Sacerdote católico
En el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios en la persona de Jesús se revela su ser más íntimo y el designio que tiene para la familia humana. En el prólogo del Evangelio de San Juan, leemos que “el verbo existía desde la eternidad ante Dios y Él era Dios”. Esto nos muestra que Dios, siendo Uno, es comunidad de vida y de amor. Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este Verbo eterno de Dios se encarna en la persona de Jesús de Nazareth, hombre como todos nosotros, menos en el pecado y por lo tanto necesitado de una familia.
Por eso, Jesús nació en un lugar y en un tiempo concreto de la historia, de manera humilde, el que luego iba a derrotar a los poderosos y cambiaría el curso de la historia. Necesitó de una madre, la Virgen y recibió la vinculación a una estirpe por medio de José, su padre adoptivo para que se cumplieran las Escrituras. Al final de este prólogo, el evangelista San Juan nos dice que a Dios nadie lo ha visto nunca, pero su gloria se ha revelado en la persona de Jesucristo. Esta afirmación tiene grandes consecuencias para comprender desde la visión de Dios cuál es la verdad profunda de los seres humanos. Dios y los hombres ya no estamos separados por una barrera infranqueable. Él deja de ser el trascendente inabarcable e impenetrable y se convierte en la realidad más esencial e intensa de la dignidad de la vida humana. Con el misterio de la Encarnación, se ha levantado el velo. La vida humana adquiere carácter sagrado, no solamente la del Hijo Eterno de Dios, sino la de todos, a quienes Dios nos considera sus hijos y por la fe podemos acceder a esa vida nueva que nos ofrece que es el amor libre de toda mezquindad.
Jesús nació en una familia sagrada porque era una comunidad de vida y de amor. María, que fue colmada de la gracia de Dios y José que se dejó impregnar de esa presencia divina, nos manifiestan el espejo de lo que debe ser una familia, en donde prevalezca la alegría, la comprensión, la ternura y la valoración del otro.
Qué diferencia lo que vemos, en muchísimos casos, en la sociedad actual, regida por un modelo machista, patriarcal, en donde la mujer y los hijos siguen siendo en un gran porcentaje víctimas de toda clase de atropellos. Allí surge una sociedad enferma, que viviendo en un contexto de opresión, heredado de siglos, por una cultura que no dignifica, sino que al contrario, instrumentaliza, acaban siendo las víctimas, en ocasiones, defensoras de sus propios agresores.
De esto se desprende una mal entendida y no comprendida liberación de las mujeres, o también lo que ahora se conoce como igualdad de género, que es en realidad, el ir integrando el lado masculino y femenino que tenemos todos los seres humanos. Al hombre desde pequeño le enseñan a reprimir sus sentimientos, a creer que entre más chambones, más varones.
Si no percibimos esto, lo satanizamos, le tememos, nos sentimos agredidos, porque no lo comprendemos o no lo queremos comprender, o peor aún, lo manipulamos de tal manera, con el objetivo único de salvaguardar intereses de poder.
En la Sagrada Familia donde vivió María, José y Jesús, reinó la ternura, la calidez, el respeto, la tolerancia, la libertad y los valores que dignifican.
Al terminar este año y esperar el inicio del nuevo, sería importante que profundicemos en el carácter sagrado que tenemos.