña todo con loca avidez, mientras se arrinconan la Biblia, el Catecismo y el mensaje siempre vivo y actual de la Iglesia, dentro del armario polvoriento de la indiferencia.

Quien de corazón busca la verdad merece ser alabado por su honestidad. Distinto es el curioso que, en afán de novedades, llega al extremo de sustituir el Evangelio por otro “evangelio” elaborado según su propio capricho y comodidad… Son muchos los que en esta búsqueda sincera, después de andar por todos lados, se han encontrado con Cristo, su Evangelio y su Iglesia y, libres del pecado y el error, terminan exclamando con San Pedro: “¡Señor, ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna!”

Religión y Fe

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