Bautizame Señor con tu Espíritu

Sacerdote Católico Juan el Bautista, el profeta que une el Antiguo con el Nuevo Testamento, llamado por el mismo Señor Jesús, “el más grande de los hijos nacidos de mujer”, el precursor, porque fue anunciado antes que Jesús, nació, predicó la conversión y la Buena Nueva, murió por la verdad, allanó los caminos del Mesías […]

Sacerdote Católico

Juan el Bautista, el profeta que une el Antiguo con el Nuevo Testamento, llamado por el mismo Señor Jesús, “el más grande de los hijos nacidos de mujer”, el precursor, porque fue anunciado antes que Jesús, nació, predicó la conversión y la Buena Nueva, murió por la verdad, allanó los caminos del Mesías y bautizaba con agua en el río Jordán para el perdón de los pecados. Su grito llamando a la conversión sigue siendo actual, para que enrumbemos los caminos equivocados y tomemos el sendero que nos lleva a la libertad de los hijos de Dios al obedecer su Divina Palabra consignada en la Sagrada Escritura.

En el Evangelio de San Mateo, capítulo 3, del verso 13 al 17, se nos narra la maravillosa Teofanía. Dios se manifiesta en las tres personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, como profesamos en nuestra fe. Tres personas distintas y un solo Dios Verdadero.

Hasta el río Jordán llegó Jesús buscando al profeta que con rigor decía al pueblo que era necesaria una conversión verdadera. Juan había dicho de Jesús, que vendría uno después de él que les bautizaría no solamente con agua, sino sobre todo con Espíritu Santo y Fuego de Dios. Cuando lo divisó, lo señaló y dijo emocionado “Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

El Bautismo de Jesús es un acontecimiento extraordinario, pues nos coloca en el Misterio de Dios que es trascendente, pero a la vez se hace inmanente en su Hijo.

Cuando llega Jesús donde Juan para que lo bautice, no porque tenga pecado, pues es el Cordero sin mancha, sino para instituir el Sacramento del Bautismo, Juan se rehúsa a bautizarlo, pues conoce que es el Hijo de Dios, pero Jesús insiste. Cuando sale del agua, se abrieron los cielos, el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y se escuchó la voz del Padre que dijo: Este es mi Hijo amado, en quien he puesto mis complacencias”.

Jesús, el Hijo amado del Padre, es quien ha venido al mundo, para derribar a los poderosos que mal utilizan el poder y siempre se sienten perseguidos y amenazados por aquellos que son buscadores de la verdad. Jesús es quien nos bautiza en su amor para que vivamos la esencia de su enseñanza, no como una hipocresía en el sentido de utilizar su Palabra para mezquinos intereses, sino para la verdadera vida en Cristo.

Solamente dejándonos purificar por ese bautismo de fuego, es que podemos quemar de nuestras vidas todo aquello que es contrario a la verdad, al camino, a la vida, a la solidaridad, a la alegría, a la misericordia. Es en el Nazareno, en el humilde profeta de Israel, en el Hijo de Dios, Dios verdadero y Hombre verdadero, que podemos encontrar la inspiración para tomar actitudes de valentía y seguir trabajando por el establecimiento de una sociedad más humana, sabiendo que quien obedece la palabra de Dios y lucha por vivirla a cabalidad, nunca estará exento de problemas, pues el mismo Jesús no prometió que sería fácil el seguirle con sinceridad, pero quienes lo hacen, no solamente tendrán alegría en su corazón en este mundo, por vivir la misión de amor para la cual fuimos creados, sino también en la vida eterna.

Existe una bella canción que entonamos con frecuencia: Bautízame Señor con Espíritu y déjame sentir el Fuego de tu Amor, aquí en mi corazón Señor. No sólo nos bautices con tu Espíritu, sino que también sánanos, libéranos, instrúyenos, llénanos, fortalécenos, inspíranos, acompáñanos.

Religión y Fe

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