Sacerdote Católico
Llega la Navidad y con ella celebramos el nacimiento de Jesús. Es Dios con nosotros, que se encarnó en el vientre purísimo de María para que en la plenitud de los tiempos, pudiésemos tener el mejor regalo que es la liberación de todas nuestras esclavitudes.
En el momento de la Anunciación, el portador del mensaje divino, el Arcángel Gabriel, le dice a la Virgen, que lo que nacerá de ella, será obra del Espíritu Santo y le da el nombre que debe tener. También en sueños, Dios por medio de un ángel, le revela a José, que no tema tomar a María por esposa, puesto que el producto de sus entrañas es por intervención Divina y al mismo tiempo, se le ordena: Le pondrás por nombre Jesús.
Esto para que José, que proviene de la línea de David, sea el padre adoptivo del Mesías y se cumplan, de esta forma, las profecías dadas desde antiguo, al pueblo escogido. Es de vital importancia que recordemos que el nombre histórico del Hijo de Dios, es “Jesús”. Éste no es puesto por casualidad sino que es portador de la misión que va a realizar como Mesías, al mismo tiempo que compromete el nombre de Dios. “Jesús” es la forma abreviada “Jeshua” del nombre hebreo “Jehoshua” que, como lo recuerda el mismo evangelista (cfr. Mateo 1. 18-24) significa “Yahvé salva” (o “Yahvé es salvación”).
La misión fundamental del Señor es la liberación de los pecados de su pueblo. Esto va a la raíz del asunto, pues es en el corazón del hombre de donde brotan todos aquellos sentimientos que son contrarios al querer de Dios, que ha sido, a la luz de la fe, una humanidad comunitaria, en donde todos seamos hermanos. Es una forma de despolitizar un mesianismo que, según algunas expectativas populares, en ese contexto histórico, estaría estrechamente relacionado con una liberación de carácter político.
Con esto, no pensemos de forma errónea, que el ser creyentes cristianos, nos impide o paraliza a participar en todas las actividades y funciones que buscan el bien común. Muy al contrario, el ser creyentes que Dios mismo, en el misterio de su Trinidad, se hace hombre, nos compromete de una forma muy seria y radical a una lucha diaria y continuada contra toda forma de esclavitud personal y social.
Por lo tanto, la mejor celebración navideña, será aquella en que el invitado de honor sea Jesús mismo y el regalo que le tengamos sean unas manos limpias y un corazón puro para recibirlo. De ser así, él se pondrá feliz con ese regalo y se cumplirá la Escritura: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn.14, 23).
Y ese invitado de honor, que se revela en sus rostros sufrientes, no sea solamente de un día, sino de toda nuestra existencia. Y ese regalo de unas manos limpias y un corazón puro, se conviertan en convicciones y realizaciones que tengan como finalidad una sociedad llena de los sentimientos del mismo Cristo.
Navidad es momento de hacer una pausa, de reflexionar y también proponer soluciones a los enormes problemas que vivimos. Pero cualquier planeación, por buena que sea para ayudar a los demás, si no tiene como raíz y se alimente de sinceridad, se verá siempre truncada por el egoísmo.
Padre del cielo, que con la fuerza del Espíritu Santo, renazca hoy, la alegría de saber que Jesús, es el Nombre por el cual somos salvos y nos regala la libertad.