- El pintor Augusto Silva recrea a través de su arte las manifestaciones de las culturas caribeñas y realiza un constante viaje a los colores del paisaje y sus gentes a través del Tuno, usado por los pueblos antiguos
Como pueblo costeño debemos de estar orgullosos de lo que sentimos, somos y tenemos como parte de esta Nicaragua multiétnica y mágica, expresa el pintor Augusto Silva, artista afrocaribeño que ha dignificado internacionalmente el arte del tuno y guacal, manifestación ancestral mayagma y miskita, aún sobreviviente de la Región Autónoma del Caribe.
Aunque no queramos, estamos sumergidos en la gran cultura universal que impera en estos tiempos de globalización, agrega el talentoso artista que resalta los elementos y raíces de identidad, arte y lengua, de las comunidades indígenas y autóctonas que están por desaparecer, o han desaparecido.
Lorenzo Augusto Silva Gómez, (Bilwi, Puerto Cabezas, 1968), quien realizó estudios en Ciencias de la Cultura en la UCA, sostiene que la autonomía no debe de manejarse en los círculos del poder político; sino que ésta, debe preservar los asuntos de la cultura, poesía, danza y pintura, ya que todos estos componentes le dan esa fantasía y misterio a la Costa del Caribe.
Es por esta razón que su arte figurativo afrocaribeño rescata, crea y recrea, con figuras geométricas simples y líneas rítmicas, tonos vivos y ocres, el son del Palo de Mayo; el paisaje costeño de caseríos en zancos sombreados de palmeras; el rostro, piel y colorido vestuario de los nativos; la exótica fauna silvestre; los petroglifos zoomorfos; y los pescadores navegando en cayucos o pipantes en los secretos manglares de Kuamwatla, Prinzapolka o Bambana.
Esto puede apreciarse en sus paisajes costeños como Manglar frente al Caribe, y Prinzawala; o en sus figuras de la fraternidad racial y anhelos como Heliconia de la esperanza, Las dos hermanas, Niños en el corredor y Lustrador del amanecer, o la faunística de selvas, pantanos, humedales y mar, como la Tortuga de los cuatro vientos, La Danza de los Garrobos, El sueño de la Ardilla, Cangrejo y Tiburón, Las Mojarras, Ranas y Cusucos, entre otros; o las pinturas de sus guacales caribeños (más grande que los sabaneros o de pinol), con diseños geométricos que aluden, además de lo faunístico, la grafía simbolista de sus antepasados.
Para Silva viajar en su arte en tela, papel, tuno y guacal es como adentrarse a ese mágico mundo prehispánico, multicultural e interracial del mestizo, mayagna, miskito y negro. Sus primeros trabajos sobre papel fueron tres cuadros de las iglesias españolas coloniales, experiencia que abandonó porque no sentía el tambor de la historia olvidada, de lo afro en la danza y música, que llenara su arte.
Así sus primeros trabajos estaban relacionados con la mitología, como son los cuentos de Anansi y otras deidades indígenas; escenas de la vida cotidiana de los cayos miskitos, de los barrios negros de Bluefields, Corn Island y Laguna de Perlas.
Tres años después de haber egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes y con motivo de los 500 años del descubrimiento de América (1992), monta en la editorial Vanguardia su primera exposición personal, Palo Mayando Caribe, que reunió 35 trabajos de temas caribeños, en ese entonces en tinta china sobre cartón crescent. A la fecha sus nuevos diseños pluriculturales siguen teniendo ese carácter investigativo, creativo, mestizo-afro-indio, nada más que ahora sobre soporte de tela, tuno y guacal.
Por ejemplo, la figura del Sol, símbolo común en las culturas antiguas americanas, europeas y africanas, las utiliza en sus pinturas en formas irregulares de círculos concéntricos, dando a conocer así la existencia de elementos jeroglíficos que se encuentran en las márgenes de los ríos Coco, Bambana y Prinzapolka, así como en los cerros de las comunidades caribes, antiguamente sitios de adoración y ritos.
