“Saber que existe Aquel que me acompaña y que con su vara y cayado me sosiega de modo que nada temo (cf.. Sal 22,4), era la nueva esperanza que brotaba en la vida de los creyentes”.
(Benedicto XVI)
Mantener la presencia de Dios dentro de sí y alrededor propio y estar consciente de que, por esa misma presencia, aunque se pase por sendas muy oscuras no se debe temer nada al grado de perder la conciencia o el dominio de la situación, de desesperarse ante los problemas o conflictos de la vida, ha sido el secreto de los santos y, quizás sea más acertado decir, el secreto de la santidad.
Una señorita me preguntaba: “¿Por qué las personas que con tan buena voluntad sirven y viven entregadas a Dios son alcanzadas por el mal?” Ella persiste en su idea de que al quien de verdad ama a Dios nada malo, como un accidente, ser calumniado, perseguido o asesinado, le debería ocurrir, ya que cuenta con el amor protector del Señor.
Jesucristo no prometió a su Iglesia como tal ni a su seguidores individualmente una vacuna contra todo mal; pero, eso sí, prometió y aseguró su permanente presencia: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta la consumación de los siglos”.
Por otra parte sólo el mismo Dios sabe de cuántos peligros y males de todo tipo libra a diario a aquellos que le aman y le buscan con sincero corazón, sobre todo a sus discípulos y misioneros o evangelizadores, pues “Dios no se deja vencer en generosidad”.
El Señor es el compañero de nuestra jornada. Esto no quiere decir que jamás en la vida el mal, el sufrimiento, la ingratitud y la injusticia, la muerte nos van a dejar de afectar o tocar a nosotros sus seguidores; pero sí significa que el mal, todo lo que nos destruye está vencido en Jesucristo, que con él todo adquiere un nuevo sentido, que por él podemos amar al que nos odia, orar por los que nos persiguen y calumnian, reír a pesar de sufrir y fortalecer a otros por encima de nuestra propia debilidad…
Y todo ello porque la amistad de Dios vale más que la vida, ya que en conocer al Dios Verdadero y a su Enviado Jesucristo consiste gozar desde aquí y ahora de la vida eterna.