Otro elemento de rescate lo ha tomado de las pintas en la piel que se hacían los miskitos y mayagnas, y de los trajes decorativos ceremoniales del solampó, que usaban las viejas negras para bailar antes el Palo de Mayo.
ARTE EN TUNO
El tuno ha sido explorado por Silva en los últimos años, con mayor rigor académico, conceptual y de rescate historicista.
Al respecto, el doctor Götz von Houwald, en su libro Mayagna: Apuntes sobre la historia de los indígenas Sumus en Centroamérica, así como en otros textos alusivos, comenta que los indígenas hacían hamacas, vestidos y se cobijaban con la tela de tuno, fibra macerada y vegetal del árbol de hule.
Asimismo, describe que los indios que habitaban las márgenes de estos ríos costeños realizaban el labrado de guacales. Además de los miskitos y mayangnas (Sumus de Nicaragua), otros grupos como los Guaymies de Costa Rica, Choco de Panamá y Chibchas en Colombia, mantuvieron esta cultura utilitaria del tuno.
En la actualidad, los grupos Pech y Tawahka de Honduras. Trabajan esta artesanía primitiva en hamacas, canastas, fajas, bolsas, pulseras, collares, postales y cuadritos, entre otras piezas, turísticas hechas a mano.
Es sobre este soporte histórico y cultural que Silva dignifica su obra dándole un nuevo contenido estético: la cultura mágica del tuno y el guacal, alejándose del voraz consumismo internacional del folclor. Este audaz artista que estudió diseño en la Universidad Politécnica, Upoli, valora y se apropia de la textura macerada, decoración original y color natural de la tela de tuno que va del café oscuro hacia el semiblanco de estos recursos naturales, para darle el rango de sagrado en el arte, a como lo hacían los propios mayagnas. A ella aplica la policromía económica de su pintura textil, acrílica y témperas en tonalidades planas y puras, plasmadas en sus telas y guacales.
Así sus expresiones caribeñas han sido llevadas a las ilustraciones de lujo en libros para niños y revistas de la educación intercultural, entre ellas: Trisba & Sula (Flecha y venado), que es una leyenda de los miskitos adaptada al español e inglés por Joan McCracken esta obra ganó dos premios en Estados Unidos. Cuando la tierra se estaba quedando sin árboles, (Tasba ra dus tara nani danh taki kan pyuara), es otro texto que invita al cuido de la naturaleza; y el tercer libro ilustrado, Apalka, del poeta Ernesto Cardenal. Este sentir y forma de su arte también ha trascendido al arte mural en acrílico como los de: Niños del Caribe y Tininiska, pintados en Bilwi; El Nacimiento de la Esperanza, en Puerto Cabezas; Sitio Histórico de Pancasán, en Matagalpa, entre otros. Luego viajó a varios países de Europa en 1992, siendo parte de Brigada Latinoamericana-Europea del V Centenario del Descubrimiento de América; y pintó en Holanda varios murales alusivos a la Costa del Caribe nicaragüense. El año pasado participó, en Costa Rica, en la muestra afrocaribeña de arte integrada al IX Festival Flores de la Diáspora Africana.
A través de los siglos se le enseñó a los costeños que no hay nada de qué inspirarse y en toda la región caribeña centroamericana, yo digo que sí. Y muchos artistas de las nuevas generaciones están viendo esta región como un campo potencial dónde inspirarse, por lo que se deben de re-oxigenar las ideas por el proceso creativo que se está generando, valora al cierre de nota este artista que aprendió sus primeras pinceladas de su padre el poeta, sociólogo y pintor Marco Adán Silva Mercado, un mestizo con tintes creole, éste a su vez descendiente del jamaiquino-judío Clarence de Mercado. Pero lo que muchos no saben es que la madre de Augusto es Elba Marina Gómez, una segoviana, en quien a pesar de ser mestiza, prevalecen fuertes rasgos españoles. Es pues, este sentir pluricultural, lo que es y tiene, que ha sido llevado a su arte en el Tuno del Caribe Multiétnico.